El mapa bajo la marea (El Atlas Inacabado 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Antes de salir, respondió los mensajes prácticos.

Anaïs necesitaba saber si habría una superficie limpia donde extender las hojas.

Leonie pidió el nombre de la persona responsable de registrar copias.

Mara contestó sin adornos y añadió una advertencia sobre el viento del puerto.

Las tres líneas parecían poca cosa, pero componían una forma de bienvenida que ella no había sabido ofrecer la noche anterior.

Luka regresó con una llave municipal y dos carpetas vacías. Había comprobado la sala junto con Ivana: una puerta, una ventana visible desde la calle, ninguna cámara privada y espacio para que un agente estuviera presente si aparecía un hallazgo relevante. Dejó las carpetas en la mesa.

—Una para material de trabajo y otra para copias que Ivana decida incorporar —explicó—. No he puesto etiquetas porque no sé qué categorías usan ustedes.

—Anaïs va a etiquetarlas de todos modos.

—Lo esperaba.

Mara le entregó el resumen autorizado. Luka no lo abrió.

—¿No quieres leerlo?

—Si Ivana necesita que conozca una parte antes de una operación, me la dará. Hoy es para ellas.

La respuesta le recordó que la confianza también consistía en no reclamar acceso.

Mara había confundido durante años la intimidad con la obligación de saberlo todo.

Eleanor hacía preguntas hasta alcanzar el centro de una mentira; Luka, en cambio, podía quedarse al borde de un límite sin fingir que no sentía curiosidad.

Caminaron hacia el puerto. Las persianas se levantaban una por una.

Un panadero dejó una bandeja frente al café y Marija atravesó la plaza con una radio en una mano y tres listas en la otra.

El muelle no se preparaba para una reunión dramática, sino para otro día de carga, pasajeros y horarios.

Aquella normalidad protegía mejor a Velin que cualquier relato sobre una isla secreta.

—Cuando lleguen —dijo Luka—, no voy a pedirles que me crean sobre Eleanor.

—Bien.

—Pero responderé si preguntan.

Mara bajó la vista hacia los adoquines mojados.

—Leonie preguntará de una manera que parecerá una acusación.

—Puedo distinguir una pregunta de un veredicto.

—Yo no pude aquella noche.

Luka tardó unos pasos en contestar.

—Yo convertí mi miedo en un veredicto. Tampoco ayudó.

Se detuvieron donde la calle descendía hacia el agua. El catamarán todavía no era visible. Mara podía oír el motor de una lancha local y las cadenas de una grúa pequeña.

—No les cuentes nuestra historia para defenderme —dijo ella.

—No lo haré.

—Ni para castigarme.

—Eso tampoco.

La facilidad de la promesa no eliminó el daño anterior. Le dio una forma que podía comprobarse durante el día.

Ivana apareció desde el edificio municipal y les entregó el protocolo de acceso a la sala. Había añadido una página para anotar qué libro permanecía con quién, quién autorizaba una fotografía y a qué expediente se incorporaba. Mara revisó el formulario.

—No quiero que las recibas como testigos antes de que hayan visto el material —dijo.

—No lo haré. Son propietarias de documentos privados y posibles fuentes. Si una tiene conocimiento directo, lo registraré por separado.

—Gracias.

—Agradéceme cumpliendo el procedimiento.

Una bocina sonó al otro lado de la punta. El catamarán apareció detrás del rompeolas, blanco sobre el mar gris. Mara sintió el impulso de preparar una frase que explicara dieciocho meses en un minuto. No existía.

Mientras la embarcación maniobraba, Ivana repasó el límite de la jornada.

Anaïs y Leonie llegarían como propietarias de documentos privados y posibles fuentes.

La policía no retendría los atlas por rutina.

Si una comparación producía información relevante, se fotografiaría solo con autorización o se solicitaría por la vía legal correspondiente.

—No uses su llegada para obtener una conversación sobre Eleanor delante de agentes —dijo Ivana.

—No pensaba hacerlo.

—Lo pensó cuando miró la sala de entrevistas.

Mara dejó de mirar la puerta del edificio municipal.

Luka se reunió con ellas llevando las dos carpetas vacías. Había colocado una mesa auxiliar en la sala y comprobado que la ventana no recibiera sol directo a la hora prevista. No había abierto el resumen.

—El catamarán trae retraso de doce minutos —dijo—. Marija pide que nadie bloquee la rampa cuando descarguen medicinas.

La precisión práctica salvó a Mara de convertir la espera en escena.

Se colocaron detrás de la línea indicada y observaron cómo el personal aseguraba la embarcación.

Primero bajó un pasajero con movilidad reducida.

Después una enfermera recibió dos cajas térmicas. Anaïs y Leonie todavía no aparecían.

—Si deciden irse después de ver el atlas —dijo Mara—, no intentaré detenerlas.

Luka mantuvo la vista en la rampa.

—Puedes pedir que se queden. No es lo mismo que impedir que se vayan.

—No sé pedir sin convertirlo en una tarea.

—Entonces diles qué sentirías. No qué deben hacer.

Mara recordó la lista de Leonie, las condiciones de Anaïs y la fotografía de las tres. Podía decir que las necesitaba. También podía decir que las había extrañado, incluso si esa confesión no producía cooperación.

Marija hizo una señal a los pasajeros restantes.

Anaïs apareció con una funda rígida propia.

Leonie venía detrás, protegiendo la otra bajo una cubierta impermeable.

No se parecían a las jóvenes de la fotografía.

Anaïs llevaba el cansancio en la forma de observar salidas.

Leonie escaneaba nombres de empresas en cada vehículo.

Eran sus amigas y personas que Mara tendría que conocer otra vez.

Mara dio un paso y se detuvo antes de invadir la zona de descarga. Esperó a que Marija las liberara. Ese pequeño respeto fue la primera cosa que pudo ofrecerles en persona.

Guardó el teléfono. Esperaría en el muelle, aceptaría la primera reacción y empezaría por la verdad que ya había enviado. Era menos de lo que les debía. También era el único comienzo que no pedía confianza a crédito.