El mapa del guarda Capítulo 4 El polvo del archivo
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Capítulo 4 El polvo del archivo

L a campana del convento de San Francisco acababa de tocar completas cuando Hernán salió del taller por la puerta trasera.

Llevaba una capa oscura sobre el jubón y la regla de boj escondida junto al pecho. Bajo el brazo, envuelto en un paño encerado, transportaba uno de sus portulanos antiguos. La carta falsa no estaba allí.

Lucio había insistido en llevarla.

—A mí no me registrarán antes que a vos —argumentó.

Hernán no estaba seguro de que aquello fuera cierto, pero admitió que el muchacho podía ocultarla mejor.

Lucio había enrollado la vitela alrededor del torso, bajo la camisa, y atado los extremos con una cinta de lino.

El resultado le daba un aspecto algo más robusto, aunque cualquier golpe contra el pecho podía estropear el documento.

Salieron por separado.

Lucio abandonó la casa por la puerta principal y caminó hacia el Arenal con la jarra vacía bajo el brazo, como si fuera a devolverla a un proveedor. Hernán esperó cien respiraciones antes de cruzar el pequeño patio, subir a una tapia y pasar al corral de la casa contigua.

El vecino criaba gallinas.

Las aves despertaron al sentirlo caer entre ellas y llenaron el recinto de aleteos y cacareos.

Hernán se quedó quieto, temiendo que el estrépito llamara la atención de toda la calle.

Nadie abrió una ventana. En el Arenal, un hombre podía gritar durante una hora sin que sus vecinos decidieran si estaba muriendo o celebrando algo.

Atravesó dos callejones antes de incorporarse a la corriente de gente que abandonaba las tabernas. Caminó sin prisa, con el sombrero bajo y la capa cerrada. No vio al hombre del jubón pardo, aunque sabía que una ausencia podía ser otra forma de vigilancia.

Se reunió con Lucio junto a una fuente próxima a la plaza de San Francisco.

El muchacho estaba sentado en el brocal, fingiendo arreglarse una sandalia.

—Nadie me ha seguido —dijo cuando Hernán pasó a su lado.

—Quien te sigue bien procura que pienses eso.

—Entonces nadie me ha seguido mal.

Hernán continuó caminando.

Lucio se incorporó unos pasos después y mantuvo la distancia hasta que dejaron atrás la plaza.

Las calles próximas al Alcázar estaban casi vacías.

Las ventanas permanecían cerradas y la luz de algún candil se filtraba por los postigos.

A aquella hora, los funcionarios se habían retirado a sus casas y solo quedaban soldados de guardia, criados rezagados y escribanos condenados a terminar el trabajo de otros hombres.

La Casa de la Contratación ocupaba varias dependencias del recinto real.

Sus despachos, salas de audiencia, almacenes y archivos formaban un laberinto construido y ampliado a lo largo de los años.

Hernán conocía la entrada principal, pero Ruperto Zamora le había mostrado tiempo atrás una puerta de servicio utilizada para introducir legajos sin atravesar las estancias públicas.

La encontraron cerrada.

Hernán golpeó dos veces, esperó y dio un tercer golpe.

Nadie respondió.

Lucio miró hacia el extremo de la calle.

—Quizá se haya marchado.

—Zamora no abandona el archivo mientras quede una vela encendida.

—Puede haber apagado todas.

Hernán volvió a llamar.

Esta vez oyeron el roce de una barra al retirarse. La puerta se abrió apenas un palmo y un ojo apareció en la rendija.

—¿Has perdido el juicio? —susurró Ruperto Zamora.

—Eso dicen.

El archivero miró a Lucio.

—¿Quién es?

—Mi aprendiz.

—Eso ya lo veo. ¿Por qué lo has traído?

—Porque encontró la diferencia antes que yo.

Zamora abrió lo suficiente para dejarlos entrar.

—Entonces los dos sois idiotas.

Cerró la puerta y colocó de nuevo la barra.

Sostenía un candil pequeño. La luz amarillenta le iluminaba el cabello blanco y hundía las cuencas de los ojos. Llevaba el jubón desabrochado, las mangas remangadas y una mancha de tinta en la punta de la nariz.

—Seguidme —ordenó—. Y no toquéis nada.

—No pensábamos hacerlo —dijo Lucio.

Zamora lo miró por encima del hombro.

—Todos los aprendices pensáis lo mismo hasta que veis algo prohibido.

Los condujo por un corredor estrecho. A un lado se alzaban paredes de piedra; al otro, puertas cerradas con placas que identificaban despachos y depósitos. El sonido de sus pasos resonaba bajo las bóvedas.

Atravesaron una sala de escribanos donde las mesas formaban dos hileras. Había plumas secándose junto a los tinteros, papeles cubiertos con paños y bancos vacíos. En una de las mesas permanecía una vela encendida.

Zamora la apagó con los dedos.

—No conviene que desde el patio parezca que trabajamos.

—¿Hay guardias? —preguntó Hernán.

—Dos en la puerta principal y uno que hace la ronda por los corredores. El tercero es sordo, pero no tanto como para ignorar que derribáis un estante.

Llegaron al archivo.

Zamora abrió una puerta reforzada con bandas de hierro. El olor salió antes que el aire: polvo, cuero, humedad y tinta envejecida. El candil apenas alcanzaba a iluminar las primeras estanterías. Más allá, los legajos se perdían en la oscuridad.

Lucio entró despacio.

—Aquí está medio mundo —murmuró.

—La mitad que paga impuestos —respondió Zamora—. La otra mitad no deja papeles.

