El mapa del guarda Capítulo 3 El hábito y la espada
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Capítulo 3 El hábito y la espada

Fray Leodán de Ocampo regresó al día siguiente.

Esta vez no llamó.

L a puerta de la calle estaba cerrada, pero Hernán oyó el golpe del cerrojo y después el crujido de la escalera. Dejó la piedra pómez sobre la mesa y se levantó antes de que el dominico apareciera en el taller.

Ocampo se detuvo en el último peldaño.

—Debéis reparar esa cerradura —dijo—. Cede con demasiada facilidad.

Hernán miró hacia la planta baja.

—Habéis forzado mi puerta.

—La encontré mal cerrada.

—La cerré yo mismo.

El fraile entró sin responder. El olor a incienso que impregnaba su hábito se mezcló con el de las tintas y la cola caliente. Llevaba las manos ocultas dentro de las mangas y tenía unas gotas de sudor en la tonsura, aunque la mañana todavía era fresca.

Lucio trabajaba al fondo del taller, moliendo agallas de roble en un mortero. Al ver al visitante, dejó de mover la mano.

Ocampo reparó en él.

—No estaba ayer cuando subí.

—Mi aprendiz —dijo Hernán—. Lucio Ferrol.

El muchacho inclinó la cabeza.

—Reverencia.

—Acércate.

Lucio miró a Hernán antes de obedecer.

El inquisidor lo examinó con detenimiento: el color de la piel, las manos manchadas de tinta, la cicatriz pequeña que le cruzaba una ceja. No había desprecio en su expresión, aunque tampoco amabilidad.

—¿Sabes leer?

—Sí, reverencia.

—¿Latín?

—Un poco.

—¿Quién te lo ha enseñado?

—El maestro Giráldez.

—¿Y también te enseña a interpretar mapas?

—Me enseña a copiarlos sin estropearlos.

Ocampo esbozó una sonrisa imperceptible.

—Una virtud escasa.

Lucio no respondió.

—Baja a comprar aceite —ordenó Hernán—. El candil grande está casi vacío.

El muchacho comprendió que debía dejarlos solos.

—Queda suficiente para esta noche.

—Compra más.

Lucio se limpió las manos en el delantal, recogió una jarra y salió. Ocampo esperó hasta escuchar cerrarse la puerta de la calle.

—Lo protegéis.

—Es mi responsabilidad.

—La responsabilidad no siempre protege. A veces convierte a un hombre en rehén de sus afectos.

Hernán sostuvo su mirada.

—¿Habéis venido a hablar de mi aprendiz?

—He venido porque ayer me mentisteis.

El tratamiento había cambiado.

Ya no era una visita cortés.

Ocampo recorrió el taller con lentitud. Se detuvo ante los estantes, observó las cartas enrolladas y pasó un dedo por el polvo acumulado sobre una caja de instrumentos.

—Dijisteis que habíais trabajado toda la noche en un encargo atrasado.

—Así fue.

—Pero no había ningún encargo sobre la mesa.

—Lo había guardado antes de abriros.

—¿Por qué?

—Porque los documentos de la Casa no deben quedar al alcance de cualquiera.

El fraile se volvió.

—¿Me consideráis cualquiera?

—Os considero un hombre que entró sin permiso.

Ocampo aceptó la respuesta sin alterarse.

—Un escribano de la Casa de la Contratación ha informado de que ayer solicitasteis acceso a los registros de navegación de 1567.

Hernán permaneció inmóvil.

No había acudido todavía al archivo.

Aquello era una prueba.

—El escribano se equivoca.

—¿No habéis estado allí?

—No.

—¿Pensáis ir?

—Visito el archivo con frecuencia.

—No os he preguntado por vuestras costumbres.

Ocampo se acercó hasta quedar frente a él.

—¿Pensáis revisar los registros de 1567?

Hernán comprendió que una negativa demasiado rápida confirmaría la sospecha.

