El mapa del guarda Capítulo 2 La tinta del diablo
7%

Capítulo 2 La tinta del diablo

Hernán esperó hasta que los pasos de fray Leodán de Ocampo desaparecieron bajo el ruido de la calle.

Después cerró la puerta con llave.

N o era una precaución habitual. El taller permanecía abierto durante casi toda la jornada para que entraran proveedores, pilotos y escribanos. Aquella mañana, sin embargo, el golpe del cerrojo le produjo un alivio que duró muy poco.

Lucio seguía junto a la mesa.

—¿Creéis que nos vigilaba antes de llamar? —preguntó.

Hernán miró hacia la ventana. Desde allí solo alcanzaba a ver una franja del empedrado y la fachada encalada de la casa de enfrente.

—Un inquisidor no necesita esconderse para vigilar.

—No me refería a Ocampo.

El muchacho señaló la calle con un movimiento de la cabeza.

—Mientras hablabais con él vi a un hombre apoyado junto al puesto del cordelero. No compraba nada. Cuando el fraile salió, se marchó en dirección contraria.

—¿Le viste la cara?

—Llevaba un sombrero bajo. Barba negra, quizá. Jubón pardo.

Una descripción que podía corresponder a media Sevilla.

—¿Lo habías visto antes?

Lucio negó.

Hernán apartó la cortina y observó la calle durante unos instantes. El cordelero discutía con un marinero sobre el precio de una maroma. Dos mujeres cargaban cestas de pescado. Un aguador avanzaba entre los carros haciendo sonar una campanilla.

Nadie parecía interesarse por el taller.

Eso no significaba nada.

Regresó a la mesa y abrió el arcón.

—Trae el candil pequeño.

Lucio obedeció. Aunque la luz del día llenaba ya la habitación, encendió la mecha y colocó la lámpara junto a los instrumentos.

Hernán extrajo la carta nueva y la extendió sobre la mesa. Puso pesos de plomo en las esquinas para evitar que la vitela recuperara la curvatura del tubo.

—Vamos a olvidar la legua —dijo.

Lucio lo miró, desconcertado.

—¿Olvidarla?

—Ya sabemos que está ahí. Medirla otra vez no nos enseñará nada. Ahora necesitamos saber cómo llegó hasta el mapa.

Acercó el candil al borde de la vitela. La llama proyectó una luz rasante sobre la superficie y convirtió cada irregularidad del pergamino en una sombra diminuta.

La carta parecía impecable cuando se observaba de frente.

Bajo aquella iluminación, dejaba de serlo.

En torno a Santa María del Mar, la superficie presentaba una textura distinta. No era una raspadura evidente, sino un cambio en el brillo de la vitela, una zona del tamaño de una moneda en la que las fibras habían sido pulidas hasta quedar casi lisas.

Hernán tomó una lente montada en un aro de latón y la acercó al topónimo.

—Mira.

Lucio inclinó la cabeza.

—La tinta es más negra.

—No solo la tinta.

Hernán señaló la primera letra del nombre.

—Observa el borde de la ese.

El trazo se extendía ligeramente hacia un lado, como si la tinta hubiera penetrado de forma desigual.

—La superficie fue tratada antes de escribir —explicó—. Alguien eliminó una inscripción anterior o preparó el pergamino para recibir otra.

—¿Con piedra pómez?

—Piedra, cuchilla y saliva. Después lo bruñeron.

Lucio examinó la zona.

—Pero en el resto del mapa no hay marcas.

—Porque el resto no fue corregido.

Hernán pasó la lente sobre la costa. Los trazos eran uniformes y mantenían la misma intensidad. La línea próxima a Santa María del Mar, en cambio, mostraba una mínima interrupción donde el dibujo antiguo había sido raspado y sustituido.

Eso podía explicar el desplazamiento.

No explicaba el sello.

Giró la carta con cuidado y acercó el borde superior a la luz.

El lacre rojo llevaba impreso el emblema del Consejo y conservaba la rúbrica del oficial que había autorizado la distribución. A simple vista, parecía intacto. Sin embargo, una línea mate rodeaba la base, tan fina que podía confundirse con la suciedad acumulada durante el transporte.

