El mapa de los inviernos ajenos Capítulo 2
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Capítulo 2

El regreso a la sucursal de Aseguranzas Atlas se efectuó bajo una luz de tormenta que había terminado por teñir de un color plomizo los soportales de la plaza del Mercado.

Elena Varela cruzó la puerta giratoria empujando el aire frío de la calle, sosteniendo el maletín de cuero marrón contra su parca impermeable con una rigidez que delataba el peso del hallazgo que ocultaba en el doble fondo.

El olor a vainilla del humidificador de la entrada la recibió como una constante burocrática inalterable, pero la atmósfera del local se sentía distinta, desprovista de la neutralidad administrativa de las primeras horas de la mañana.

Martina permanecía de pie junto al mueble de los archivadores metálicos, revisando un paquete de pólizas de hogar que acababa de enviar el servicio de mensajería de la central.

No despegó los ojos clínicos de los folios impresos hasta que Elena depositó la pesada caja de herramientas de pino gallego sobre la mesa auxiliar de recepción, provocando un golpe seco que hizo vibrar el cubilete de los bolígrafos técnicos.

—Has tardado más de lo previsto para una simple inspección de campo, Elena —observó la directora, retirándose las gafas de carey con un movimiento rítmico de los dedos largos—.

Los liquidadores de Madrid ya han llamado dos veces para reclamar el código de validación del siniestro de la calle del Viento.

Afirman que el administrador de la finca ha presentado una denuncia paralela ante la delegación del Ayuntamiento por el riesgo de derrumbe de los techos de escayola.

¿Has conseguido que el heredero firme el acta de custodia provisional o nos vamos a encontrar con una reclamación por retención indebida de bienes muebles?

Elena se desabrochó la parca, acomodándola en el respaldo de su silla ergonómica antes de extraer las tres copias del inventario de urgencia. Mantuvo la voz equilibrada, la modulación formal que constituía su mejor línea de defensa en los pasillos de la agencia.

—El acta está firmada sin reservas por Gabriel Navarro, Martina —respondió, deslizando los papeles sobre la superficie de madera clara—.

Los cinco tomos de los diarios manuscritos ya están protegidos entre pliegues de papel secante dentro del contenedor estanco.

Sin embargo, la dispersión de la humedad en el subsuelo es superior a las estimaciones del terminal informático.

El forjado del bajo izquierda sigue expulsando agua de la bajante común y la capilaridad está afectando a los armarios de nogal del sótano.

Martina dio un paso corto hacia la mesa, fijando su mirada sabia y un tanto irónica en la fijeza de los ojos de su empleada.

Su intuición, adiestrada en miles de declaraciones juradas, pareció detectar la sutil alteración que Elena intentaba camuflar bajo su habitual pulcritud administrativa.

La jefa extendió la mano hacia la caja de herramientas de pino, rozando la junta de bronce donde el sobre translúcido había permanecido oculto hace apenas media hora.

—Esta caja no figuraba en el desglose original de las preexistencias de los años setenta, Elena —comentó la directora, entornando los ojos—.

Es un contenedor industrial de la postguerra.

Huele a aceite de linaza y a aceites de revelado químico, no a los barnices nobles que utilizaba el arquitecto para sus proyectos del Ayuntamiento.

¿Estás segura de que has registrado todos los elementos del contenido especial en estas hojas cuadriculadas?

No quiero que los inspectores de zona encuentren una sola casilla en blanco si deciden abrir una auditoría complementaria sobre los Navarro.

Elena sostuvo la mirada de su jefa sin parpadear, sintiendo cómo el sobre humedecido que había deslizado en el bolsillo interior de su jersey de lana parecía quemarle la piel.

Sabía que si revelaba la existencia de la advertencia de Viena, la central de Madrid bloquearía el expediente por riesgo de fraude familiar, retirándole la custodia directa de los diarios.

—El inventario recoge los cinco volúmenes cronológicos que estipula la cláusula de patrimonio, Martina —afirmó con frialdad—.

Los objetos complementarios que se encontraban en el fondo de la madera son utillaje técnico sin valor de mercado: un compás de puntas fijas y restos de placas de vidrio dañadas por el lodo de la comunidad.

El saldo contable del siniestro está blindado.

Martina guardó silencio durante unos segundos que se dilataron de una forma asfixiante bajo el zumbido de los fluorescentes del techo. Dio una vuelta rítmica a su taza de magnolias y regresó hacia la mampara de cristal ahumado de su oficina con un paso eficiente.

—Valida los códigos antes de que termine el horario de la tarde, Elena Varela —aconsejó desde el umbral—.

Pero recuerda que la letra pequeña de los contratos de esta casa siempre encuentra la manera de salir a la superficie cuando el suelo se calienta.

