Capítulo 3
Luka confiaba en las cosas que podían revisarse con las manos.
Una hebilla estaba cerrada o no. Una manguera tenía una grieta o resistía la presión. Una embarcación llevaba el combustible necesario o alguien había decidido confiar en la suerte. Las personas eran menos cómodas. Podían decir la verdad y aun así ocultar el centro de una frase.
A las seis y media de la mañana, abrió la base de equipos de rescate de Velin y encendió las luces.
El edificio pertenecía a la empresa municipal y servía para almacenar, mantener y preparar material.
No era una comandancia. Cuando había una emergencia marítima, el equipo local respondía bajo la coordinación oficial competente.
Sin embargo, cada arnés limpio y cada cabo seco importaban antes de que sonara una orden.
Ante Borić ya estaba en el borde del varadero, inclinado sobre el motor auxiliar de una lancha.
—La bomba de agua no perdona funerales —dijo sin levantar la vista.
—Ni investigaciones.
—Las investigaciones perdonan menos.
Ante tenía grasa en una mejilla y una caja de aceitunas tempranas junto a las herramientas.
Trabajaba en el astillero y participaba en la cooperativa de productores.
Esa mañana debía reparar el motor antes de llevar piezas al molino.
La vida de la isla se negaba a elegir una sola ocupación por persona.
Luka comprobó los cilindros de práctica, los reguladores y las líneas guía.
Después separó el equipo autorizado para una inspección de la cueva.
Nadie iba a entrar ese día. Primero debían existir permiso, equipo cualificado, ventana de marea y un plan de una sola entrada y salida.
Él podía explicar el riesgo. La policía y la coordinación competente decidirían la operación.
Mara llegó con café y un cuaderno cuadriculado.
—Traje uno sin azúcar —dijo.
—¿Para quién?
—Para la persona que dejó de beberlo con azúcar hace ocho años.
Luka tomó el vaso. La memoria era un objeto peligroso: parecía inofensivo hasta que alguien lo ponía en la mano.
—Gracias.
Ella recorrió la sala con la mirada. No observaba cosas; observaba relaciones. La distancia entre los estantes. Las etiquetas. La ruta más corta hasta la puerta.
—La base cambió.
—Ampliaron el área de mantenimiento. Seguimos sin mandar sobre el mar.
—Nunca dije que lo hicieran.
—No. Solo dibujabas planes como si pudieras convencerlo.
Mara bebió café.
—A veces funciona.
Petar Kovač apareció desde el muelle con una carpeta azul.
Llevaba una camisa clara, mangas dobladas y la cortesía tranquila que Luka le conocía desde niño.
Había enseñado a Luka a reparar una red.
También había estado en el funeral de su madre, ocho años atrás, con una bandeja de comida que nadie le había pedido.
—Ivana viene en diez minutos —dijo Petar—. La copia certificada está lista.
—¿Todo el registro? —preguntó Luka.
—El período que solicitó la policía.
Mara dejó el café.
—¿Quién tiene acceso a la reserva de emergencia?
Petar la miró con interés, no con sorpresa.
—Personal de operaciones autorizado. A veces el equipo municipal retira material cuando hay una respuesta coordinada. Todo queda anotado.
—Eso es lo que vamos a comprobar.
—Me alegra que Eleanor te enseñara paciencia.
La boca de Mara se tensó.
—Me enseñó a desconfiar de las conclusiones cómodas.
Petar sonrió como si le hubieran ofrecido una frase para una cena.
—También sirve.
Ivana llegó acompañada por un agente de evidencia.
Un empleado de operaciones que no se presentó entregó el registro certificado siguiendo instrucciones administrativas y regresó al muelle.
No habló con Mara ni con Luka. El agente anotó hora, páginas y sello de certificación.
Solo después Ivana colocó una copia de trabajo sobre la mesa.
—El original entregado queda con la policía —dijo—. Ustedes explican códigos. No extraen documentos ni contactan al personal por su cuenta.
—Entendido —respondió Luka.
Petar se apoyó en el borde de la mesa.
—Estoy disponible para cualquier pregunta oficial.
Ivana no respondió a la oferta.
El registro de operaciones portuarias dividía el material por ubicación, condición y responsable de salida.
Luka recorrió los números. La reserva de emergencia incluía cilindros de gas respirable para buceo, sellados y revisados por un proveedor acreditado.
Él explicó la diferencia entre un cilindro de entrenamiento y uno destinado a una respuesta.
Mara anotó el significado junto a los códigos, no sobre la copia.
La reserva física no estaba en la base municipal.
Ocupaba un almacén cercado dentro de la zona operativa privada.
Ivana permitió una inspección visual posterior con orden y personal de evidencia.
Hasta entonces, la copia certificada era la única referencia.
Luka dibujó el flujo normal: proveedor acreditado, recepción de operaciones, almacenamiento sellado, retiro documentado y devolución o consumo registrado.
—¿Quién comprueba el sello al recibir? —preguntó Mara.
