Capítulo 7 #2
—No cambiaremos su alojamiento por nuestra cuenta —dijo Ivana—. Podemos reforzar contacto y pedir que informe movimientos. No se acerque sola a la cueva ni a la ensenada que están estudiando.
—No he identificado una ensenada.
Ivana levantó una ceja.
—Bien. Entonces no se acerque a ninguna.
Cuando salieron, Luka acompañó a Mara hasta la plaza.
—Puedo dormir en la habitación de abajo —dijo—. Marija conoce a la propietaria.
—Eso suena mucho a vigilancia.
—Suena a una puerta extra entre tú y alguien que sabotea rutas.
—Puedo cuidarme.
—Lo sé. La pregunta es si tienes que demostrarlo sola.
La frase alcanzó una zona que Mara no quería exponer. Miró la cuadrícula irregular de calles.
—No duermas en el suelo por una amenaza vaga.
—Hay un sofá.
—Peor.
—Entonces podemos seguir discutiendo hasta que la dueña nos eche a los dos.
Mara cedió con una exhalación.
—Solo esta noche.
—Claro.
—Y no significa que confíe en tu criterio general.
—Sería preocupante que cambiaras tanto en un día.
La dueña del alojamiento aceptó a Luka en el sofá después de imponer sus propias condiciones: zapatos mojados en la entrada, nada de herramientas sobre la mesa y silencio desde las once porque una enfermera dormía en la habitación contigua antes del turno de madrugada.
Luka recibió una manta demasiado corta y no discutió.
Mara preparó una lista de contactos para Ivana: Anaïs, Leonie, su padre y el responsable del levantamiento británico.
No escribió que Luka estaba allí para protegerla.
Indicó que ocupaba la planta baja con conocimiento de la propietaria y que ambos informarían cualquier movimiento relacionado con el caso.
—Muy romántico —dijo él al leer la formulación.
—La transparencia tiene sus encantos.
Comieron una sopa que la dueña había dejado en la cocina.
Luka explicó que, durante los inviernos con menos ferries, la misma casa alojaba a personal sanitario visitante y técnicos de mantenimiento.
Mara había recordado el lugar como pensión para becarios.
No había pensado en lo que hacía durante los meses sin ellos.
—Eleanor reservaba todas las habitaciones —dijo—. Parecía que el edificio existía para su programa de becas.
—Eleanor tenía talento para entrar en una institución y hacer que su proyecto pareciera el centro.
—Yo también.
—A veces.
Mara esperaba una acusación. Luka siguió comiendo.
—Hoy preguntaste a Ante quién debía participar antes de dibujar nada —añadió—. Eso no lo hacía la Mara de dieciocho años.
—La Mara de dieciocho años tenía respuestas excelentes.
—Demasiadas.
La risa de ambos no borró la amenaza. Le quitó el derecho de ocupar toda la casa.
Mara subió después de cenar, guardó el atlas y dejó el teléfono provisional sobre el escritorio. La policía conservaba el dispositivo que había recibido la amenaza; ella solo tenía una captura autorizada y los contactos indispensables. No necesitaba leer otra vez la frase para recordarla.
Una hora más tarde seguía despierta. Oyó a Luka moverse en el sofá de la planta baja, luego el golpe breve de una tubería antigua. Bajó sin encender la luz del pasillo. Él estaba sentado con la manta sobre las piernas y un libro cerrado en la mano.
—No estás leyendo —dijo Mara.
—Tú no estás durmiendo.
—Mi observación llegó primero.
Luka dejó espacio en el otro extremo del sofá. Mara eligió una silla. La distancia no era rechazo; era una forma de impedir que el miedo tomara decisiones por ellos.
—La amenaza dice que complete la serie —dijo—. Eleanor usaba esa palabra para los atlas. Leonie también. Meridian puede usarla para una colección. Nikola pudo mencionarla a más personas.
—Entonces no identifica a nadie.
—No. Pero identifica a alguien que quiere que yo elija entre irme y demostrar que no tengo miedo.
Luka apoyó los antebrazos en las rodillas.
—No tienes que elegir ninguna de las dos cosas. Mañana puedes hacer el trabajo autorizado y seguir asustada.
—Esa opción tiene mala reputación.
—Solo entre personas que confunden valor con no sentir el cuerpo.
Mara miró sus manos. Aún conservaban el temblor leve que había aparecido después de la cueva.
—Escribí a Anaïs y Leonie. Ninguna respondió.
—¿Qué les pediste?
—Que compararan sus atlas. Reconocí que me alejé.
—¿Y qué no les dijiste?
La pregunta no era policial ni terapéutica. Venía de alguien que conocía su costumbre de reducir una conversación a la parte que podía resolver.
—Que las extraño. Que temo que Leonie tuviera razón sobre Eleanor. Que si vienen, verán cuánto decidí sin ellas.
—Eso no cabe en una solicitud técnica.
—Por eso no lo escribí.
—Puedes decirlo cuando contesten.
Mara levantó la vista.
—¿Y si no lo hacen?
—Entonces su decisión seguirá siendo suya. Pero no podrás decirte que pediste todo lo que necesitabas.
La respuesta habría irritado a Mara en otro momento. Esa noche le dio una tarea que no invadía el caso: preparar una verdad, no una estrategia.
Desde la cocina llegaba el olor del pan que la propietaria había dejado para el desayuno. En la calle pasó una furgoneta de la clínica. El ruido disminuyó hacia la parte alta de la isla.
—Cuando Eleanor desapareció —dijo Luka—, convertí cada hora sin respuesta en una razón para seguir trabajando. Después convertí el informe final en una razón para dejar de preguntar. Ninguna cosa fue equilibrio.
Mara no le pidió detalles. Esa conversación llegaría cuando pudieran sostenerla sin usar a Nikola como atajo.
—Mañana medimos desde mar abierto —dijo—. Nada de cuevas. Nada de demostrar valentía.
—Y si algo falla, primero personas, después datos.
—Eso ya lo sé.
—Quiero oírte decirlo antes de salir.
—Primero personas, después datos.
Luka sonrió con cansancio.
—Ahora puedes criticar la longitud del sofá.
—No tiene escala suficiente para una persona adulta.
Las bromas regresaron con cuidado, no como negación del peligro, sino como una forma de caminar junto a él.
Mara volvió arriba y cerró la puerta sin echar la llave interior.
Había aceptado compañía sin ceder control.
Alguien quería apartarla de una línea; eso volvía la línea más importante, pero no le daba permiso para avanzar sin límites.