No dejes que la curiosidad de la zona alta interfiera en los balances de esta sucursal.

A las ocho de la mañana del día siguiente, Elena regresó al número cuatro de la calle del Viento acompañada por el perito general de zona, un hombre obeso y expeditivo que despachaba las tasaciones de estructuras con la prisa de quien tiene tres siniestros más esperando en la franja portuaria.

La lluvia había cesado, dejando paso a un viento helado del norte que limpiaba los adoquines de la pendiente empedrada pero mantenía la humedad retenida en el interior de los portales antiguos.

Al cruzar el portalón de madera lavada, un grito agudo, cargado de una violencia contenida que resonaba en las losetas de terrazo del pasillo largo, interrumpió el ritmo de sus pasos.

—¡No me hables de la memoria de tu abuelo, Gabriel!

—exclamaba una voz de mujer desde el salón principal del bajo izquierda—.

Esas cajas de Jena no van a pagar las facturas de la fundición de bronce del astillero.

El promotor de la plaza alta me ha ofrecido tres millones de pesetas por la rescisión del derecho de herencia de este piso y necesito que retires tus chasis de madera antes del viernes.

Si la compañía de seguros bloquea la disponibilidad jurídica de la finca por culpa de tus diarios liofilizados, voy a presentar una demanda por daños y perjuicios contra tu laboratorio de Lisboa.

Elena entró en la vivienda seguida por el perito general.

En el centro del salón, rodeada por los cubos de plástico que seguían recogiendo las gotas de las molduras desprendidas, una mujer de unos treinta años, con el pelo cortado al rape y los pantalones vaqueros manchados de arcilla roja, se enfrentaba a Gabriel Navarro con los puños hundidos en los bolsillos de una cazadora de cuero gastada.

Era Clara, la hermana escultora. Su fisonomía compartía los rasgos huraños del fotógrafo, pero mostraba una agresividad cruda, desprovista de las defensas técnicas que utilizaba su hermano.

Gabriel permanecía apoyado contra el aparador de caoba, con las mangas de la camisa de lino vueltas hacia los codos y una fijeza limpia en sus ojos oscuros que denotaba una resistencia numantina, casi enfermiza, frente a las exigencias de su familia.

Sostenía entre los dedos largos una pinza metálica de secado fotográfico, utilizándola como un hito físico para delimitar su territorio en medio de la mudanza.

—Las cláusulas de la póliza especifican que el archivo no se puede dispersar hasta que la perito de campo complete la verificación visual de los soportes, Clara —respondió Gabriel con su voz baja, cuya modulación raspada parecía arrastrar el frío del sótano—.

El promotor de la plaza alta tendrá que esperar a que los laboratorios de Madrid devuelvan los tomos secos.

No voy a permitir que destruyan el despacho de nogal para montar una oficina de turismo mientras los negativos de Viena sigan sin catalogar en las cajas del subsuelo.

Clara Navarro se volvió hacia Elena al notar su presencia en el umbral, clavando en ella una mirada cargada de una hostilidad directa que rompió cualquier conato de cortesía formal.

—Aquí está la funcionaria de las cifras líquidas —escupió la escultora, dando un paso hacia Elena que redujo la distancia física entre ambas de una forma amenazante—.

Supongo que viene a firmar otra adenda pericial para que mi hermano siga jugando al rescatador de fantasmas familiares mientras mis hornos del puerto viejo se quedan sin suministro de gas.

Esta casa está muerta desde que se enterró al abuelo Mateo, señorita Varela.

El agua de la bajante solo ha hecho visible la podredumbre que llevaba cincuenta años acumulándose bajo las lamas de este parqué de roble.

—Mi función consiste en evaluar los daños estructurales del forjado común para autorizar las indemnizaciones de la comunidad, señora Navarro —declaró Elena con su tono profesional más estricto, blindándose detrás de su portafolios de cuero marrón—.

El perito general de zona va a proceder a la medición de las viguetas portantes del ala norte.

Les ruego que mantengan despejadas las zonas de paso para evitar accidentes mecánicos durante la toma de datos.

El perito general avanzó hacia el pasillo con sus herramientas de nivelación, ajeno a la tensión psicológica que asfixiaba el aire del salón, dejando a Elena a solas con los dos hermanos.

Clara soltó un bufido de desprecio, tomó su bolso de lona de la mesa de caoba y caminó hacia el portalón exterior con un paso rotundo que hizo vibrar los cristales de las ventanas.

—Si el viernes no tengo el acta de conformidad para el promotor, Gabriel, vendré con los operarios del desguace del puerto y sacaré los armarios de nogal a la acera por las bravas —advirtió antes de golpear la puerta de doble hoja, dejando tras de sí un olor denso a aguarrás y a tabaco rubio.