—Personal autorizado de operaciones. Si el cilindro se transfiere a nuestro equipo durante una respuesta, nosotros registramos condición y número. No analizamos el contenido en la base.
—Entonces un registro completo mostraría dos manos institucionales.
—Cuando hay transferencia, sí.
—Y aquí no hay ninguna.
Luka separó una hoja de su propio archivo municipal. No se la dio directamente; pidió al agente que la registrara como copia ofrecida. Mostraba todas las prácticas de dos meses, con horas, números y pesos.
—Esto reduce los retiros posibles —dijo Mara.
—Reduce los nuestros. No explica los de operaciones.
Petar regresó de la llamada y revisó la hoja desde distancia.
—Los sistemas no siempre usan los mismos códigos —dijo—. Una discrepancia administrativa puede parecer una ausencia.
—Por eso pediremos la tabla de equivalencias —respondió Ivana.
—La prepararé.
—Su empresa preservará los datos. Un técnico designado entregará la exportación. Usted no preparará un archivo nuevo.
La cortesía de Petar se tensó apenas.
—Claro.
Luka conocía ese cambio. Era la misma quietud con que Petar recibía una inspección de seguridad o una queja de un capitán comercial.
No demostraba nada. Sin embargo, Luka recordó una noche del invierno anterior cuando Petar había pedido acceso a la base municipal porque faltaba espacio en el almacén privado.
Luka se había negado por el seguro. En ese momento pareció una discusión ordinaria.
—Hay una solicitud antigua para guardar equipo de operaciones aquí —dijo a Ivana—. Fue rechazada. Está en los correos municipales.
Petar levantó la mirada.
—Por falta de espacio, no por los cilindros.
—No dije otra cosa.
Ivana anotó el dato como contexto. Mara vio la incomodidad de Luka. Señalar una conversación con un amigo no era acusarlo. Aun así, el acto cambiaba la relación.
Durante la inspección autorizada del almacén, un agente abrió cada puerta.
Luka permaneció fuera de la línea de evidencia hasta que le pidieron identificar estantes.
Los cilindros estaban sujetos en soportes y separados por función.
Una tarjeta de inventario mostraba una corrección en tinta distinta.
El agente fotografió antes de retirar la tarjeta.
—No interprete —dijo Ivana a Luka—. Describa.
—La tinta y la presión del trazo no coinciden con las entradas cercanas. El código corregido corresponde a entrenamiento; debajo puede haber otra categoría. No puedo leerla sin examen.
Mara observó el espacio vacío en un soporte.
—¿Cuántos cilindros debería haber?
—Según el total certificado, doce. Hay once.
—El recuperado de Nikola sería el doce —dijo Luka.
Ivana pidió que nadie acercara las manos. La policía documentó números, sellos y posiciones. La ausencia física se relacionaba con el registro, pero todavía no demostraba cuándo ni quién había retirado el objeto.
Ante llegó al varadero para probar el motor auxiliar y esperó detrás del límite. Cuando terminaron, Luka lo ayudó a botar la lancha. El trabajo ordinario exigió otro tipo de atención: combustible, refrigeración, vibración.
—Petar te enseñó a nadar —dijo Ante mientras ajustaban el cabo.
—Sí.
—Eso hará más difícil mirar los números. No más fácil.
Luka lo observó.
—¿Crees que está relacionado?
—Creo que la policía debe decidir qué cree. Yo sé que una pieza puede fallar aunque la haya instalado una buena persona. También sé que una buena reparación no borra una mala.
Ante encendió el motor. El flujo de agua fue estable.
Mara escuchó sin convertir la frase en evidencia. Cuando Ante se marchó, le mostró a Luka tres límites que había escrito al margen.
—Acceso no equivale a acción. Amistad no equivale a inocencia. Capacidad técnica no equivale a método.
—Tres formas de decir que todavía no sabes.
—Sí.
—Me gustaría odiar esa respuesta.
—Tienes práctica.
Luka la llevó a la zona donde guardaban líneas guía.
Explicó que una línea temporal en cueva debía colocarse y revisarse por personal cualificado.
Un marcador direccional no era una flecha decorativa: indicaba referencia y salida dentro de un plan conocido.
Alterarlo podía desviar a alguien incluso si esa persona actuaba con cuidado.
—¿Nikola habría comprobado la dirección? —preguntó Mara.
—Sí. Pero si la marca parecía parte de la revisión autorizada, confiaría en ella. En mala visibilidad, la guía es la estructura del recorrido.
—Entonces el asesino no necesitaba que Nikola fuera imprudente.
—Necesitaba que fuera profesional.
La idea dejó a Luka sin aire durante un instante. Mara esperó a que él recuperara el ritmo.
—Eso es lo que más me preocupa —dijo—. Alguien usó reglas de seguridad como material del crimen.
—Y quiere que tú pienses que fallaste como especialista.
—¿Cómo sabes lo que quiere?
—No lo sé. Sé lo que produce.
Esa distinción volvió a salvarlos de una conclusión.
—Nikola no debía usar esta reserva para su inmersión arqueológica —dijo ella.