—Puede que los necesite para uno de mis trabajos.

—¿Para cuál?

—Todavía no lo sé.

—Una respuesta hábil.

—Una pregunta imprecisa.

Los ojos grises del fraile se endurecieron.

—No confundáis habilidad con inteligencia, maestro Giráldez. La habilidad sirve para evitar una respuesta. La inteligencia consiste en saber cuándo esa evasión resulta más peligrosa que la verdad.

—¿Y cuál es la verdad que esperáis oír?

Ocampo retiró las manos de las mangas.

Llevaba un pliego doblado.

Lo dejó sobre la mesa, sin permitir que Hernán lo tocara.

—Una denuncia anónima llegó anoche al buzón del Santo Oficio.

—Las denuncias anónimas no escasean en Sevilla.

—Esta menciona vuestro nombre.

Hernán miró el papel.

—¿De qué se me acusa?

—De poseer una carta alterada perteneciente a la Casa de la Contratación. De ocultar documentos del Consejo. De investigar rutas de navegación sin autorización.

La precisión de las acusaciones le heló el cuerpo.

Alguien conocía la carta.

También sabía que Hernán había descubierto la alteración.

—No he investigado ninguna ruta sin autorización.

—Entonces negáis la denuncia.

—Niego haber cometido delito alguno.

—No es lo mismo.

Ocampo desplegó el pliego.

La escritura ocupaba media página y estaba trazada con una mano deliberadamente irregular. El fraile no se lo entregó, pero permitió que viera las primeras líneas.

El maestro cartógrafo Hernán Giráldez conserva en su taller una carta de Tierra Firme que no le pertenece…

Ocampo volvió a doblarlo.

—¿Reconocéis la letra?

—No.

—Yo tampoco. Quien la escribió se esforzó por deformarla.

—Entonces puede ser cualquier hombre.

—Puede ser el hombre que manipuló la carta.

Hernán levantó la vista.

Aquello sonaba a acusación, aunque también podía ser una advertencia.

—Ayer me preguntasteis si era posible levantar un sello.

—Y respondisteis que sí.

—¿Sabíais ya que alguien me denunciaría?

—No.

—¿Sabíais que la carta estaba en mi taller?

Ocampo guardó la denuncia en el hábito.

—Sabía que una carta de Tierra Firme había sido retirada del circuito de copias después de pasar por vuestra mesa.

—No la retiré. Debía examinarla antes de autorizar la reproducción.

—¿Y la habéis autorizado?

—No.

—¿Por qué?

Hernán guardó silencio.

Ocampo se aproximó al arcón.

—Abridlo.

—No tenéis orden para registrar mi casa.

—Todavía no.

—Entonces no lo abriré.

El inquisidor apoyó la mano sobre la tapa.

—Un hombre inocente debería desear que se comprobara su inocencia.

—Un hombre inocente debería temer a quienes parten de su culpabilidad.

La respuesta tensó el aire entre ambos.

Ocampo retiró la mano.

—No he venido a deteneros.

—¿A qué habéis venido?

—A averiguar si sois un falsificador, un cómplice o un necio.

—¿Y qué habéis concluido?

—Que sois demasiado orgulloso para ser un cómplice obediente y demasiado pobre para haber organizado el fraude.

—Queda el necio.

—Siempre queda el necio.

El fraile caminó hasta la ventana.

En la calle, los carros avanzaban hacia el puerto y los pregoneros competían con el ruido de los talleres. Ocampo observó la escena con las manos de nuevo ocultas en las mangas.

—El piloto del que os hablé ayer se llamaba Alonso de Treviño —dijo.

Hernán no esperaba que revelara el nombre.

—Dijisteis que no era asunto mío.

—Ya lo es.

—¿Qué declaró?

—Que el año pasado recibió una orden sellada para alterar su derrota al aproximarse a Tierra Firme. Debía buscar Santa María del Mar en una posición distinta de la que figuraba en su derrotero.

