El mapa del guarda Capítulo 3 El hábito y la espada #2
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Capítulo 3 El hábito y la espada #2

Hernán sintió que la espalda se le tensaba.

—¿Qué señal?

—Tres incisiones en el margen inferior. Dos paralelas y una tercera que las cruzaba.

La marca de Juan de la Cruz.

—¿Cómo podía conocerla?

—Vio la carta antes de que su maestre se la retirara. Creyó que era un arañazo y lo anotó en su declaración.

—La declaración que ha desaparecido.

—Conservo una copia.

Hernán guardó silencio.

Ocampo había realizado la primera precaución inteligente de toda la investigación.

—¿Dónde?

—En un lugar que no voy a revelaros.

—Entonces seguimos sin confiar el uno en el otro.

—La confianza es un lujo. Nos bastará con que nuestras sospechas coincidan.

Hernán sacó la llave.

Abrió el arcón, apartó los portulanos y extrajo el tubo. Ocampo observó cada movimiento, pero no intentó adelantarse.

La carta quedó extendida sobre la mesa.

El inquisidor no tocó la vitela.

Hernán situó el candil junto al margen inferior y modificó el ángulo de la luz hasta que aparecieron las tres incisiones.

Ocampo se inclinó.

—Las mismas.

—Son la marca de Juan de la Cruz.

—¿El copista?

—Lo conocéis.

—Conozco su nombre. Hace años fue denunciado por vender cartas privadas a mercaderes extranjeros. El expediente se cerró por falta de pruebas.

—No es un agente extranjero.

—No he dicho que lo sea.

—Juan copia para quien paga. Eso no significa que conozca el uso que darán a sus mapas.

—Pero sabrá quién encargó este.

—Si sigue vivo.

Ocampo levantó la cabeza.

La posibilidad ya había pasado por la mente de ambos.

—¿Dónde trabaja?

—Cerca de la puerta de Triana.

—¿Habéis ido a verlo?

—No.

—Bien.

—¿Por qué?

—Porque su taller está vigilado.

Hernán sintió un vacío bajo el esternón.

—¿Desde cuándo?

—Desde esta madrugada. Dos hombres se relevan en una taberna situada frente a su calle. No parecen alguaciles ni familiares del Santo Oficio.

—¿Cómo lo sabéis?

—Mandé a uno de mis hombres antes de venir.

—Dijisteis que habíais venido solo.

—Dije que no había traído alguaciles.

Ocampo enderezó la espalda.

—Juan de la Cruz es ahora el único hombre que puede identificar a quien encargó la falsificación. Quienes organizaron el fraude deben de haber comprendido que dejó una marca.

—¿Por qué no lo han matado ya?

—Quizá todavía no sepan si habló con alguien. O quizá esperen que nosotros los conduzcamos hasta una prueba que no han encontrado.

Hernán volvió a enrollar la carta.

—Hay que sacarlo de allí.

—No.

—¿Pensáis dejarlo como cebo?

—Pienso observar a quienes lo vigilan.

—Mientras decidís, pueden degollarlo.

—Y si entramos por la fuerza, quienes están detrás desaparecerán.

Hernán cerró el tubo con más violencia de la necesaria.

—Treviño murió mientras investigabais.

La expresión de Ocampo se endureció.

—Precisamente por eso no pienso actuar sin saber contra quién.

—La prudencia del cazador no consuela a la presa.

—Ni la impaciencia del necio resucita a los muertos.

Se miraron en silencio.

Hernán sabía que el fraile tenía razón desde el punto de vista de la investigación. También sabía que Juan de la Cruz podía no sobrevivir a aquella prudencia.

—¿Qué queréis que haga? —preguntó.

—Nada durante las próximas horas.

—Eso no es una instrucción que se me dé bien.

—Lo he advertido.

Ocampo señaló la carta.

—Guardadla en otro lugar. El arcón será lo primero que registren.

—¿Quiénes?

—Los hombres que han presentado la denuncia, o los funcionarios que compren para hacerlo.

—¿Esperáis un registro?

—Antes de dos días.

—¿Oficial?

—Tendrá sellos, firmas y hombres armados. Eso es lo que en Sevilla se llama oficial.

Hernán pensó en la regla de boj donde había escondido sus observaciones.

—¿Y vos?

—Volveré al archivo del Santo Oficio. Quiero saber quién consultó la declaración de Treviño antes de que desapareciera.

—Si os siguen, sabrán que habéis estado aquí.

—Ya lo saben.

El fraile se dirigió a la escalera.

—Una cosa más —dijo Hernán.

Ocampo se detuvo.

—La denuncia asegura que yo oculto documentos y estudio rutas sin autorización. Quien la escribió no solo sabe que recibí la carta. Sabe que descubrí la alteración.

—Sí.

—Eso reduce los sospechosos.

