El mapa del guarda Capítulo 4 El polvo del archivo #2
14%

Capítulo 4 El polvo del archivo #2

Lucio acercó el candil.

—¿Qué buscamos?

—Una recalada que no figure en el registro oficial —dijo Hernán.

Pasaron páginas.

Junio.

Julio.

Agosto.

Las anotaciones se volvían más densas al aproximarse a la costa. Llanos describía corrientes, color del agua, aves, troncos flotantes y cambios en el viento. El 19 de agosto avistaron Tierra Firme. El 20 navegaron costeando. El 21 identificaron la desembocadura de un río menor.

La anotación del día 22 ocupaba solo cuatro líneas.

Al ponerse el sol recibimos señal de una balandra que venía del sur. Por orden del maestre dejamos la derrota prevista y la seguimos sin luces. La costa es baja y no figura en la carta que llevo.

Debajo, con tinta más pálida, alguien había añadido:

Medianoche. Fondo de fango. Buen tenedero. Entramos entre dos elevaciones de piedra. Ningún nombre consta.

Hernán levantó la vista.

—La Espera —dijo Lucio.

—Todavía no sabemos cómo se llama —respondió Zamora.

Pasaron a la página siguiente.

La entrada del 23 de agosto era aún más breve:

Se desembarcaron doce cajas selladas y seis barriles. El maestre prohibió consignar destinatario, posición y naturaleza de la carga. Partimos antes de tercia.

En el margen había una pequeña cruz.

Hernán acercó el libro al candil.

La cruz no era tinta.

Estaba trazada con punta seca.

Junto a ella aparecían cinco ángulos diminutos, distribuidos como si formaran parte de un dibujo incompleto.

—¿Qué es eso? —preguntó Zamora.

—No lo sé.

Lucio inclinó la página.

—Parecen estrellas.

—O rumbos —dijo Hernán.

Sacó la regla hueca y extrajo la hoja donde había anotado las características de la carta falsa. Copió los ángulos con cuidado, conservando su orientación.

—¿Por qué los dibujaría en el margen?

—Para guardar una posición sin escribirla —respondió—. Si el maestre le prohibió consignar coordenadas, Llanos pudo inventar otra forma de recordarlas.

—¿Puedes descifrarlas?

—No todavía.

Zamora pasó varias páginas.

El resto del viaje no contenía menciones al fondeadero. Sin embargo, al llegar al registro de regreso a Sevilla, encontraron una nota añadida al final del volumen:

Entregué al contador relación separada de la recalada del 22 de agosto. No se incorporó al registro por orden superior.

—¿Qué contador? —preguntó Hernán.

—No lo dice.

—¿Conserváis relaciones separadas?

—Cuando llegan al archivo.

Zamora miró hacia los estantes.

—Esperad.

Se alejó con el candil, dejándolos casi a oscuras.

Lucio apoyó los dedos en el borde de la mesa.

—Doce cajas selladas.

—Sí.

—Si pertenecían a la Corona, llevarían marcas de la Hacienda.

—El diario no lo indica.

—Porque el maestre se lo prohibió.

Hernán volvió a leer la anotación.

Aquello ya no era una diferencia cartográfica. Una nave había abandonado la derrota oficial, seguido un barco guía y descargado mercancía sin registrar en un fondeadero oculto.

La carta falsa no intentaba hacer encallar los barcos.

Intentaba controlar quién encontraba cada puerto.

Zamora regresó con una caja pequeña.

—Los papeles de Llanos —dijo—. Su viuda los entregó después de su muerte.

—¿Murió al regresar?

—Ocho meses después. Fiebres.

—¿Viste el cuerpo?

—No empieces.

—Treviño también murió por accidente.

—En Sevilla mueren cien hombres cada semana sin que don Amadeo de Castro tenga que matarlos personalmente.

La mención espontánea hizo que Hernán lo mirara.

Zamora comprendió lo que había dicho.

—No estoy acusando a nadie.

—Tampoco yo.

Abrió la caja.

Dentro había recibos, cartas familiares, cuentas de gastos y hojas sueltas. La humedad había pegado algunos papeles entre sí. Lucio los separó utilizando la hoja sin filo de un pequeño cuchillo.

—Con cuidado —advirtió Zamora.

—Sé trabajar con pergamino.

—Esto es papel.

—También sé distinguirlos.

Encontraron una lista de marineros, varias cuentas de alimentos y una carta dirigida a la mujer de Llanos. No mencionaba el viaje. En el fondo de la caja había un sobre sin destinatario.

Estaba sellado, pero el lacre se había quebrado.

Hernán lo abrió.

Contenía una sola hoja.

La escritura era la misma del diario, aunque más lenta y cuidada.

Si este papel llega a manos de alguien que quiera saber la verdad, busque la recalada del 22 de agosto.

No fue Santa María del Mar. El maestre recibió antes de partir una carta sellada y órdenes para seguir a la balandra.

Las cajas procedían de los depósitos de la Hacienda, aunque en el libro constan como herramientas y clavos.

Hernán siguió leyendo.

El lugar se llama La Espera. Así lo nombraron los hombres que salieron a recibirnos. No figura en mi carta y se accede entre dos lomas bajas cuando cierta palmera quebrada queda al naciente.

La última parte estaba escrita con trazos más débiles:

He dejado la posición donde nadie la buscará. Cinco estrellas guardan el camino. Si me ocurre algo, no crean que fue la fiebre.

Nadie habló.

Lucio fue el primero en romper el silencio.

—Sabía que iban a matarlo.

Zamora se sentó en una caja.

La edad pareció caerle de golpe sobre los hombros.

