Capítulo 1 #3
—Las condiciones generales de la póliza especifican que las medidas de conservación de urgencia adoptadas por la sucursal local tienen prioridad legal sobre los contratos de transmisión de propiedad privada, señor Navarro —explicó Elena, aplicando el sello azul de la agencia al pie de las tres copias del acta de inventario—.
La compañía asume la responsabilidad civil subsidiaria por los retrasos administrativos que el proceso de liofilización pueda causar a los herederos legítimos.
Necesito que estampe su firma aquí, conforme autoriza la retirada del contenido especial bajo mi custodia directa.
Gabriel se acercó a la mesa de caoba con un paso corto, lento, que redujo de nuevo la distancia física entre ambos hasta que Elena pudo percibir el aroma seco a sándalo de su piel y el calor sutil de su cuerpo que parecía contrastar con el frío denso que subía del pasillo largo.
Tomó el bolígrafo técnico que ella le ofrecía, rozando sus dedos descubiertos contra los guantes de nitrilo azul de la perito, un contacto sutil, cargado de una tensión psicológica que disolvió instantáneamente la rigidez contable de la entrevista.
Firmó con un trazo rápido, violento, que perforó levemente el papel de la última copia antes de devolverle el útil de escritura.
—He firmado el acta porque prefiero que los cuadernos viajen en un contenedor estanco a Madrid antes de verlos convertidos en ceniza en los contenedores del puerto por orden de los acreedores de mi hermana —murmuró Gabriel en un susurro cercano, fijando sus ojos oscuros en la mirada de Elena con una intensidad directa que a ella le hizo acelerar el pulso de una forma dulce y constante—.
Pero recuerde una cosa, Elena Varela: la letra pequeña de los contratos de su compañía no cubre los secretos que mi abuelo Mateo pasó cincuenta años intentando proteger de la curiosidad de esta ciudad costera.
Cuando esas páginas entren en las cámaras de vacío de la central, los técnicos del norte van a descubrir que el agua de la comunidad no es el único elemento que ha intentado borrar la tinta de estos diarios.
Elena guardó las copias firmadas en su maletín de cuero marrón, retiró los guantes de nitrilo con un movimiento pausado y se colocó la parca impermeable antes de tomar la caja de herramientas de pino con los cinco tomos de los diarios protegidos entre pliegues de papel secante de alta densidad.
El peso de la madera vieja era notable, un lastre material que contenía medio siglo de silencios calculados por el arquitecto Navarro en las orillas del Danubio y las dársenas del norte.
—Mantenga los ventanales entornados para facilitar la evaporación del forjado común y no intente acelerar el secado de las lamas de roble con estufas de aire caliente, Gabriel —aconsejó ella con su tono profesional más estricto, intentando restablecer los límites administrativos que la cercanía del fotógrafo había puesto en peligro—.
Volveré mañana a primera hora con el perito general de zona para tasar los daños estructurales de los techos de escayola y firmar las actas de conformidad de la comunidad de vecinos.
—La esperaré detrás de este portalón de madera lavada, Elena —respondió él desde la penumbra del pasillo largo, sin dar un solo paso para acompañarla hacia la salida del edificio.
Elena abandonó el número cuatro de la calle del Viento bajo el sirimiri constante que ya comenzaba a limpiar los adoquines de la plaza del Mercado.
Aseguró el maletín de cuero contra su parca impermeable, caminando con su paso firme y rítmico hacia las dependencias de la sucursal de Aseguranzas Atlas.
Sabía que el informe de daños del expediente Navarro apenas comenzaba a redactarse en los servidores centrales y que la auditoría de zona de Martina exigiría una pulcritud absoluta en cada una de las casillas del inventario de urgencia.
Sin embargo, al llegar a los soportales de sillar gris de la plaza alta, justo bajo el letrero parpadeante de la librería de San Juan, Elena se detuvo por un segundo para comprobar que las esquinas de la caja de herramientas de pino no hubieran sufrido rozaduras durante el trayecto por las pendientes empedradas.
Abrió levemente la cremallera lateral de su maletín de cuero para verificar el estado de las copias firmadas del acta de custodia provisional.
Fue entonces cuando sus dedos tropezaron con un relieve imprevisto en el forro interior de la caja de madera de Mateo Navarro, un compartimento oculto entre una junta de bronce reseca y el metal oxidado de un viejo compás de puntas fijas que no había registrado en el inventario inicial de bienes muebles.
Era un sobre de papel translúcido, completamente empapado por el agua sucia de la bajante comunitaria, a través de cuya fibra humedecida se distinguía una caligrafía que no pertenecía a la regularidad geométrica del arquitecto Navarro.
Era un trazo ajeno, nervioso, escrito apresuradamente con una tinta azul común que comenzaba a disolverse con la humedad del ambiente, mostrando una sola frase visible antes de que el soporte vegetal se deshiciera bajo la presión de sus dedos: “Si estás leyendo esto, es porque el agua del sur ha llegado antes que mi aviso desde Viena. No permitas que abran el cuarto tomo antes del deshielo” .
Elena cerró el maletín de cuero de golpe, mientras una racha de viento helado del norte azotaba las lonas de los puestos de flores abandonados de la plaza.
Aceleró el paso hacia la oficina local, con las mejillas frías por el granizo fino del equinoccio y con la certeza absoluta de que acababa de firmar el acta de custodia de un secreto familiar que ya no pertenecía a las directrices burocráticas de Aseguranzas Atlas ni a los balances consolidados de la central de Madrid.