Capítulo 79 #2
Léane estaba recluida en un rincón de la cueva, pues él la había obligado a sentarse de nuevo.
—Vine a veros por primera vez hace un poco más de cuatro años, entré en vuestra villa con la llave que había moldeado.
Vi la felicidad perfecta de mi hermano, su éxito, su hermosa familia.
Era insoportable, no podía existir. Le pedí a Jeanson que se llevara a Sarah unos meses después; pretendía que fuese la cuarta «venta», y te aseguro que habría batido todos los récords.
Su escena de masturbación en el apartamento era antología pura…
Léane debía soportar el daño que le hacían sus palabras y encontrar un modo de salvarse el pellejo. Porque, si moría, jamás podría hacer que pagara por todo lo que había hecho. No podía salirse con la suya.
—Mi historia tiene tela, ¿eh? Es un buen final para un libro, ¿no te parece?
Pero espera, que aún no ha acabado. Finalmente, decidí quedarme con Sarah y encerrarla en mi casa.
Quería recordar en todo momento lo que le había quitado a mi padre, a mi hermano e, indirectamente, a la zorra de mi madre.
No todos los días fueron sencillos para tu hija, teniendo en cuenta que tenía que hacerle frente a un tío con el rostro de su padre, en eso estoy de acuerdo.
—¡Era una niña inocente!
—Precisamente por eso eran interesantes, ¿qué te crees? De todas formas, he de aclararte que Giordano jamás la tocó. Pero tampoco tenía las manos limpias, ni mucho menos. La tomó con otra, con la quinta, Pauline Perlot. Y llegó hasta el final con ella.
Jorlain se acuclilló delante de Léane y le enjugó las lágrimas.
—¡No me toques!
La estampó contra la pared; una mano en la garganta.
—Todavía tengo que contarte una cosa sobre ese puto gorro. Giordano habló justo antes de que le estrellara el cráneo contra la pared. Así…
Le golpeó la cabeza contra la piedra, con dulzura, y paró antes de enderezarse.
—Cuando se follaba a Pauline y cuando le quemó la piel y le perforó el vientre con un cuchillo durante una semana entera, pensaba en su hija.
Ese chalado regresaba a menudo a Vercors con su hija; al lugar donde se gastaba la herencia familiar para revivir sus fantasías.
Era Pauline la que llevaba el gorro, no tu hija.
Probablemente se cayó en la autocaravana y Jeanson se lo puso a Pauline, pensando que era suyo.
Lo cierto es que Giordano había conseguido recuperar el gorro y llevárselo como… recuerdo, como un trofeo.
—Debió de reconocerte en el fuerte. ¿Por qué no dijo nada?
—Porque nunca había visto mi cara. Todos los intercambios entre los «clientes» se hacían a través de la darknet . El anonimato y la flexibilidad eran las claves del sistema.
Desvió su atención brevemente hacia la roca, desde donde se oía a los pájaros cantando.
—A partir del episodio de Annecy, me puse como objetivo volver a cambiar de identidad: tomaría el lugar de tu marido. Lo asesinaría y me quedaría a tu lado, fingiendo amnesia. Después de todo, él ya había vivido suficiente por los dos, ¿no? Tenía derecho a comerme mi parte del pastel.
Un parásito, eso es lo que era: sin identidad ni raíces; un ser perdido y destinado a nutrirse y destruir, pero dotado de una inteligencia inimaginable. Se había metido en la piel de Jullian a la perfección, engañando incluso a Léane.
—Casi me puse manos a la obra cuando arrestaron a Jeanson, pero no estaba preparado, y Jeanson nunca cedió, más bien al contrario: montó un buen lío entre los polis.
Pero, con su arresto, Delpierre y yo tuvimos que pararlo todo, pues era demasiado complicado seguir actuando.
Seguí perfeccionando mi futura nueva vida.
Fui a darme una vuelta por tu casa hace dos meses.
Necesitaba el ADN de Jullian, ya que quería estar seguro de que teníamos el mismo perfil genético, por si acaso.