—Su viuda dijo que deliraba durante las últimas semanas. Hablaba de hombres que lo seguían y de un barco que esperaba en el río.

—¿Y guardaste esto sin leerlo? —preguntó Hernán.

—Guardé una caja de papeles personales entre otras doscientas. No soy Dios.

—Treviño vino a buscar el diario.

—Le mostré el volumen, no la caja. No sabía que existía esta carta.

—¿Se lo contó a alguien?

—No delante de mí.

Hernán dobló la hoja.

—Necesito llevármela.

Zamora extendió la mano.

—No.

—Es la única declaración de Llanos.

—Precisamente por eso se queda.

—Los mismos hombres que hicieron desaparecer la de Treviño pueden venir a buscarla.

—Y si te detienen con ella, la perderemos igualmente.

Hernán miró la carta y después al archivero.

Zamora tenía razón.

—Haré una copia.

—Una sola.

—Dos —dijo Lucio—. Una para el maestro y otra para esconderla aquí en un lugar distinto.

Zamora lo miró.

—Empiezo a entender por qué lo has traído.

Prepararon papel, tinta y pluma.

Hernán copió la carta completa. Lucio reprodujo la anotación del diario, incluida la forma y posición de los cinco ángulos. Zamora revisó ambos textos, corrigió una palabra y puso en el reverso una pequeña señal de archivo, no un sello oficial, sino una marca que le permitiría reconocer las copias.

El original volvió al sobre.

Zamora lo colocó en una carpeta distinta, rotulada como cuentas de mantenimiento de Sanlúcar.

—Nadie consulta esto desde hace veinte años —dijo.

—Hasta que alguien busque precisamente los lugares donde nadie mira.

—Para entonces espero estar muerto.

Guardó la carpeta en un estante alejado de los registros marítimos.

Hernán introdujo su copia dentro de la regla de boj. Lucio ocultó el dibujo de los ángulos en el forro de su jubón.

—Falta el registro oficial de la carga —dijo Hernán—. Si las cajas procedían de la Hacienda, debe existir una salida de almacén.

—Los libros de aduanas se los llevó Castro —recordó Zamora.

—¿Todos?

El archivero dudó.

—Los principales.

—Eso no significa todos.

Zamora lanzó una mirada hacia la oscuridad del archivo.

—Existe un libro de reparaciones y bastimentos. Los escribanos anotaban allí lo que se declaraba como herramientas, clavos, pez, jarcias y madera.

—Llanos escribió que las cajas figuraban como herramientas y clavos.

—Sí.

Se dirigieron a otra sección.

Encontraron el libro después de varios minutos. Era un volumen ancho, con las cubiertas deformadas por la humedad. Zamora lo abrió por 1567 y buscó el nombre del San Telmo .

La anotación estaba allí:

Doce cajas de clavos y herramientas para reparación de fortificaciones. Seis barriles de herrajes. Entrega autorizada.

La firma del funcionario aparecía al pie.

Por encima de ella, una rúbrica más elaborada confirmaba la orden.

Hernán acercó el candil.

—Amadeo de Castro.

Zamora cerró el libro de golpe.

—Una autorización no demuestra que supiera lo que había dentro.

—Demuestra que las cajas salieron con su permiso.

—Y que oficialmente contenían clavos.

—Pero Llanos afirma que procedían de los depósitos de Hacienda.

—La palabra de un muerto contra un asiento firmado.

—Y una carta falsa, una ruta secreta y otro piloto ahogado.

Zamora lo agarró por la muñeca.

—Escúchame. Castro no es un mercader al que puedas acusar en una taberna. Se sienta en el Consejo, despacha con hombres que responden ante el rey y puede hacer que una firma signifique lo contrario de lo que dice. Con lo que tienes no lo condenarás. Solo conseguirás que sepa tu nombre.

—Ya lo sabe —dijo Lucio.

El archivero se volvió hacia él.

—¿Por qué dices eso?

—Hay un hombre vigilando el taller. Entró en una casa cercana al Alcázar.

Hernán le dirigió una mirada. Ocampo no había dicho que la casa perteneciera a Castro, pero el pensamiento se había instalado en los tres.

Zamora soltó la muñeca de Hernán.

—Tenéis que marcharos.

—Aún no hemos terminado.

—Sí.

Desde el corredor llegó un ruido.

Una puerta cerrándose.

Zamora apagó el candil.

La oscuridad los cubrió.

—¿El guardia? —susurró Lucio.

—No debería estar en esta parte.

Un resplandor apareció al fondo del pasillo entre los estantes. Alguien avanzaba con una lámpara.

Hernán recogió la carta falsa y la envolvió en el paño. Lucio cerró el libro de reparaciones. Zamora les indicó un espacio entre dos armarios y los empujó dentro.

Apenas cabían.

Hernán quedó pegado a la pared con Lucio delante. El polvo le hizo cosquillas en la nariz. Contuvo un estornudo apretando la lengua contra el paladar.

Los pasos se acercaron.

—¿Maese Zamora? —llamó una voz.

El archivero encendió de nuevo su candil.

—¿Quién anda ahí?

Un hombre apareció al final del pasillo. Vestía la librea de un criado del Consejo y llevaba una carpeta bajo el brazo.

—Traigo una orden para retirar un registro.

—El archivo está cerrado.

—Me han dicho que seguíais trabajando.

—Os han informado demasiado bien.

El criado se aproximó.

Hernán podía verlo a través de una rendija entre los armarios: treinta años, rostro alargado, barba recortada. En la mano derecha llevaba un anillo de plata sin sello.

—¿Qué registro queréis? —preguntó Zamora.