Capítulo 1 El compás y la mentira #2
—Espero no interrumpir vuestro trabajo.
Hernán miró la calle. No había alguaciles ni familiares del Santo Oficio junto a la puerta.
—El trabajo de un cartógrafo siempre puede esperar.
—¿También la verdad?
La pregunta fue pronunciada con tanta suavidad que tardó un instante en parecer una amenaza.
Hernán se apartó para dejarlo entrar.
Ocampo cruzó el recibidor y subió la escalera sin aguardar invitación. Sus pasos eran lentos, uno por peldaño. Al llegar al taller, recorrió con la mirada los instrumentos colgados de la pared, las cajas de pigmentos, los rollos de pergamino y el arcón cerrado.
No parecía un hombre contemplando un oficio.
Parecía un juez examinando el escenario de un delito que todavía no había ocurrido.
—Siempre me han intrigado los mapas —dijo—. Permiten a un hombre afirmar que conoce tierras que nunca ha pisado.
—También los libros sagrados hablan de lugares que pocos han visto.
Ocampo lo miró.
Hernán lamentó la respuesta antes de que el silencio terminara de formarse.
Pero el fraile sonrió apenas.
—Una comparación atrevida.
—No pretendía comparar mi trabajo con las Escrituras.
—Naturalmente.
Se acercó a la mesa. El compás seguía allí, junto a la regla y la escala de cálculo. Ocampo no los tocó.
—Decidme una cosa, maestro. Cuando una carta ha sido examinada, rubricada y sellada, ¿puede alguien modificarla sin romper el sello?
Hernán sintió que algo se cerraba en su pecho.
La pregunta era demasiado precisa.
—Depende del documento.
—Hablo de una carta de marear.
—Podría rasparse la tinta y volver a dibujar encima, pero la vitela conservaría señales.
—¿Y si quien lo hiciera conociese bien el oficio?
—Las señales serían menores.
—Pero existirían.
—Para quien supiera encontrarlas.
Ocampo asintió, como si acabara de confirmar un pensamiento propio.
—¿Podría levantarse el sello, modificar la carta y colocarlo después?
—Con calor y paciencia, quizá.
—¿Sin que un escribano lo advirtiera?
—Un escribano mira las letras. Un sellador mira el lacre. Un cartógrafo mira la costa.
Los ojos grises se fijaron en él.
—Y vos, maestro Giráldez, ¿qué habéis mirado esta noche?
Hernán sostuvo la mirada.
Desde el cuarto del fondo no llegaba ningún sonido. Lucio, al menos, había comprendido la orden.
—He trabajado en un encargo atrasado.
—Tenéis aspecto de haber descubierto algo más importante.
—El cansancio engrandece las cosas pequeñas.
Ocampo paseó la vista por la mesa vacía y luego por el arcón.
—Eso dicen también del miedo.
Hernán no respondió.
El fraile se acercó a la ventana. Abajo, la calle bullía ya de comerciantes, aguadores y criados. Dos carros cargados con barriles se dirigían hacia el puerto. Ocampo observó el movimiento durante unos instantes.
—Un piloto ha prestado declaración ante el Santo Oficio —dijo.
Hernán esperó.
—Regresó de Tierra Firme hace dos meses. Habló de órdenes que no figuraban en su registro, de un fondeadero que debía buscar y de otro que debía fingir no haber encontrado.
—¿Qué piloto?
—Su nombre no es asunto vuestro.
—Entonces no sé cómo puedo ayudaros.
—No os he pedido ayuda.
Ocampo se volvió.
—Todavía.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
—¿Está acusado de algo ese hombre? —preguntó Hernán.
—Todo hombre está acusado de algo ante Dios.
—Me refiero ante vuestro tribunal.
—Eso dependerá de que diga la verdad.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Sois uno de los pocos hombres de Sevilla capaces de reconocer una alteración bien hecha en una carta. Quería saber si también seríais capaz de callarla.
Hernán sintió el peso de la llave del arcón dentro del bolsillo.
—Mi obligación es corregir los errores que encuentro.
—No he hablado de errores.
Ocampo se acercó a la puerta. Antes de salir, se detuvo junto a uno de los estantes y contempló una carta antigua del Caribe que Hernán había dejado secándose.
—Las mentiras ordinarias se contradicen —dijo—. Las peligrosas encajan con todo lo que las rodea.
—¿Eso os enseñan en el Santo Oficio?
—Eso me han enseñado los hombres.
Bajó el primer peldaño y añadió sin volverse:
—Guardad bien vuestros mapas, maestro Giráldez. Alguien está alterando rutas que pertenecen a la Corona. Y quien pueda demostrarlo se encontrará entre dos clases de hombres: los que quieran conocer la verdad y los que necesiten enterrarla.
—¿En cuál de las dos os encontráis vos?
Ocampo giró la cabeza.
Su expresión no cambió.
—Aún no lo sé.
Continuó bajando. Hernán permaneció inmóvil hasta escuchar el cierre de la puerta de la calle.
Lucio salió del cuarto trasero.
—¿Qué quería?
Hernán miró el arcón.
—Saber si una carta sellada puede ser modificada.
—¿Por qué os lo ha preguntado?
—Porque no somos los únicos que han visto una mentira.
Sacó la llave, abrió el arcón y contempló el tubo que contenía la carta de Tierra Firme.
La investigación ya no era una elección.
Alguien había alterado el mapa.
Un piloto había recibido órdenes secretas.
Y fray Leodán de Ocampo había llegado a su puerta antes de que Hernán pronunciara una sola acusación.
—Come algo —dijo.
—¿Y vos?
Hernán tomó el tubo y lo llevó de nuevo a la mesa.
—Yo voy a averiguar cómo levantaron el sello.