Cerró la puerta tras ellos.

—Ahora explícame por qué arriesgo mi puesto, mi casa y la poca tranquilidad que me queda.

Hernán sacó el portulano antiguo y lo extendió sobre una mesa auxiliar.

—Santa María del Mar.

—Sé dónde está.

—La carta nueva la sitúa una legua al sur.

—También lo sé.

Hernán levantó la cabeza.

—¿Cómo?

Zamora dejó el candil sobre la mesa.

—Los archiveros no dibujamos mapas, pero sabemos cuándo alguien pide demasiados documentos sobre un mismo lugar.

—¿Quién los pidió?

—Primero dímelo tú. ¿Qué has encontrado?

Hernán miró a Lucio.

El muchacho se desabrochó el jubón, sacó la carta falsa de debajo de la camisa y la desenrolló. La vitela conservaba el calor de su cuerpo.

Zamora retrocedió.

—¿Estás loco? Ese documento pertenece a la Casa.

—Por eso he venido.

—Si os registran con él, no llegaréis a explicar nada.

—Mira el sello.

—No necesito mirarlo.

—Sí lo necesitas.

Hernán colocó el candil en posición oblicua y mostró la línea mate alrededor del lacre, las fibras levantadas y la película de cola endurecida.

Zamora acercó el rostro.

Su expresión cambió.

—Lo han trasladado.

—Desde otro documento —dijo Lucio.

—Eso parece.

—Y la costa fue raspada —añadió Hernán—. Solo en torno a la cala.

El archivero observó el mapa durante un largo silencio.

—¿Quién hizo la copia?

Hernán mostró la marca de punta seca.

—Juan de la Cruz.

Zamora conocía el símbolo.

—No puede ser.

—Es su mano.

—Juan copia para mercaderes, no para el Consejo.

—Precisamente. Alguien necesitaba una carta producida fuera de los talleres oficiales y un sello auténtico que la legitimara.

Zamora se pasó una mano por el cabello.

—Guardad eso.

—Primero dime quién ha pedido los documentos.

—Guardadlo.

Lucio enrolló la carta, pero no volvió a ocultarla bajo la camisa. La dejó dentro del paño encerado que Hernán había llevado.

Zamora recogió el candil.

—Hace tres meses, un secretario del Consejo solicitó los libros de aduanas de 1567, las relaciones de carga de cuatro naos y todos los derroteros que mencionaran Santa María del Mar.

—¿Qué secretario?

—La petición llevaba la firma de don Amadeo de Castro.

El nombre quedó flotando entre los estantes.

Hernán conocía a Castro de vista. Miembro del Consejo de Indias, hombre de cuarenta y tantos años, siempre vestido con sobriedad costosa.

Había estudiado leyes en Salamanca y servido en distintos puestos de la administración real antes de llegar a Sevilla.

Se decía que recordaba la carga de cada barco y el nombre de cada funcionario que le debía un favor.

—¿Él mismo retiró los documentos? —preguntó.

—No. Envió a dos escribanos.

—¿Qué se llevaron?

—Los libros de aduanas y varias relaciones de carga. Los derroteros quedaron aquí porque argumenté que se utilizaban para preparar la flota.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Porque no me preguntaste.

—Te pregunto ahora.

Zamora lo miró con cansancio.

—Y yo te recomiendo que dejes de hacerlo.

Lucio se acercó al portulano.

—Un piloto ha muerto.

Zamora dirigió hacia él una mirada brusca.

—¿Qué piloto?

—Alonso de Treviño —respondió Hernán—. Declaró ante Ocampo que una balandra condujo su nave hasta un fondeadero que no aparecía en las cartas. Después apareció ahogado.

El archivero palideció.

—Treviño.

—¿Lo conocías?

—Consultó estos archivos el año pasado. Buscaba el diario de navegación de otra nave.

—¿Cuál?

Zamora no respondió inmediatamente.

Después levantó el candil.

—Venid.

Se internó entre los estantes.

Los legajos se apilaban desde el suelo hasta una altura superior a la de un hombre. Algunos estaban atados con cordel; otros, encerrados en cajas de madera. Pequeñas tablillas indicaban años, flotas y materias: licencias, pasajeros, averías, registros de navíos, pleitos, bienes de difuntos.

Zamora avanzaba con seguridad, girando por pasillos que parecían idénticos. Hernán y Lucio lo seguían en silencio.

Se detuvo ante un tramo dedicado a los registros de 1567.

Subió a una escalera de mano y recorrió los rótulos con un dedo.

—El diario del San Telmo —dijo—. Treviño lo pidió dos semanas antes de acudir al Santo Oficio.

Sacó un volumen estrecho y descendió.

La cubierta era de cuero reseco. En el lomo se leía, casi borrado:

San Telmo. Viaje a Tierra Firme. Año de 1567.

Zamora dejó el libro sobre una mesa situada al final del pasillo.

—La nao pertenecía a un consorcio de mercaderes sevillanos —explicó—. Salió con la flota de Nueva España, aunque debía separarse para llevar mercancías a Nombre de Dios. El piloto era Pedro de Llanos.

Hernán abrió el volumen.

Las primeras páginas contenían listas de provisiones, nombres de oficiales y anotaciones sobre el estado del casco. Después comenzaba el diario propiamente dicho.

Cada jornada ocupaba pocas líneas:

Viento al nordeste. Mar tendida.

Avistamos una vela al poniente.

Se repartió media azumbre de agua por hombre.

La escritura era inclinada y desigual, trazada sobre una superficie en movimiento.