El mapa del guarda
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Prólogo
E l olor a brea y pescado podrido entraba por la ventana entornada y se mezclaba con la tinta, la cera derretida y el sudor del hombre inclinado sobre la mesa.
Juan de la Cruz llevaba trabajando desde el mediodía.
Afuera, las últimas luces se extinguían sobre los tejados del Arenal.
El griterío de los cargadores llegaba desde el puerto amortiguado por la distancia, junto con el martilleo de los carpinteros de ribera y las voces de los marineros que se disputaban vino, dados y mujeres en las tabernas próximas al río.
Sevilla no descansaba nunca. Cambiaba de ruido cuando caía la noche, pero no descansaba.
Juan acercó el candil al borde de la mesa.
La carta de marear ocupaba casi toda la superficie.
Sobre la vitela recién tensada se extendía la costa de Tierra Firme, desde Nombre de Dios hasta el golfo de Darién: cabos, ensenadas, desembocaduras, bancos de arena y fondeaderos dibujados con líneas de tinta negra y pequeñas manchas de color.
Había trabajado con limpieza. Los trazos eran firmes; la letra, proporcionada; las rosas de los vientos, precisas.
Un trabajo digno de los talleres de la Casa de la Contratación.
Mejor, incluso, que muchos de los que salían de allí.
Juan dejó la pluma y se frotó los ojos. Tenía los dedos manchados de tinta de agallas y una punzada le recorría la espalda cada vez que se incorporaba. Había cumplido cincuenta y tres años, aunque las noches inclinadas sobre pergaminos le habían añadido diez más al rostro.
Volvió a estudiar la costa.
Conocía aquellas líneas sin haber navegado jamás por ellas.
Durante veinte años había copiado cartas para pilotos, mercaderes y capitanes de la Carrera de Indias.
Había escuchado sus relatos, corregido sus cálculos y trasladado sus derrotas al pergamino.
Sabía dónde cambiaba el color del agua, dónde las corrientes empujaban hacia los bajíos y dónde comenzaba la costa baja de manglares.
Por eso había advertido la alteración.
No estaba en la forma de los cabos ni en el curso de los ríos. Tampoco en las sondas, que coincidían con las de las cartas antiguas. La diferencia se encontraba en una cala menor, tan insignificante que cualquier copista apresurado la habría pasado por alto.
Santa María del Mar.
En el modelo entregado por el desconocido, la cala aparecía desplazada hacia el sur.
Juan tomó el compás y apoyó una punta sobre la situación que recordaba de las cartas anteriores. Colocó la otra sobre el nuevo emplazamiento.
Una legua.
Ni más ni menos.
Retiró el instrumento y observó los dos puntos imaginarios. Una legua apenas significaba nada en medio del océano. En una costa baja, donde los árboles ocultaban las desembocaduras y los bancos de fango cambiaban con las lluvias, podía ser la diferencia entre encontrar un puerto o navegar de largo.
También podía conducir una nao hacia un paraje donde alguien estuviera esperándola.
La idea le produjo un escalofrío.
Se sirvió vino de una jarra y bebió sin apartar los ojos del mapa. El líquido era agrio y tibio, pero le despejó la garganta.
Tres días antes, un hombre había llamado a su puerta poco después del ángelus. Vestía de negro, hablaba como quien está acostumbrado a ser obedecido y llevaba la mitad superior del rostro cubierta por una máscara de terciopelo. No le había dado nombre ni había preguntado el suyo.
Había extendido sobre la mesa una carta antigua y colocado junto a ella una bolsa con quince ducados.
—Quiero una copia exacta —le dijo.
Juan había examinado el documento. El pergamino mostraba manchas de humedad y dobleces producidos por muchos años de uso. En el margen inferior conservaba restos de un sello oficial y varias anotaciones de diferentes manos.
—Esto procede de la Casa —dijo.
—Procede de donde tiene que proceder.
—No acostumbro a copiar documentos del Consejo sin autorización.
El desconocido dejó una segunda bolsa sobre la mesa.
—Ahora sí acostumbra.
Treinta ducados.
Más de lo que Juan ganaba en medio año.
Había una condición. La copia debía reproducir todo el contenido del original salvo algunas correcciones señaladas en una hoja aparte. Eran cambios menores: dos sondas, el nombre de un arroyo, un arrecife nuevo y el desplazamiento de Santa María del Mar.
—Los pilotos han actualizado la costa —explicó el hombre—. Su trabajo consiste en copiar, no en interpretar.
Juan había aceptado.
Desde entonces repetía para sí que no estaba haciendo nada extraordinario.
Los mercaderes encargaban copias privadas continuamente.
Los pilotos vendían derroteros, los capitanes ocultaban fondeaderos y los funcionarios cobraban por permitir que ciertos documentos atravesaran determinadas puertas.
En Sevilla, la información se compraba igual que el trigo, el vino o la carne.
Pero aquella legua no era una corrección.
Era una mentira.
Y alguien había pagado treinta ducados para que pareciera verdadera.
El campanario de una iglesia dio las nueve. Juan volvió al trabajo. Completó las letras de los últimos topónimos, repasó la rosa de los vientos y añadió las líneas de rumbo con una regla de boj. Después dejó secar la tinta y comparó la copia con el modelo.
Todo coincidía, salvo Santa María del Mar.
Cuando estuvo seguro de que no había cometido errores, tomó una punta de metal muy fina. Bajo la luz inclinada del candil, trazó tres rayas diminutas en la esquina inferior derecha de la vitela. Dos paralelas y una oblicua que las cruzaba.
Era la marca que dejaba en todos sus trabajos.
