El mapa de los inviernos ajenos
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Capítulo 1
La lluvia en la ciudad nunca caía con prisa; se limitaba a instalarse sobre los tejados de pizarra, constante, monótona.
No era una tormenta de impacto inmediato, sino ese sirimiri persistente que se colaba por las rendijas de los portales antiguos y terminaba por empapar el sillar hasta dejarlo con un brillo oscuro que parecía brotar de la propia piedra.
Detrás del ventanal de la sucursal de Aseguranzas Atlas, el mundo se veía borroso y gris, reducido a siluetas imprecisas que cruzaban la plaza del Mercado protegiéndose bajo paraguas negros.
La oficina mantenía una iluminación fija gracias a unos fluorescentes empotrados que zumbaban con un ritmo apenas perceptible, un eco eléctrico que medía el transcurso de las horas laborales con la precisión fría de un metrónomo.
Elena Varela ocupaba su escritorio habitual en el rincón derecho de la recepción.
Sus dedos se movían sobre el teclado introduciendo códigos de pólizas, fechas de peritaje y estimaciones de costes de reparación con una cadencia metódica que se había convertido en su mejor defensa contra el desorden exterior.
Llevaba el pelo recogido en un moño bajo, un jersey de punto grueso color crema y unas gafas de lectura que se retiraba sistemáticamente cada vez que el terminal informático entraba en los ciclos de volcado de datos de la central de Madrid.
Para Elena, la revisión de los siniestros de hogar no constituía un simple trámite administrativo; era un análisis clínico de las debilidades materiales de la ciudad vieja.
Las inundaciones por bajantes descompuestas, los cortocircuitos en las instalaciones de cable de plomo y los techos hundidos por el abandono de los propietarios dejaban un rastro de objetos estropeados que contaban las verdaderas miserias y obsesiones de sus dueños mucho mejor que las declaraciones oficiales firmadas ante los agentes comerciales.
Al fondo del local, separada por una mampara de cristal ahumado que filtraba las luces del pasillo, Martina despachaba la correspondencia de la dirección de zona.
El aroma denso del humidificador de vainilla flotaba en el ambiente, un intento corporativo de neutralizar el olor rancio a celulosa y tinta de tóner que subía de los archivadores metálicos del sótano común.
Martina salió de su despacho con paso firme, sosteniendo su taza con dibujos de magnolias entre las manos largas y secas.
Observó el panel de control de incidencias con esa expresión de callada exigencia profesional que solía preceder a las jornadas de temporales en la costa.
—Elena —llamó la directora, apoyando una carpeta de cartón rígido sobre el canto de la mesa clara—.
El aviso de la calle del Viento acaba de entrar por la línea prioritaria de la central de liquidaciones.
El administrador de la finca del número cuatro afirma que la rotura de la bajante general ha afectado gravemente a la planta baja izquierda y al subsuelo.
Es una estructura catalogada del siglo diecinueve.
El asegurado original era Mateo Navarro.
Necesito que dejes los expedientes de los comercios pesqueros y te desplaces de inmediato antes de que el forjado absorba más carga de la permitida.
Si los suelos de roble se levantan por completo, la central nos va a exigir un informe de daños estructurales con firmas de peritos municipales, y ya conoces el retraso que eso supone para nuestros balances del trimestre.
Elena detuvo la digitación y consultó la ficha técnica que acababa de parpadear en el margen izquierdo de su monitor auxiliar.
La póliza lucía el código de color gris opaco, la etiqueta reservada para los contratos antiguos con coberturas de patrimonio familiar y capitales especiales para bienes muebles de valor histórico.
—El número cuatro de la calle del Viento es la casa del arquitecto Navarro —comentó Elena, reajustándose las gafas sobre el puente de la nariz—.
Recuerdo el anexo que firmó en los años setenta.
Incluye una cláusula de indemnización por depreciación de mercado para un fondo documental de cartografía civil y diarios técnicos.
El capital es inusualmente alto para una vivienda de esa zona.
—Mateo Navarro falleció a principios de invierno y el inmueble se encuentra en pleno proceso de liquidación de herencia entre sus dos únicos nietos —explicó Martina, dando un sorbo largo a su té negro—.
Una escultora que tiene el taller en las dársenas viejas del puerto y un fotógrafo que acaba de regresar de Lisboa tras pasar los últimos cinco años trabajando para galerías internacionales.
