Capítulo 1 #2
El bajo izquierda mantenía las proporciones estrictas de las viviendas burguesas de la postguerra civil.
Un pasillo largo, pavimentado con losetas de terrazo que retenían el frío del suelo, distribuía las estancias principales hacia los patios interiores y la fachada que daba a la calle del Viento.
Al entrar en el salón, Elena descubrió la magnitud real del siniestro.
El agua se filtraba a través del rosetón central de escayola, cayendo en hilos continuos que rebotaban contra la superficie de una gran mesa de comedor de caoba antes de desparramarse sobre el parqué de roble.
Las lamas de madera ya comenzaban a combarse por los extremos, emitiendo pequeños crujidos secos bajo la presión del forjado hinchado.
Varias sábanas blancas cubrían los sillones y las librerías laterales, empapadas por una humedad grisácea que delataba el origen comunitario de la rotura.
Elena encendió su cámara digital y comenzó a documentar los daños con una frialdad técnica que contrastaba con la inquietud silenciosa de Gabriel.
El fotógrafo caminaba a su lado sin emitir queja alguna, pero sostenía bajo el brazo izquierdo un chasis de madera antigua con una rigidez que llamó la atención de la perito.
Había una tensión psicológica innegable en su postura, el rechazo evidente de un profesional de la imagen que se ve obligado a aceptar que otra persona registre el deterioro de sus posesiones más íntimas bajo criterios meramente económicos.
—El problema principal no está en estas habitaciones, Elena —admitió Gabriel, utilizando su nombre de pila por primera vez con una entonación que acortaba las distancias administrativas de una forma incómoda para ella—.
Mi abuelo Mateo pasaba las tardes en el sótano que se encuentra bajo el ala norte del edificio.
Construyó un archivo estanco con armarios de nogal y fieltro gris para aislar sus proyectos de la salinidad del viento del norte.
El agua de la bajante rota ha buscado el punto de fuga más bajo de la estructura común y se ha acumulado en el subsuelo.
Toda la correspondencia de los años cincuenta está allí abajo, sumergida bajo una capa de lodo de las alcantarillas.
Elena ajustó el foco de su linterna de mano y señaló hacia una puerta estrecha que se abría al fondo del pasillo, oculta tras un cortinaje de terciopelo verde que olía a polvo antiguo y moho activo.
Descendieron por una escalera de madera cuyos peldaños emitieron un crujido rotundo bajo el peso de sus pasos.
El sótano era un espacio abovedado de piedra caliza, donde el frío se sentía de una forma física, un impacto helado que obligaba a mantener la respiración corta.
El agua cubría el suelo con un espesor de dos centímetros, reflejando de forma distorsionada las vigas de castaño del techo.
En el centro de la estancia, sobre una mesa de trabajo con patas de hierro forjado, reposaba una caja de herramientas de madera de pino gallego que pertenecía al inventario especial de las preexistencias de la póliza.
Cinco cuadernos de notas con cubiertas de cuero marrón cobrizo mostraban los bordes de las hojas hinchados por la capilaridad, con los lomos desencuadernados debido a la pérdida del pegamento original de base orgánica.
El agua estancada dentro de la caja alcanzaba el tercio inferior de los bloques de texto manuscritos.
Elena se acercó a la mesa, sumergiendo sus botas de campo en el líquido turbio.
Se colocó un par de guantes de nitrilo azul con un movimiento mecánico, reajustó sus gafas de lectura y levantó la cubierta del primer volumen con una lentitud milimétrica.
La tinta del interior, un trazo firme y geométrico ejecutado con carbón vegetal negro, comenzaba a clarear en los márgenes de las páginas de hilo de cáñamo.
Las anotaciones incluían esquemas de resistencia de materiales, plantas de cimentación y notas en los márgenes escritas en un idioma extranjero.
—Estos diarios forman parte del contenido de valor histórico recogido en el anexo de patrimonio familiar, Gabriel —afirmó Elena, enfocando la luz blanca de la linterna sobre la caligrafía del arquitecto—.
La degradación de los soportes vegetales es activa.
Si dejamos este material expuesto a la evaporación natural de este sótano mientras los peritos de la comunidad deciden los porcentajes de culpa de la rotura, la tinta terminará por desprenderse de las fibras en forma de polvo libre y perderán toda la información marginal.
Debemos aplicar el protocolo de custodia provisional y tramitar el envío inmediato a las cámaras de vacío seco de los laboratorios centrales de Madrid.