No se veía al mirar el mapa de frente y no estaba hecha con tinta. Solo aparecía cuando la luz incidía de lado sobre el pergamino. Los mercaderes la consideraban una manía de artesano. Para Juan era una forma de reconocer su obra y defenderse de quienes se negaban a pagarla.
Se quedó observando las tres rayas.
Por primera vez pensó que quizá también fueran una confesión.
Oyó pasos en la calle.
No eran los de un borracho ni los de un vecino que regresaba a casa. Avanzaban sin vacilación y se detuvieron ante su puerta.
Tres golpes secos.
Juan cubrió la carta con un paño.
—¿Quién es?
—Abra.
Reconoció la voz.
Antes de descorrer el cerrojo miró hacia el patio. La tapia era demasiado alta y la puerta trasera llevaba años atascada. No tenía otro lugar por donde salir.
Abrió.
El hombre de la máscara esperaba bajo el dintel. A su espalda había dos individuos de hombros anchos, vestidos con jubones oscuros. Ninguno llevaba distintivo, aunque las empuñaduras de sus dagas sobresalían de los cintos.
—¿Está terminada? —preguntó el enmascarado.
—Sí.
Juan se apartó.
El desconocido entró y se dirigió directamente a la mesa. Retiró el paño, acercó el candil y examinó la carta en silencio. Sus dedos enguantados recorrieron la costa hasta detenerse en Santa María del Mar.
—Una legua al sur —dijo.
—Como ordenó vuestra merced.
El hombre levantó la mirada.
—No he dicho que sea merced de nadie.
Juan bajó los ojos.
—Disculpad.
El enmascarado comprobó los nombres, las sondas y las líneas de rumbo. Después enrolló la carta con cuidado y la introdujo en el tubo de cuero que había traído.
Solo entonces Juan advirtió el anillo.
El guante de la mano izquierda se había desplazado al cerrar el tubo, dejando al descubierto el meñique. En él brillaba una sortija de oro con un sello ovalado. Juan no pudo distinguir el emblema, pero sí tres pequeñas figuras grabadas alrededor de una torre.
El desconocido volvió a cubrirlo con el guante.
—El original.
Juan abrió el armario y sacó la carta antigua.
—Aquí está.
El enmascarado la tomó, la desenrolló y comprobó por última vez la posición de Santa María del Mar. Luego acercó una esquina a la llama del candil.
Juan dio un paso adelante.
—¿Qué hacéis?
El fuego prendió en el pergamino.
Las llamas avanzaron por el borde con un resplandor azulado, devorando las líneas de la costa y encogiendo la superficie hasta convertirla en una piel negra y retorcida. El olor a vitela quemada invadió el taller.
—El acuerdo era hacer una copia.
—Y la ha hecho.
—No dijisteis que fuerais a destruir el original.
El hombre sostuvo la carta hasta que el calor estuvo a punto de alcanzar el guante. Entonces la dejó caer dentro del brasero.
—No necesitaba saberlo.
Juan contempló cómo desaparecían los sellos, las anotaciones y la posición verdadera de la cala.
—Podría haber otras copias —dijo.
El silencio que siguió fue tan completo que incluso el ruido del puerto pareció apagarse.
Uno de los hombres situados junto a la puerta apoyó la mano sobre la daga.
El enmascarado se acercó a Juan.
Tenía los ojos oscuros y pequeños. No había ira en ellos, solo una atención fría, como si estuviera calculando la utilidad de mantenerlo vivo.
—Podría haberlas —respondió—. Y le conviene rezar para que nadie recuerde quién hizo esta.
Dejó la segunda bolsa de monedas sobre la mesa.
—Quince ducados. Con esto queda pagado.
Juan no la tocó.
—No sé vuestro nombre.
—Eso también le conviene.
El desconocido tomó el tubo que contenía la carta falsificada y se dirigió a la salida. Sus acompañantes fueron detrás. Antes de cruzar el umbral se detuvo.
—No vuelva a dibujar esa costa.
—¿Por qué?
El enmascarado giró apenas la cabeza.
—Porque la próxima vez que alguien encuentre una legua donde no debe, no recibirá treinta ducados.
Salieron.
Juan permaneció junto a la mesa hasta que los pasos desaparecieron calle abajo. Después cerró la puerta, echó el cerrojo y apoyó la espalda contra la madera.
El taller olía a humo.
Se acercó al brasero. Del mapa original solo quedaban cenizas y pequeños fragmentos negros que se deshacían al tocarlos.
Entre ellos encontró una gota de lacre endurecido, con una parte del sello aún visible.
La recogió con unas pinzas, la envolvió en un trozo de tela y la guardó en el fondo de un cajón.
No sabía por qué lo hacía.
Quizá porque los hombres pobres no podían permitirse hacer preguntas.
Pero sí podían conservar respuestas.
Tomó la bolsa de ducados. El sonido de las monedas le produjo más miedo que alivio. Las contó una vez y después otra, como si esperara que alguna llevara escrito el nombre del hombre de la máscara.
Había quince.
Treinta en total.
El precio de una legua.
Apagó el candil y se tumbó vestido sobre el jergón. No consiguió cerrar los ojos. Cada vez que lo intentaba veía la carta ardiendo, el anillo en el meñique izquierdo y las tres rayas que había trazado con punta seca sobre la copia.
El desconocido podía destruir el original.
Podía alterar los sellos y comprar a los hombres encargados de custodiar las cartas.
Pero se llevaba consigo la marca de Juan de la Cruz.
Y mientras aquella marca existiera, la mentira no sería perfecta.