El mapa del guarda Capítulo 1 El compás y la mentira
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Capítulo 1 El compás y la mentira

H ernán Giráldez llevaba tanto tiempo mirando la carta que las líneas de la costa habían empezado a moverse.

No era el pergamino, sino sus ojos.

Cerró los párpados, se apretó el puente de la nariz con dos dedos y esperó a que desapareciera el temblor de luz que le cruzaba la vista. Llevaba toda la noche despierto, inclinado sobre la mesa del taller, midiendo una distancia que ya conocía de memoria.

Cuando volvió a mirar, la mentira seguía allí.

El compás descansaba abierto sobre la vitela.

Una de sus puntas marcaba Nombre de Dios; la otra, la situación asignada a Santa María del Mar en la carta recién llegada de la Casa de la Contratación.

Junto a ella había extendido un portulano de 1565 trazado por su propia mano y dos derroteros más antiguos, ennegrecidos por la humedad y el uso.

En los tres documentos antiguos, la cala aparecía en el mismo lugar.

En la carta nueva estaba una legua más al sur.

Hernán levantó el compás y comprobó la abertura contra la escala dibujada en el margen. No necesitaba hacerlo. Ya había repetido la operación doce veces, pero la costumbre de su oficio era más fuerte que el cansancio.

Cincuenta y una leguas en los documentos antiguos.

Cincuenta y dos en la carta nueva.

Una diferencia demasiado pequeña para llamar la atención de un escribano y demasiado exacta para ser un accidente.

Dejó el instrumento sobre la mesa.

La luz del amanecer entraba por los postigos y comenzaba a borrar el resplandor del candil.

Desde la calle de la Mar llegaban los primeros ruidos de la jornada: ruedas de carros sobre el empedrado, pregones de vendedores, golpes de madera en los tinglados del puerto.

El Guadalquivir aún no se veía desde el taller, pero su presencia se adivinaba en el olor a limo, sal y brea que se filtraba por todas las rendijas.

Hernán se levantó y fue hasta la ventana.

Triana despertaba al otro lado del río bajo una neblina azulada.

En los muelles, las siluetas de los cargadores se movían entre barriles, fardos y cajas destinadas a las Indias.

Había barcos que aguardaban una marea favorable, otros que acababan de llegar y algunos que nunca volverían a ver Sevilla.

Todos dependían de líneas como las que tenía sobre la mesa.

Un cabo dibujado donde no estaba podía hacer perder una jornada.

Una sonda falsa podía abrir el vientre de una nao.

Una cala desplazada una legua podía conducir a un piloto hacia un banco de lodo o hacerle pasar de largo frente al único lugar donde encontrar agua.

Hernán regresó a la carta.

La alteración no deformaba el resto de la costa. Los ríos conservaban su curso, los arrecifes coincidían con los derroteros y las sondas parecían correctas. Alguien había modificado un único punto con la precisión de quien sabía exactamente cuánto necesitaba cambiar.

Eso era lo que más le inquietaba.

Los errores se propagaban. Un escribano confundía una cifra, un copista interpretaba mal una abreviatura y el siguiente reproducía la equivocación hasta convertirla en verdad. Pero aquella diferencia estaba aislada. No arrastraba ninguna deformación alrededor.

No parecía un error, sino una orden.

Oyó pasos en la escalera.

Dos peldaños cada vez, la suela izquierda golpeando con más fuerza que la derecha.

Lucio Ferrol entró sin llamar. Traía una hogaza envuelta en un paño bajo el brazo y dos manchas nuevas de tinta en la camisa. Tenía diecisiete años, el cabello negro siempre revuelto y una delgadez que hacía parecer demasiado grandes sus manos y sus ojos.

Se detuvo al ver las cartas extendidas.

—No os habéis acostado.

Hernán señaló la luz que entraba por la ventana.

—Ya es tarde para hacerlo.

Lucio dejó el pan sobre un arcón y se aproximó a la mesa. No tocó nada. Durante el año que llevaba como aprendiz había aprendido que un cartógrafo podía perdonar un tintero volcado, una jarra rota o incluso una herramienta perdida, pero no unos dedos descuidados sobre una carta.

El muchacho observó el compás, la escala y los dos emplazamientos de Santa María del Mar.

—Lo habéis comprobado.

—Varias veces.

—¿Y?

Hernán cerró el compás.

—Tú tenías razón.

Lucio levantó la vista.

La víspera, mientras limpiaba los instrumentos, había señalado que la distancia entre Nombre de Dios y Santa María del Mar parecía mayor en la carta nueva.

Lo había dicho con la inseguridad de quien espera una reprimenda.

Hernán apenas lo había escuchado al principio.

Después, cuando el muchacho se marchó, abrió los portulanos antiguos.

Y ya no había podido cerrar los ojos.

—Pensé que había leído mal la escala —dijo Lucio.

—La has leído mejor que los hombres que aprobaron la carta.

El orgullo iluminó fugazmente el rostro del aprendiz, pero desapareció al comprender el sentido de las palabras.

—¿Está aprobada?

Hernán giró la vitela para mostrarle el sello.

—Pasó por la Casa hace cuatro días. La rúbrica es auténtica y el documento figura como revisado.

—Entonces no puede estar mal.

—Los sellos no corrigen las mentiras. Solo hacen que parezcan legales.

