El manuscrito Capítulo 79 #3
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Capítulo 79 #3

—El plan podría haber sido perfecto, Léane.

Era impecable, incluso con toda la mierda que nos cayó encima.

Una simple foto que miraba a escondidas bastaba para hacerte creer que tenía recuerdos antiguos de ese chucho más feo que una garrapata, o de las vacaciones juntos.

No te haces una idea de lo difícil que era fingir una amnesia, pues no sabía nada sobre vuestra vida…

Lo más duro fue contenerme para no estrangular a mi padre cuando se me plantó delante.

Pero aguanté como un campeón porque sabía que al final pagaría caro.

¡Se sintió tan bien ver cómo se ahogaba!

Cogió el abrigo y se lo lanzó a la cara.

—Ponte esto.

Había llegado la hora. Léane no se movió. Él se acercó y le clavó el cañón de la pistola en el hombro; luego le giró la piel hasta que la hizo gritar.

—Venga, no me obligues a ser malo contigo. Ha llegado el momento, y lo sabes. Por eso estás aquí, ¿no?, para seguir el mismo destino que tu protagonista y terminar la historia con propiedad, para ponerle punto final al libro de tu vida.

Finalmente obedeció. Salir de allí y acercarse al precipicio. Tenía más opciones fuera que allí metidos.

—Puede que la Policía ya haya descubierto mi cuerpo, teniendo en cuenta la hora que es. Con las pistas que he ido dejando, ya han debido de llegar hasta mi casa y entender que David Jorlain, Moriarty y el pequeño Luc Thomas ya están muertos los tres. Pronto cerrarán la investigación.

Se deslizó por detrás de ella, apuntándola con el arma. Léane permaneció recta, fuerte. Vivir o morir, ya poco importaba. A diferencia de él, ya no le quedaba nada que perder.

—No habría venido hasta aquí si hubiera albergado la esperanza de que pudiéramos salir de esta los dos juntos.

Pero…, joder, no me dejaste elección cuando me enseñaste la foto de la bahía y te vi marcharte anoche con la maleta.

Estos últimos días empezaste a tener dudas demasiado serias.

Eres demasiado frágil; habrías acabado por ceder y contárselo todo al pelirrojo, ese madero que sería capaz de matar a su padre y a su madre con tal de estar contigo. Es una pena.

—¿Qué vas a hacer? ¿Pegarme un tiro en la cabeza?

—¿Con el arma de un poli que he enterrado con mis propias manos?

Demasiado arriesgado. No, te vas a suicidar.

Elegiste el lugar del final de tu última novela para morir, porque ya no soportabas todo lo que estaba pasando a tu alrededor: la muerte de Sarah, de mi padre, mi amnesia…

La Policía verá en las cámaras de los peajes que estabas sola, no dudarán ni un segundo de las circunstancias de tu muerte.

Yo seguiré con mi papel, volveré a casa y todo lo demás.

Construiré una nueva vida, la que se me negó, la que debería haber sido mía.

La empujó con brusquedad hacia la pasarela.

Léane volvió a enfrentarse a las ráfagas de viento y a la lluvia que cayó por su rostro para diluir sus lágrimas.

Entre las tablas bajo sus pies, pese a la oscuridad y la vegetación, sentía la furia del mar, el rugido áspero de las olas erguidas para engullirlo todo, las corrientes desatadas que jugarían con su cuerpo, lo harían girar, lo arrastrarían hasta estrellarlo contra las rocas, como a una bolita de poliestireno.

En ese momento, llegó a la conclusión de que la historia no podía acabar así; que sin duda ella iba a morir, sí, pero él no podía seguir viviendo, engañando a todos, usurpando la vida de otro con tanta violencia.

Se detuvo y se dio la vuelta.

—A ver si lo he entendido bien. Para que tu plan funcione… no me puedes disparar.

Entonces, dio un salto y se abalanzó sobre él; las uñas clavadas como garras en sus mejillas.

La sorpresa del ataque hizo que una bala saliera disparada hacia el cielo, seguida del arma en sí misma: una parábola de acero perdida en el vacío.

Los pájaros anidados en las paredes rocosas salieron volando en bandadas, gritando.

Las dos siluetas chocaron contra la barandilla; todo a su alrededor rugía: el viento en la cavidad, la madera, el cielo, el llamado del mar.

Desde lejos, uno podría haber llegado a pensar que estaba presenciando el violento ballet de dos bailarines rápidos y funestos, como en una película muda.

Cuando uno se inclinaba, el otro le daba la vuelta, y uno u otro tomaba cierta ventaja, y todo comenzaba de nuevo; una especie de lucha épica, con fuerza, con valentía, hasta el agotamiento.

Incluso participaba el instinto, como el de un león contra un leopardo; el instinto capaz de multiplicar el deseo de vivir para sobrevivir; hasta que, finalmente, uno de los dos combatientes se precipitó por encima de la barandilla, rodó por la empinada pendiente de vegetación y fue pulverizado en el vacío; una estela blanca y tan fugaz como una estrella.

Y eso fue todo. Los pájaros volvieron a aparecer y el superviviente se tomó su tiempo para recuperar el aliento en la pasarela: las manos sobre la barandilla, la cabeza gacha, los hombros sacudidos por la violencia de su respiración, el pecho subiendo y bajando con fuerza.

Luego, el vencedor retomó el camino hacia tierra firme y se perdió en la distancia.

En silencio, las estrellas auguraron noches eternas.