—A los hombres de la Casa que intervinieron en su entrega, a quienes controlan las copias y a cualquiera que os vigilara anoche.

—Había un hombre frente a mi taller.

—Jubón pardo, barba negra.

Hernán sintió que se le erizaba la piel.

—Lo habéis visto.

—Mi hombre lo siguió hasta una casa próxima al Alcázar. Entró por la puerta de servicio.

—¿De quién es la casa?

Ocampo lo miró desde el primer peldaño.

—Todavía no lo sé.

Era mentira.

No una mentira torpe, sino una puerta cerrada.

Hernán decidió no forzarla.

—¿Por qué me advertisteis ayer que aún no sabíais de qué lado estabais?

El fraile bajó la mirada.

—Porque sospechar que un documento es falso resulta sencillo. Saber quién se beneficia de la mentira es más peligroso.

—Eso no responde.

—Ayer no sabía si vos habíais alterado la carta. Hoy sé que no.

—¿Cómo podéis estar seguro?

—Porque un falsificador habría borrado la marca de Juan de la Cruz antes de mostrarme el mapa.

Ocampo continuó descendiendo.

—No salgáis —ordenó—. No vayáis al archivo, no visitéis al copista y no habléis de esto con nadie.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Hasta que regrese.

—¿Y si no regresáis?

El fraile se detuvo al final de la escalera.

—Entonces quemad la carta y huid de Sevilla.

La puerta se cerró tras él.

Hernán permaneció en la planta superior, escuchando el silencio que había dejado.

Unos minutos después regresó Lucio con la jarra de aceite. Subió deprisa y se detuvo al encontrar la carta fuera del arcón.

—¿Qué ha ocurrido?

Hernán cerró los postigos.

—Ocampo conoce la marca de Juan.

—¿Cómo?

—Un piloto la vio en otra carta falsa.

—¿Dónde está ese piloto?

—Muerto.

Lucio dejó la jarra sobre el suelo.

—¿Y Juan?

—Vigilado.

—Entonces tenemos que avisarlo.

—Ocampo ha dicho que no nos movamos.

—¿Vais a obedecer?

Hernán tomó el tubo y miró alrededor del taller.

El arcón ya no era seguro. Tampoco los estantes ni el suelo bajo la mesa. Quien registrara la casa sabría dónde buscar una carta.

Su mirada terminó en la pared del fondo, donde colgaba una pintura deteriorada de san Cristóbal cruzando el río con el Niño a hombros. Detrás del marco había una cavidad estrecha utilizada antiguamente para guardar monedas.

Descolgó el cuadro.

—Esconde la carta aquí.

Lucio recibió el tubo.

—No habéis respondido.

Hernán retiró una tabla suelta y señaló el hueco.

—Ocampo quiere observar a los hombres que vigilan a Juan.

—Mientras ellos pueden matarlo.

—Sí.

—Entonces iremos.

—Tú no.

—La marca la encontramos juntos.

—Y por eso uno de los dos debe sobrevivir para contarlo.

Lucio apretó el tubo contra el pecho.

—No soy un niño.

—Eres mi aprendiz.

—Eso tampoco significa que sea vuestro criado.

—No he dicho que lo seas.

—Pero me mandáis esconderme mientras vos hacéis lo peligroso.

Hernán lo miró.

Vio en él la misma obstinación que tantas veces le había irritado y que, en secreto, esperaba conservar durante años.

—Esta noche iremos al archivo —dijo.

Lucio frunció el ceño.

—Ocampo lo ha prohibido.

—Por eso no esperará que lo hagamos.

—¿Y Juan?

—Antes de entrar en su calle necesitamos saber qué copió. Zamora puede encontrar la carta original o el registro de la ruta verdadera. Si Juan reconoce al cliente pero no podemos demostrar la falsificación, su palabra no bastará.

—¿Iremos juntos?

Hernán asintió.

—Entraremos cuando cierre la Casa. Zamora suele quedarse hasta después del ángelus.

Lucio escondió el tubo en el hueco y recolocó la tabla. Hernán volvió a colgar el cuadro. San Cristóbal quedó otra vez sobre la pared, atravesando un río oscuro sin saber qué peso llevaba realmente a los hombros.

—¿Y si Ocampo regresa antes? —preguntó el muchacho.

—Le diremos la verdad.

—¿Cuál?

Hernán cogió la regla de boj y comprobó que la nota continuaba oculta en su interior.

—Que no se me da bien obedecer.

En la calle sonó una campana.

Faltaban muchas horas para el cierre del archivo, pero la espera ya había comenzado.

Detrás del cuadro, la carta falsa permanecía oculta.

En la otra orilla de la ciudad, Juan de la Cruz seguía rodeado de hombres que aguardaban algún movimiento.

Y en algún despacho próximo al Alcázar, el dueño de un anillo de oro sabía que la legua falsa había sido descubierta.