—¿Una legua al sur?

Ocampo giró la cabeza.

Hernán comprendió el error demasiado tarde.

El fraile lo observó sin pestañear.

—No he mencionado ninguna distancia.

Durante unos segundos ninguno habló.

Hernán podía negar que supiera a qué se refería. La mentira, sin embargo, sería inútil.

—La carta que recibí sitúa la cala una legua más al sur —admitió.

—Al fin.

—No significa que esté falsificada.

—Pero no la habéis autorizado.

—Porque no coincide con los portulanos anteriores.

Ocampo abandonó la ventana.

—Treviño siguió las instrucciones. Encontró una costa pantanosa, sin puerto ni población. Mientras intentaba determinar su posición, apareció una balandra con bandera castellana. El patrón aseguró conocer el fondeadero correcto y le ordenó seguirlo.

—¿Adónde?

—Treviño no lo supo. Se negó.

—¿Y qué ocurrió?

—Su maestre lo relevó del gobierno de la nave y obedeció a la balandra. Navegaron parte de la noche hasta una cala que no aparecía en ninguna carta. Allí entregaron tres cofres y recibieron mercancía que no fue registrada.

—¿Qué mercancía?

—Treviño no la vio.

—¿Qué había en los cofres?

—Tampoco lo sabe.

—Entonces su declaración no demuestra nada.

—Demuestra que una carta falsa no actúa sola. Hay órdenes, pilotos comprados y barcos guía.

La explicación coincidía con lo que Lucio había deducido.

La red penetraba en la Casa o en el Consejo.

—¿Dónde está Treviño? —preguntó Hernán.

—Muerto.

La palabra cayó con sencillez.

—¿Cómo?

—Apareció en una acequia detrás del monasterio de San Jerónimo. Había bebido, según el alguacil que levantó el cadáver. Cayó al agua y se ahogó.

—¿Lo creéis?

—No.

Era la primera respuesta inequívoca que Ocampo le daba.

—¿Por qué no investigasteis?

—Lo hice.

—¿Y?

—Su declaración desapareció del archivo del Santo Oficio. El escribano encargado de custodiarla fue trasladado a Córdoba por orden de un superior que asegura no haber firmado el traslado.

Hernán miró el arcón.

La carta que guardaba dentro había costado ya una vida.

Quizá más.

—¿Por qué me contáis esto?

—Porque la denuncia contra vos llegó pocas horas después de que yo preguntara en la Casa quién había examinado las nuevas cartas de Tierra Firme.

Ocampo sacó otro papel del hábito. Era una lista breve de nombres.

Hernán distinguió el suyo, el de dos escribanos y el de un oficial de navegación.

—Alguien supo que investigaba —continuó el fraile—. Y decidió señalaros antes de que yo llegara.

—Para que me detuvierais.

—O para que registrara este taller y retirara la carta.

—Después podrían recuperarla dentro del Santo Oficio.

—Eso mismo he pensado.

Hernán lo estudió con atención.

—No confiáis en vuestro propio tribunal.

—Confío en Dios. Los tribunales están formados por hombres.

—Una distinción peligrosa para un inquisidor.

—Más peligrosa resulta olvidarla.

Hernán comprendió por qué Ocampo había acudido sin alguaciles. No quería que el registro quedara anotado ni que la carta entrara todavía en los depósitos oficiales.

No era un aliado, aunque tampoco actuaba al servicio de Castro.

—Mostradme la carta —dijo Ocampo.

Hernán no se movió.

—Acabáis de admitir que no podéis custodiar una declaración.

—Precisamente por eso estoy aquí solo.

—Podríais llevaros el mapa.

—Podría.

—Y yo no podría impedíroslo.

—Probablemente no.

—Entonces dadme una razón para abrir el arcón.

Ocampo meditó la respuesta.

—Porque Treviño mencionó una señal.