Gabriel se inclinó sobre la caja de pino, fijando sus ojos oscuros en las páginas dañadas con una fijeza tensa, casi violenta, que delataba un conflicto interno que iba más allá del valor económico de la reclamación.
Su mano rozó el borde del cuero húmedo, pero retiró los dedos antes de dejar huellas sobre la superficie reblandecida.
—Mi abuelo pasó dos años en el extranjero escribiendo esos cuadernos, antes de regresar a esta ciudad para abrir un despacho que solo se dedicó a proyectar fachadas de sillar gris y alineaciones de calles municipales para el Ayuntamiento —explicó Gabriel con su voz baja, cuya modulación raspada parecía arrastrar el frío del subsuelo—.
Mi hermana Clara insiste en que debemos liquidar el contenido de este piso cuanto antes para pagar las deudas del taller de fundición de los muelles; ella cree que estos diarios son solo papeles viejos de un hombre huraño que se aisló del mundo tras la muerte de nuestra madre.
Pero yo sé que mi abuelo guardaba un secreto en el fondo de esta caja de herramientas.
Nunca nos permitió abrir estos cuadernos ni tocar los negativos de medio formato que se conservan en las cajas de Jena.
Si permito que su compañía se lleve este material a Madrid dentro de un contenedor estanco, ¿quién me garantiza que los liquidadores formales no destruirán las hojas que consideren irrelevantes para el saldo contable del siniestro?
Elena sostuvo la mirada del fotógrafo, descubriendo en la intensidad de sus pupilas una desconfianza profunda que desafiaba su autoridad pericial.
Había una atracción sutil e incómoda en esa resistencia mutua, el choque entre una mujer adiestrada para reducir los desastres domésticos a cifras líquidas y un hombre obsesionado con rescatar los restos de una biografía oculta antes de que los herederos legales vendieran el inmueble al mejor postor de la plaza alta.
—Mi función técnica consiste en certificar la existencia de los daños y aplicar las coberturas generales de Aseguranzas Atlas para evitar la depreciación del bien especial, señor Navarro —respondió Elena, manteniendo una distancia profesional estricta que no logró ocultar una sutil calidez en su tono—.
Si dejo estos cinco tomos en este sótano, la humedad destruirá la tinta antes de que su hermana regrese con las cajas de cartón común del puerto viejo.
El acta de custodia provisional especifica que el material se restituye a los propietarios en su estado original una vez completado el proceso de sublimación en frío.
La central de Madrid no destruye documentos; los estabiliza para que los herederos puedan ejercer sus derechos jurídicos sin pérdidas documentales.
Subieron de nuevo al piso principal. La luz pálida de la tarde invernal entraba por los ventanales del salón de forma oblicua, proyectando la sombra de los balcones de hierro sobre las tablas deformadas del parqué.
Elena se sentó en una de las pocas sillas de comedor que permanecían secas, abrió su maletín de cuero marrón sobre la mesa de caoba y comenzó a rellenar las cláusulas del inventario de urgencia con su caligrafía limpia, exenta de adornos formales.
Detalló las medidas exactas de cada cuaderno, especificó el tipo de encuadernación en piel de vacuno con cierres de latón y registró el porcentaje estimado de afección por capilaridad en los bloques de texto de las páginas iniciales.
Gabriel permanecía de pie junto al ventanal abierto, ajeno al sirimiri que comenzaba a humedecerle los hombros de la gabardina oscura.
Miraba hacia los soportales de la plaza del Mercado, donde el viejo Donato cerraba las persianas metálicas de la librería de San Juan con esa lentitud rítmica de los hombres que conocen el valor real de los papeles guardados.
La vibración de un teléfono móvil sobre la superficie de mármol del aparador rompió el silencio de la estancia.
El nombre de Clara parpadeó tres veces en la pantalla digital antes de que Gabriel cortara la comunicación con un movimiento seco de los dedos largos.
—Mi hermana no va a comprender esta adenda pericial, Elena —afirmó Gabriel, volviéndose hacia ella con una expresión donde la fijeza limpia de su mirada delataba una resolución definitiva—.
Ella ha firmado una opción de compra sobre el bajo izquierda con un promotor de la zona alta que quiere transformar estas estancias de nogal en un local comercial para oficinas turísticas.
Si el expediente de custodia provisional bloquea la disponibilidad de la finca durante el proceso de secado estructural, las deudas de la fundición del astillero vencerán antes de que los liquidadores centrales autoricen el pago de las indemnizaciones ordinarias.