Hernán deslizó la uña por ella.

La superficie cedió apenas.

—Lo calentaron —dijo.

Lucio acercó el rostro.

—¿Para abrirlo?

—Para separarlo del documento al que pertenecía.

—¿No es el sello de esta carta?

—El sello es auténtico. La carta no.

El muchacho tardó un instante en comprenderlo.

—¿Lo arrancaron de otro pergamino?

—No lo arrancaron. Lo levantaron con calor, poco a poco, hasta ablandar la cera. Después lo fijaron aquí.

—¿Con más lacre?

—Con cola.

Hernán acercó la nariz al reverso. El olor casi había desaparecido, oculto por la tinta y la humedad, pero todavía quedaba un rastro dulzón.

—Cola de pescado —dijo—. La usan los iluminadores y quienes reparan libros. Seca sin dejar apenas color.

Lucio había mencionado aquel olor cuando recibió la carta. Entonces ninguno de los dos le dio importancia.

Ahora era una prueba.

Hernán tomó una aguja y levantó con cuidado una fibra junto al sello. Debajo apareció una película transparente y quebradiza.

—El documento oficial debió de llevar otro contenido —dijo—. Retiraron el sello, fabricaron esta carta y lo pegaron de nuevo. La rúbrica pudo copiarse antes o después.

—¿Podéis demostrarlo?

—Puedo demostrar que el sello fue trasladado. Para saber de dónde procede necesitaríamos el documento al que se lo quitaron.

—¿Y cómo encontramos eso?

Hernán no respondió.

En la Casa de la Contratación se sellaban registros, licencias, cartas de marear, relaciones de carga y órdenes de navegación.

Descubrir qué documento había sido mutilado exigiría revisar cientos de legajos.

Si quienes organizaron el fraude habían actuado con prudencia, quizá el pergamino original ya no existiera.

O quizá alguien lo hubiera archivado sin sello, creyendo que se había desprendido por accidente.

Lucio rodeó la mesa.

—Ocampo sabía lo del sello.

—Sospechaba que podía levantarse.

—Ha preguntado exactamente por eso.

Hernán dejó la aguja.

La visita del fraile regresó a su memoria con una nitidez desagradable: la pregunta formulada sin preámbulo, la referencia al piloto de Tierra Firme, la advertencia sobre los hombres que necesitaban enterrar la verdad.

Ocampo sabía más de lo que había dicho.

Pero no lo suficiente para actuar.

De haber contado con pruebas, no habría acudido solo ni se habría limitado a preguntar.

—Puede que haya visto otra carta manipulada —dijo Hernán—. O puede que el piloto al que interrogó le hablara de ella.

—¿Por qué no os pidió que la examinarais?

—Porque no confía en mí.

—¿Y vos confiáis en él?

Hernán miró el hábito imaginario que todavía parecía dejar olor a incienso en el taller.

—No.

—Entonces estamos solos.

—Estar solo no siempre es una desgracia.

—Depende de quién te esté buscando.

Lucio dirigió una mirada hacia la ventana.

Hernán volvió a la carta.

Necesitaba apartar el miedo y trabajar como cartógrafo. Los hombres podían mentir, pero los materiales conservaban memoria. La tinta se oxidaba, el pergamino guardaba las marcas de la cuchilla y la cera revelaba dónde había sido calentada.

Todo dejaba rastro.

Desplazó el candil hacia el margen inferior.

Allí encontró la primera señal.

No era tinta. Apenas tres incisiones sobre la vitela: dos líneas paralelas cruzadas por una tercera en diagonal. Eran tan pequeñas que cualquiera habría podido confundirlas con un arañazo producido al enrollar el mapa.

Hernán dejó de respirar.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lucio.

Acercó más el candil.

Las tres rayas aparecieron con claridad bajo la luz oblicua.

Las conocía.

Fue hasta el estante donde conservaba los encargos antiguos y retiró varios tubos hasta encontrar uno forrado de cuero verde. Sacó una carta privada de las costas de Berbería, realizada ocho años atrás para un mercader de aceites.

La extendió junto a la de Tierra Firme.

Buscó el extremo inferior derecho y situó el candil en el mismo ángulo.