He recibido una nota complementaria de la librería de San Juan; parece que el viejo Donato está presionando al Ayuntamiento para que no permitan la dispersión de ese archivo durante los trámites de partición.
Ya sabes cómo funcionan estas dinámicas familiares en el barrio alto: nadie se hace cargo de sustituir las juntas de las tuberías comunes hasta que el agua sucia decide reventar el techo del despacho principal.
Ve allí, realiza la inspección de campo, saca las capturas analíticas reglamentarias y firma el acta de daños iniciales.
Si encuentras material protegido con riesgo de pérdida documental, aplica el protocolo de custodia provisional sin dilación.
No quiero llamadas de los inspectores de Madrid quejándose de que hemos permitido la degradación de un contenido especial por negligencia pericial.
Elena se levantó sin emitir ningún comentario innecesario, guiada por esa disciplina formal que regía sus jornadas en la agencia.
Guardó su libreta de notas de hojas cuadriculadas en el maletín de cuero marrón, comprobó que el medidor de humedad digital conservaba las baterías cargadas y tomó su parca impermeable del armario de la entrada.
En el bolsillo exterior llevaba tres pares de guantes de nitrilo azul, un útil imprescindible para manipular soportes vegetales expuestos a la capilaridad de las aguas fecales.
Abandonó la sucursal bajo la insistencia del sirimiri, cruzando la plaza del Mercado con su paso rítmico y eficiente.
El viento del norte soplaba de costado, arrastrando el olor a pescado fresco de las lonjas bajas y la humedad densa de las alcantarillas que comenzaban a saturarse debido a la bajante de la marea.
La calle del Viento era una vía empinada y estrecha, flanqueada por edificios de sillar gris cuyas fachadas lucían las cicatrices oscuras causadas por el salitre de la costa y el humo de las antiguas calefacciones de carbón.
El número cuatro mostraba un portalón de madera de doble hoja lavada por el mar, con los herrajes de bronce ennegrecidos por la falta de pulimento.
Al empujar la madera, un aire espeso y frío, cargado de un olor penetrante a yeso descompuesto y a celulosa húmeda, recibió a Elena.
El eco sordo de unas gotas estrellándose contra el pavimento de terrazo blanco y negro del pasillo delataba que la filtración seguía activa a pesar del cierre de las llaves de paso municipales.
En el primer descansillo de la escalera interior, un hombre joven permanecía de pie junto a una hilera de cubos de plástico industrial, intentando contener el avance del agua con un cepillo de cerdas duras.
Vestía una gabardina oscura con el cuello vuelto, unos pantalones de lona gastados y mostraba en su rostro esa fijeza cansada, un tanto huraña, típica de quien contempla cómo las dependencias de su memoria privada son invadidas por un elemento ajeno.
—¿El señor Navarro? —preguntó Elena, deteniéndose a dos pasos de distancia y mostrando su credencial oficial de Aseguranzas Atlas con un ademán que marcaba los límites de su función técnica.
El hombre dejó el cepillo apoyado contra la pared de piedra rústica, se apartó un mechón de pelo oscuro de la frente con los dedos manchados de hollín y la observó con unas pupilas pequeñas y oscuras que reflejaban la luz pálida que entraba por el tragaluz del patio interior.
Su mirada contenía una sutil mezcla de hostilidad defensiva y alivio involuntario.
—Gabriel Navarro —dijo, con una voz baja y un tanto raspada por el aire frío del portal—.
Supongo que viene de la oficina de la plaza del Mercado.
Mi hermana Clara ha tenido que bajar al puerto para buscar más cajas de embalaje en las naves de salazón; el fontanero del Ayuntamiento cerró la válvula general hace dos horas, pero el forjado del piso superior sigue expulsando todo el caudal que absorbió durante la madrugada.
El techo del despacho de mi abuelo está cediendo por los bordes y me temo que las actas periciales de su compañía van a llegar tarde para la mitad de los planos que se conservaban en los armarios de nogal.
—Soy Elena Varela, la perito de campo de la sucursal local —respondió ella, entrando en el piso con paso eficiente—.
La puntualidad de la indemnización depende de la exactitud de nuestro inventario inicial, señor Navarro.
No toque las molduras que presenten bolsas de agua activa hasta que verifiquemos que la línea de distribución eléctrica está completamente aislada.
Muéstreme las habitaciones afectadas para trazar el plano de dispersión de la filtración antes de proceder a la toma fotográfica.