Lucio miró hacia la puerta, como si temiera que alguien pudiera haberlo oído desde la calle.

—¿Quién más la ha visto?

—El escribano que la registró, el oficial que la entregó y todos los que intervinieron antes de que llegara aquí.

—¿Y los pilotos?

—Todavía no. Las copias debían empezar a prepararse esta semana.

Lucio se inclinó para observar la costa. Su sombra oscureció el nombre de Santa María del Mar.

—Si la reciben así, navegarán con ella.

—Sí.

—Hay que avisar al piloto mayor.

Hernán recogió el portulano más antiguo y lo enrolló con lentitud.

—¿Y qué le decimos? ¿Que un aprendiz ha visto una diferencia y que su maestro ha pasado la noche midiéndola?

—Le enseñamos las cartas.

—La nueva pertenece a la Casa. Si la retiramos sin autorización, habremos sustraído un documento oficial. Si la acusamos de falsa sin demostrar cómo fue alterada, quienes la aprobaron negarán el error para protegerse.

—Pero la distancia está ahí.

—La distancia demuestra que las cartas no coinciden. No demuestra quién ha mentido ni cuándo lo hizo.

Lucio frunció el ceño.

—¿No basta para impedir que se copie?

—Debería bastar.

—Entonces…

—Debería —repitió Hernán—. No significa que baste.

El muchacho se apartó de la mesa. Había crecido cerca del puerto y conocía la diferencia entre la justicia que se predicaba en los púlpitos y la que se compraba en los despachos. Aun así, conservaba la costumbre juvenil de indignarse cuando ambas no coincidían.

—Si alguien movió la cala —dijo—, querrá que los barcos no la encuentren.

—O que crean haberla encontrado en otro lugar.

—¿Para hacerlos encallar?

—Una legua no garantiza un naufragio. Un piloto prudente reconocerá que la costa no coincide y buscará otra referencia.

—¿Entonces para qué sirve?

Hernán contempló las líneas de la vitela.

—Eso es lo que debemos averiguar.

Lucio volvió a acercarse.

—¿Debemos?

—Tú viste la diferencia.

—Eso no significa que…

—Significa que ya sabes que existe.

El muchacho tragó saliva.

Hernán sintió una punzada de culpa. Lucio era inteligente, quizá demasiado para la vida que le había tocado.

Su madre había nacido esclava y su padre, según contaba él mismo, había sido un marinero castellano que desapareció antes de que pudiera recordarlo.

En la Casa nunca le permitirían ocupar un puesto de responsabilidad, por mucho que aprendiera.

Hernán lo había aceptado como ayudante porque reconoció en él la mirada de quien no se conforma con copiar una línea sin preguntarse adónde conduce.

Ahora esa misma curiosidad podía ponerlo en peligro.

—No hablarás de esto con nadie —dijo.

—No pensaba hacerlo.

—Ni con los otros aprendices, ni con los cargadores del muelle, ni con la muchacha de la tahona.

Lucio se sonrojó.

—Inés no sabe nada de mapas.

—Por eso mismo. Quien no entiende una historia suele contarla peor y más deprisa.

El muchacho bajó la cabeza, pero Hernán percibió una sonrisa contenida.

—No diré nada.

—Y no volverás a tocar esta carta sin que yo esté presente.

La sonrisa desapareció.

—¿No confiáis en mí?

—Confío lo suficiente para intentar que sigas vivo.

Lucio miró de nuevo el sello.

—¿Creéis que alguien mataría por una legua?

Hernán pensó en los cargamentos de plata, en los registros de la flota, en los mercaderes que pagaban fortunas por conocer antes que sus rivales la llegada de un barco. Había visto hombres sacar una daga por una moneda y funcionarios vender su juramento por una bolsa.

—Los hombres no matan por la distancia —dijo—. Matan por lo que hay al final de ella.

Un golpe resonó en la puerta de la calle.

Lucio se volvió.

No era la llamada impaciente de un proveedor ni el puño de un vecino. Fueron tres golpes espaciados, medidos, como si quien aguardaba al otro lado estuviera seguro de que terminarían abriéndole.

Hernán enrolló la carta nueva y la guardó en el arcón. Colocó encima los portulanos, cerró la tapa y echó la llave.

—Ve al cuarto de atrás.

—Puedo quedarme.

—Lucio.

El muchacho obedeció. Recogió la hogaza y desapareció tras la cortina que separaba la estancia donde preparaban las tintas. Hernán esperó a oír cerrarse la puerta interior antes de bajar.

El visitante llamó de nuevo.

Hernán descorrió el cerrojo.

El olor a incienso llegó antes que la voz.

Un fraile dominico aguardaba en el umbral. Era alto y muy delgado, con la piel pálida bajo la tonsura y unos ojos grises que parecían no detenerse en las cosas, sino en el espacio que dejaban entre ellas. El hábito blanco estaba limpio, aunque el borde rozaba el polvo de la calle.

Hernán lo conocía de vista.

Fray Leodán de Ocampo había interrogado a mercaderes acusados de comerciar con extranjeros, a impresores que vendían libros prohibidos y a pilotos que regresaban de las Indias con relatos demasiado próximos a la blasfemia.

No era uno de los grandes inquisidores de Sevilla, pero tenía fama de recordar cada contradicción y de no levantar la voz hasta que ya no hacía falta.

—Maestro Giráldez —dijo.

—Fray Leodán.