Mandé todo eso a un laboratorio privado que me lo confirmó.
Aproveché para llevarme tus novelas. Quería saber quién eras…
Tomar el lugar de mi gemelo era imposible sin la agresión y la amnesia.
Ay, la amnesia… Es muy útil, ¿verdad? Ya lo había hecho de niño.
El problema es que físicamente era más fibroso que Jullian y tenía la voz un poco más aguda, además de que poseíamos algunas arrugas en sitios distintos…
Por lo demás, éramos exactamente iguales.
Léane negó con la cabeza. Ojalá no se hubiera separado de Jullian…
No tenía ni idea de cómo habían sido los últimos meses de vida de su marido, pues se había alejado de él y Jorlain había aprovechado la situación.
Se dejó golpear con un bate de béisbol en la cabeza, sabiendo que podría haber muerto. Pero asumió el riesgo.
—Así que tú la mataste… Mataste a mi hija.
—No me quedó más remedio. Alquilé el chalé en La Chapelle-en-Vercors, donde pasamos un par de días más, los dos juntos.
Creo que no hace falta que te haga un croquis para que lo entiendas…
Luego la dejé allí encerrada y le envié un mensaje urgente a Delpierre para que se encargara de terminar el trabajo.
Yo ya había cogido un tren con destino a Berck.
Había llegado la hora de hacer borrón y cuenta nueva, de despojarme del pasado y ponerme mis nuevos harapos: los de Jullian Morgan…
Léane debía reunir sus fuerzas, no para huir, sino para matarlo. No podía dejar esos acantilados, montarse en el coche y regresar a su casa.
—Cuando llegué a la estación, anduve unos seis kilómetros hasta la villa.
Esa noche, Jullian había salido… Debía de estar torturando a Giordano, ¡qué ironías de la vida!
Vi los faros de su coche, esperé a que saliera y lo ataqué por la espalda.
Lo até de pies y manos y lo encerré en el cuatro por cuatro.
Luego me puse en marcha de camino a Vienne.
Evidentemente, no tenía ni idea de que llevaba el gorro de Sarah, que había encontrado en casa de Giordano, guardado en el abrigo, ni que iba a conseguir esconderlo en el compartimento de la rueda de repuesto y grabar ese puto mensaje en la chapa…
Negó con la cabeza.
—¡Deberías haberle visto la cara cuando abrí el maletero! Fue un momento tan… No sé cómo explicártelo.
—Eres un puto deshecho humano. Deberías haber muerto en el fondo de aquel contenedor.
El hombre se calló durante largo rato. Apagaba y encendía la linterna en cuanto oía un ruido, un crujido. En cada ocasión, a Léane le faltaba un segundo más de oscuridad para abalanzarse hacia él e intentar algo, lo que fuera. Pero él la dejó definitivamente encendida cuando retomó la palabra:
—Lo obligué a tragarse unos medicamentos…
Y se lo expliqué todo, al igual que estoy haciendo contigo.
Lloraba como un puto crío. Cuando perdió el conocimiento, intercambié los papeles, los teléfonos y las llaves.
Me convertí en Jullian Morgan. Y lo tiré al fuego; no debía tener ni rostro ni huellas dactilares… David Jorlain estaba muerto.
Todo se invirtió en la cabeza de Léane. Jullian Morgan estaba muerto y David Jorlain vivo. Había destruido a su familia. Y bastaba un último disparo para que él borrara a los Morgan de la faz de la Tierra.
—Cuando regresé a La Inspiradora a la una de la madrugada, me topé con la sorpresa de tener que sortear la alarma; después organicé mi agresión esa misma noche, teniendo mucho cuidado antes de borrar las investigaciones de tu querido marido.
¿Sabes una cosa? Era muy bueno. Hacía falta tenerlos bien puestos para conseguir llegar hasta Giordano, luego hasta Mistik, y liarla como lo hizo. Tenías un marido estupendo.
Le lanzó unas fotos a la cara. Las del perro, las de los plataneros, las de las tortugas.