Aparecieron tres incisiones idénticas.

Dos paralelas.

Una oblicua.

—¿Es una firma? —preguntó Lucio.

—Una marca de taller.

—¿De quién?

Hernán pasó el dedo sin tocar las rayas.

—Juan de la Cruz.

El nombre no pareció significar nada para el muchacho.

—¿Quién es?

—Un copista del Arenal. Trabajó de joven para varios pilotos, pero nunca consiguió plaza en la Casa. Hace mapas por encargo para mercaderes y capitanes que no quieren dejar constancia de lo que compran.

—¿Un falsificador?

—Un copista. No es lo mismo.

—Ha hecho esta carta.

—Eso parece.

Hernán comparó ambas marcas. No podía haber duda. Juan trazaba siempre las dos líneas con una separación mínima y atravesaba la segunda con un corte más profundo. Era su forma de firmar sin escribir su nombre.

—¿Lo conocéis?

—Lo suficiente para reconocer su trabajo. Coincidimos varias veces cuando éramos jóvenes. Tenía mejor mano que muchos maestros, pero ningún pariente en el Consejo y demasiado orgullo para servir como ayudante.

—¿Por qué dejaría una marca en un documento falso?

—Porque la deja en todos.

—Eso es una imprudencia.

—Para un hombre que vive de su oficio, no firmar también lo es. Sin la marca, un cliente puede negar que el trabajo sea suyo y negarse a pagarle.

Lucio volvió a observar la carta.

—Entonces Juan sabe quién encargó la copia.

—Vio al menos a la persona que se la entregó.

—Y quizá el original.

—Sí.

La respuesta modificaba la investigación.

Hasta ese momento poseían una mentira y señales de manipulación. Ahora tenían un posible testigo.

Hernán sintió el impulso de guardar la carta, ponerse el sombrero y dirigirse de inmediato al taller de Juan de la Cruz. Lo contuvo.

Fray Leodán acababa de salir de su casa.

Un hombre desconocido había observado la puerta.

Si alguien vigilaba sus movimientos, conducirlo directamente hasta el copista podía condenarlos a ambos.

—¿Dónde trabaja? —preguntó Lucio.

—Cerca de la puerta de Triana. En una calle de curtidores.

—Podría ir yo.

—No.

—A mí no me conocen.

—El hombre de la calle te ha visto dentro de esta casa.

—Entonces voy por los tejados.

—No vas a ninguna parte.

Lucio apretó los labios.

—Podríamos perderlo.

—También podríamos llevar a sus asesinos hasta su puerta.

El muchacho bajó la vista.

Hernán se arrepintió del tono, pero no de la orden.

—Antes de buscar a Juan necesito saber qué documento debería estar en los archivos —dijo—. Si demostramos que la posición antigua de Santa María del Mar figura en los registros de navegación, su testimonio tendrá valor. Sin eso, dirán que copió una corrección legítima.

—¿Y quién puede mostraros esos registros?

Hernán pensó en un hombre de cabello blanco, dedos manchados de polvo y una prudencia que aumentaba cada año.

—Ruperto Zamora.

—El archivero.

—Fue escribano de flotas antes de que tú nacieras. Conoce cada legajo y recuerda lo que los demás prefieren olvidar.

—¿Confiáis en él?

—Confío en que tiene miedo.

Lucio alzó una ceja.

—No parece una virtud.

—Es una de las pocas que impiden a un hombre actuar sin pensar.

Hernán sacó su cuaderno de notas.

No escribió nombres. Anotó únicamente observaciones materiales:

Desplazamiento de una legua.

Vitela raspada y bruñida.

Sello auténtico trasladado con cola.

Marca de punta seca en el margen inferior.

Después arrancó la hoja.

—¿Por qué no lo dejáis en el cuaderno?

—Porque quien encuentre el cuaderno no debe encontrarlo todo.

Doblando el papel varias veces, lo introdujo en el interior hueco del mango de una regla de boj. Después colocó el tapón de madera.

Lucio lo observaba con atención.

—¿Dónde guardaréis la carta?

Hernán miró el arcón.

Era el lugar más evidente.

También el único que podía cerrar con llave.

