El manuscrito Capítulo 79
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Capítulo 79

Léane estaba atrapada en un torbellino de emociones tan violento como los vientos que azotaban la aguja. Todo se estrellaba en su cabeza, como si su cerebro fuera víctima de un cortocircuito. Por un momento, su mente le decía que Jullian no podía estar muerto, ya que él estaba allí, frente a ella.

Al siguiente instante, pensó que el hombre en la entrada de la cavidad era un desconocido que llevaba una máscara que imitaba el rostro de su marido. Y la voz de Jullian, o la del extraño, golpeaba sus sienes.

—Los gemelos tienen el mismo ADN, pero las huellas dactilares son diferentes.

El parásito siempre ha estado en tu casa, y era yo.

Siempre fueron mis huellas las que el pelirrojo encontró en los muebles y en los pomos de las puertas.

Buscaba por todas partes a su dueño, cuando me tenía delante de sus narices…

Léane tuvo que sentarse, o de lo contrario acabaría por desplomarse.

No supo cuánto tiempo pasó —unos agujeros negros la absorbían, durante los cuales dejaba de existir momentáneamente— antes de que se aferrara a la realidad: Jullian estaba muerto, y un hombre que se le parecía tantísimo había tomado su lugar.

Y la voz seguía zumbando:

—Se dice que los destinos de los gemelos están vinculados, hagan lo que hagan, vayan donde vayan.

¿Alguna vez has oído esas historias increíbles de hermanas o hermanos que terminan por encontrarse, décadas después de su separación, incluso viviendo a miles de kilómetros de distancia?

Mi destino se cruzó con el de Jullian hace cuatro años.

El azar decidió que el apartamento que alquilasteis en Annecy fuera mío.

Dejo que te imagines mi sorpresa cuando vi mi propio rostro en las grabaciones de las cámaras escondidas en cada habitación.

Léane alzó la mirada. La luz de la linterna cortaba el rostro del hombre en dos, sumergiendo una parte entera en la oscuridad.

—Un gemelo. Tenía un hermano gemelo. Y Jacques lo sabía.

Con esa misma pistola apunté a mi padre cuando le dije quién era, en el coche, al borde de la bahía.

No hizo falta mucho más para que empezara a beber y soltara toda la verdad sobre mi historia, sobre mis primeros días.

Sabía que había nacido de un embarazo negado, una conversación que, lamentablemente, escuché en casa de mi familia adoptiva, pero no tenía todos los detalles…

Léane se sintió como absorbida por un abismo. Todo parecía disolverse a su alrededor: la roca húmeda, el puente a su izquierda, el rostro de Moriarty, una copia casi exacta de Jullian.

—Me contó que la puta de mi madre había deseado más que nada en el mundo quedarse embarazada; que querían tener hijos, que lo intentaban desde hacía años, pero no lo conseguían.

Luego, un día, mi madre se dio cuenta de que estaba embarazada al consultar a un médico por casualidad.

Ya tenía seis meses de embarazo, pero no había engordado ni un kilo.

En lo más profundo de sí misma, ya no quería engendrar.

No fue al ginecólogo y le ocultó su embarazo a todo el mundo.

Hace más de cuarenta años, me expulsó sobre el suelo de su habitación, sola como una perra, y luego fue a deshacerse de mí entre la basura, a dos kilómetros de allí, abandonándome en el fondo de un contenedor…

Léane no lo asimilaba. Ese hombre había tomado el lugar de Jullian, había entrado en su casa y había tocado sus cosas. Había colonizado su vida, dormido en su cama, la había violado. Y había asesinado a Sarah.

—Estaba tumbada en la cocina cuando llegó mi padre unas horas más tarde.

Le dolía el vientre y la sangre corría de entre sus piernas.

Su calvario no había terminado, eso es lo más fuerte de todo: esperaba a otro hijo, un hermano gemelo, un puto gemelo que seguía bien escondido y calentito, ¡como si hubiera sentido lo que habría pasado de haber nacido primero!

Se golpeó la frente con la palma de la mano varias veces, como un desquiciado.

—¡Es aún mejor que en tus novelas, joder!

Mi padre se la llevó corriendo al hospital.

Parió en el coche, la muy perra, mientras gritaba que no quería al niño, que había que deshacerse de él en la basura, al igual que con el otro.

¡Mi padre podría haber ido a buscarme, intentar, no sé, ver si estaba vivo!

Pero no lo hizo. Prefirió convencer a su puta mujer de no hablar nunca, jamás, de ese accidente descartado.

Debían hacer como si yo nunca hubiera existido.

Nací sin nombre, sin fecha de nacimiento, sin orígenes, en un montón de basura.

Le hizo oler su brazo.

—¡Huele! ¡Huéleme! Todavía rezuma en mi piel. Mi hermano… ¿Me permites que lo llame así? Mi hermano conoció un hogar. Quizá su madre nunca lo amó, pero mi padre sí. No hubo que empujarlo para que se ahogara cuando le revelé quién era y lo que había hecho con su querido hijo.

