El mapa de los inviernos ajenos Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Clara Navarro miró a su hermano con una fijeza violenta, cargada de un resentimiento ciego que delataba el fracaso de sus planes para cubrir las deudas de la fundición artística del puerto.

Tomó su cazadora de cuero de la silla del comedor, propinando un golpe al portafolios que arrojó varias fichas técnicas al suelo antes de abandonar el despacho con un paso rotundo que resonó en los pasillos de mármol del edificio.

—Esto no ha terminado, Gabriel —advirtió el promotor inmobiliario, recogiendo sus planos de la mesa con un movimiento lento y eficiente—.

El secretario general de la alcaldía presentará un recurso de urgencia ante el tribunal de la zona alta antes de que concluya el horario de la tarde.

Su perito de seguros tendrá que explicar a los inspectores de Madrid por qué conserva en su poder unos negativos incautados judicialmente que no figuran en los balances consolidados de la sucursal local.

El secretario del Ayuntamiento abandonó la estancia siguiendo los pasos del constructor, dejando a Elena y a Gabriel a solas frente al mostrador del notario bajo la claridad pálida de las nueve de la mañana.

Don Javier Junquera recogió los documentos de protocolo con su habitual ritmo rítmico, firme y eficiente, indicándoles con un ademán pausado que la tregua legal de setenta y dos horas acababa de entrar en vigor en los registros de la propiedad de la finca.

Al bajar las escaleras de mármol de la notaría, Gabriel tomó a Elena por la muñeca enguantada con un contacto cálido y limpio que disolvió instantáneamente la rigidez contable del careo que acababan de sostener en la primera planta.

Redujo la separación física entre ambos hasta que sus cuerpos quedaron unidos junto a la puerta giratoria del edificio público, permitiendo que la perito percibiera el calor sutil de su pecho bajo la camisa ligera de lino y ese aroma fresco a sándalo que ya formaba parte de las constantes materiales de su nueva geografía privada.

Había una sensualidad cruda, asfixiante y hermosa en ese reencuentro tras el choque con Clara, una atracción erótica y psicológica que se alimentaba del peligro compartido y de la perturbación que la revelación del papel de Martina seguía proyectando sobre sus trayectorias.

—Hemos bloqueado la firma del contrato de mi hermana, Elena —murmuró Gabriel en un susurro cercano, fijando sus pupilas oscuras en la mirada de ella con una intensidad clínica que le aceleró el pulso de una forma dulce y constante—.

Pero la adenda de mil novecientos setenta y cinco demuestra que tu jefa en la sucursal de la plaza del Mercado posee la última clave para resolver la asimetría de los diarios técnicos.

Si Martina firmó la póliza original sabiendo que Valeria Vance permanecía oculta frente al ventanal de la recepción, es porque la violeta de mármol gris que conservas en tu mesa de trabajo es la pieza que Mateo Navarro diseñó para liberar el doble fondo de la caja de herramientas de pino.

Necesitamos regresar a la oficina antes de que los inspectores de zona completen la auditoría de las de las cuatro de la tarde.

Elena le sostuvo la fijeza de la mirada, descubriendo en la nitidez de sus ojos una resolución definitiva que la arrastraba fuera de sus límites administrativos, obligándola a aceptar que el informe de daños de los Navarro contenía cláusulas particulares que amenasaban con destruir la estabilidad de toda su trayectoria civil en la ciudad costera.

—Martina no admitirá una inspección informal de sus archivos privados, Gabriel —respondió ella con una voz suave, retirándose las gafas de lectura para guardarlas en el bolsillo interior de su parca de lino azul—.

Ella conoce el manual de procedimientos de Aseguranzas Atlas mejor que ningún liquidador central de Madrid y sabe que si yo tengo en mi poder los negativos de la trastienda de San Juan, estoy incurriendo en una responsabilidad civil subsidiaria que invalida mi condición de perito de campo.

Sin embargo, la regularidad de las cifras líquidas me dice que si la violeta de mármol gris es la llave del cuarto tomo, el forjado de nuestra primavera compartida exige que entremos en su despacho antes de que el secretario de la alcaldía presente el recurso de urgencia ante el juez de instrucción de la zona alta.

Manuel los esperaba al volante del furgón del astillero, con el candil de latón apagado sobre el tablero de mandos y el motor diésel manteniendo su compás rítmico y pesado sobre el granito de la plaza alta.

Su rostro rústico mostraba esa expresión de profunda y serena aprobación técnica típica de los hombres que conocen la verdadera resistencia de los materiales nobles cuando las corrientes de la marea del equinoccio comienzan a limpiar las orillas del puerto viejo.

—Las cinchas de sujeción siguen firmes en la caja trasera, Gabriel —anunció el carpintero de ribera, abriendo la portezuela para facilitar el acceso de la perito—.

Los agentes de la policía local están concentrados en el precinto judicial de la librería de San Juan, lo que nos deja el pasillo largo de la plaza del Mercado libre de inspecciones ordinarias hasta la hora del almuerzo.

Si la señorita Varela valida el acta de control complementaria en los mostradores de la sucursal, podemos extraer el archivo definitivo de los Navarro antes de que la central de Madrid ordene el bloqueo informático de nuestros terminales locales.

Elena aseguró el cierre metálico de su maletín de cuero marrón, acomodándose en el asiento del copiloto con la certeza absoluta de que el plano de alzado de su existencia civil acababa de ingresar en una fase de intervención directa que desafiaba todas las directrices burocráticas de su antigua rutina de oficina.

Gabriel engranó la marcha del furgón y descendieron por las pendientes empedradas de la zona alta bajo la brisa suave del atlántico, que comenzaba a trazar sus primeras líneas de luz limpia sobre las piedras restauradas de la zona vieja de la ciudad costera, consolidando la geometría de una trayectoria resistente, dulce y hermosa frente a las corrientes asimétricas del horizonte marino.

Sin embargo, al consultar el espejo retrovisor lateral para comprobar que los camiones de desguace de Clara no los seguían desde la franja portuaria, Elena descubrió que el vehículo de Martina, el utilitario oscuro que la directora utilizaba para sus desplazamientos de zona, se encontraba estacionado justo detrás del portalón neoclásico de la notaría.

En el interior del coche, la silueta de su jefa permanecía inmóvil tras los cristales ahumados, sosteniendo un chasis de madera antigua de medio formato con el mismo ademán de pulcritud formal con el que Elena despachaba las pólizas ordinarias en los mostradores de la agencia.

En la repisa del cuadro de mandos del coche, expuesta a la claridad fría de las diez de la mañana, resplandecía una segunda violeta de mármol gris idéntica a la suya, cuyas vetas oscuras delataban que la viga maestra de Aseguranzas Atlas acababa de activar la letra pequeña de un contrato de resistencia que amenazaba con atraparlos en su propia red de dobles fondos antes de que concluyera el primer ciclo estacional de la costa cantábrica.