Enrolló el mapa sin apretar demasiado y lo introdujo en el tubo.

—Aquí, de momento.

—Ocampo sabe que existe un arcón.

—Ocampo sabe que todos los cartógrafos tienen uno.

Guardó la carta bajo los portulanos, cerró y comprobó dos veces la cerradura.

—No abras a nadie mientras yo no esté.

—¿Vais a ver a Zamora?

—Mañana.

—¿Por qué no hoy?

Hernán señaló la calle.

—Porque quiero saber si el hombre del jubón pardo vuelve.

—¿Y si vuelve?

—Tendremos la certeza de que no era un comprador indeciso.

Lucio recogió la hogaza que había dejado sobre un estante. Partió un trozo y se lo ofreció.

Hernán lo aceptó, aunque no tenía hambre.

Comieron de pie, sin apartarse demasiado de la ventana. El pan estaba duro y sabía a harina mal cocida. Desde el puerto llegó el sonido de una campana, seguido por los gritos de una cuadrilla que descargaba barriles.

Durante unos minutos no hablaron.

La normalidad de la calle resultaba casi ofensiva.

Lucio fue quien rompió el silencio.

—Maestro.

—¿Qué?

—Si Juan de la Cruz hizo la copia y alguien trasladó el sello, tuvo que haber más de un hombre.

Hernán dejó de masticar.

—¿Por qué?

—El copista pudo dibujar la carta, pero no podía sacar un sello del archivo. Quien lo hizo tenía acceso a documentos oficiales.

Hernán miró al muchacho.

—Sigue.

—Y quien ordenó mover la cala debía conocer la ruta. No bastaba con tener dinero. Tenía que saber qué distancia cambiar y qué consecuencias tendría.

—Un piloto.

—O alguien que pudiera dar órdenes a los pilotos.

El orgullo que Hernán había sentido antes regresó mezclado con inquietud.

Lucio no solo veía líneas. Empezaba a comprender las voluntades que había detrás de ellas.

—Eso significa que la red entra en la Casa —concluyó el muchacho.

—O en el Consejo.

Lucio miró hacia el arcón.

—Entonces Zamora puede estar dentro.

—Puede.

—Y aun así iréis a verlo.

—Sí.

—¿Por qué?

Hernán se acercó a la ventana.

En el extremo de la calle apareció un hombre con sombrero oscuro. Caminaba despacio, sin mirar directamente hacia el taller. Al llegar frente al puesto del cordelero, se detuvo y fingió examinar una madeja de cáñamo.

Lucio se colocó a su lado.

—Es él —susurró.

El hombre llevaba jubón pardo y barba negra.

Hernán retrocedió antes de que pudiera levantar la vista.

—Cierra los postigos.

Lucio obedeció. La luz del taller se redujo a una franja estrecha y al resplandor del candil.

—¿Qué hacemos?

Hernán apoyó la mano sobre la tapa del arcón.

Alguien sabía que había recibido la carta.

Fray Leodán conocía la existencia de una ruta alterada.

Juan de la Cruz había dejado su marca en una falsificación sellada por el Consejo.

Y un desconocido vigilaba la puerta.

La prudencia aconsejaba devolver el documento, negar que hubiera advertido nada y permitir que la carta siguiera su curso.

Pero Lucio tenía razón.

Si la copia se distribuía, los pilotos navegarían con ella.

Hernán tomó la regla de boj donde había escondido sus notas y la guardó bajo el jubón.

—Esta noche dormiremos por turnos —dijo.

—¿Y mañana?

—Mañana iremos al archivo.

—¿Los dos?

Hernán negó.

—Yo hablaré con Zamora. Tú te quedarás aquí y vigilarás la carta.

Lucio miró el arcón y después la ventana cerrada.

—No sé cuál de las dos cosas es más peligrosa.

—Ninguna lo sería si los hombres se conformaran con la verdad.

Apagó el candil pequeño.

En la penumbra, la cerradura del arcón brilló como un único ojo de metal.

Dentro, el mapa falso esperaba.

Y en su margen, invisible salvo para quien supiera dónde mirar, tres líneas trazadas por Juan de la Cruz señalaban el primer camino hacia el hombre de la máscara.