Léane no conseguía ni llorar, las lágrimas se le quedaban bloqueadas. Respiraba con fuerza, tratando de recobrar la calma. El hombre se sentó frente a ella, contra la pared opuesta.

—Tienes derecho a entenderlo todo, Léane.

Te lo debo. Todas esas desapariciones, las chicas secuestradas…

Solo era… el curso natural de las cosas.

Seguramente formo parte de lo que tú llamas en tus libros «las escorias».

Quizá debería haber muerto en aquel cubo de basura, quizá había una maldita razón divina que empujó a mi madre a tirarme.

Pero sobreviví, Léane. Me aferré a la vida.

Léane sintió el mismo dolor que cuando desapareció Sarah.

Se había abierto, se había entregado, había confiado sus pensamientos más íntimos a un hombre que solo tenía la apariencia de Jullian, un desconocido que se había escondido detrás de una máscara y se había refugiado tras el muro de la amnesia.

Todo regresó a su mente en forma de destellos: la voz diferente, la sequedad de su cuerpo, el pelo corto, esa violencia repentina.

¿Cómo la podía haber engañado hasta tal punto?

—Al principio, solo puse las cámaras en mi apartamento de Annecy para poder observar a las familias en su intimidad: compartir sus risas, sus gritos, verlos hacer el amor…

Alquilaba el apartamento durante las vacaciones y dormía en un pequeño hotel, no muy lejos.

Cuando ellos salían a pasear, iba a recoger las tarjetas de memoria y veía los vídeos por la noche en mi habitación…

Bajó la linterna. El viento danzaba entre el cabello de Léane. Iba recuperando la compostura y sus fuerzas, poco a poco. El dolor psicológico regresaría, pero más tarde, al igual que la marea.

—También frecuentaba clubes, bebía. Vivía de noche y quemaba mi vida con todo tipo de excesos… Algunos contactos que fui haciendo con el tiempo me permitieron entrar en el Torreón Negro. Quería ver a las perras sufrir, aullar bajo las quemaduras de las cuerdas y la cera de las velas.

Tenía los dedos encogidos, como las garras de un águila.

—También fue la época en la que volví a encontrarme con Jeanson, mi compañero de habitación en el internado, que lo estaba pasando muy mal, entre el paro y trabajos en negro en obras de la periferia de Lyon. Nunca había perdido el contacto con el tercero, Delpierre…

Giraba el arma frente a sus ojos; una mueca torcida en la comisura de los labios.

—Delpierre, que nunca se había recuperado de sus años en el internado…

Delpierre, que había tenido algunos problemas con la justicia por acostarse con cadáveres.

Su juventud había sido destrozada. Esos tipos aún llevaban el dolor en lo más profundo de su ser.

Parecido a mí, pero por razones diferentes.

Léane recibía cada palabra como si fuera un corte con un bisturí.

—Empezamos a vernos regularmente, a beber juntos, a… hablar de unas cosas y otras… Nuestro trío se reformó, como en los viejos tiempos, como aquella mañana en que me ayudaron a cortar el sexo de su profesor de Educación Física.

—Estás loco. Ni siquiera es locura, es algo todavía más fuerte que eso…

—Al contrario, estoy muy lúcido. Gracias a Mistik pude ver hasta dónde eran capaces de llegar los hombres, en qué bestias feroces podían llegar a convertirse detrás de unas máscaras y cuánto estaban dispuestos a pagar para traspasar fronteras y destrozar a las mujeres…

Yo quería que las destrozaran, Léane. Cada vez más.

Y quería ser testigo de cómo lo hacían. Así que monté el sitio en la darknet y utilicé a Mistik como reclutadora.

El concepto para quienes querían probar la experiencia definitiva era sencillo: la promesa de tener a una chica durante unos días, para uno solo, en el anonimato más absoluto, y practicar sin restricciones, sin límites; hasta la muerte si así lo deseaban… Destruirían vidas por mí.

Léane sintió unos calambres en el estómago, pero ya no le quedaba nada para vomitar.

—Colgaba fotos y vídeos de la chica en cuestión en la darknet . Las escogía puras, jóvenes, todavía no mancilladas. Quien la quisiera tenía que ofrecerme la suma más alta, así de simple; como una puja. Era el Christie’s de los desequilibrados. Y ya te adelanto que se me agolpaban en la puerta.

Léane se abalanzó sobre él, pero él fue más rápido: la empujó con violencia hacia un lado, por lo que Léane se golpeó el hombro con fuerza. Él le clavó el cañón de la pistola en la sien derecha y le retorció la piel. Léane gritó.

—¿Quieres morir ahora? ¿No te apetece saber cómo continúa la historia?

Se enderezó, jadeante, y le apuntó con el haz de la linterna directamente a la cara.

—En esa esquina, venga.

Léane obedeció mientras pensaba en una forma de salir de allí. Detrás, a través del agujero tallado en la roca, el vacío. Ninguna escapatoria.

—Había comprado una casa en ruinas cerca de Vienne, que fui restaurando en negro con el dinero de la red. David Jorlain quizá no había tenido un buen nacimiento, pero tenía recursos insospechados. Luego llegó lo que representa el punto culminante de mi existencia: vuestra estancia en Annecy…