Capítulo 78
Léane conducía hacia la última cita.
En el silencio opaco del interior de su coche, sin radio y con el móvil apagado, avanzaba sola; sola con su conciencia, sola con sus dudas, sola con su ira.
Y su miedo. Porque tenía miedo, como era lógico.
¿Quién no sentiría miedo ante la idea de tener un cara a cara con el ser infame que se había ensañado con la sangre de su propia sangre?
¿Quién podría dirigirse al lugar donde se acababa trágicamente El manuscrito sin sentir miedo?
¿Por qué los personajes que habían enfrentado tormentas y mareas habrían de salir indemnes?
No tenía sentido. Si sus libros solían terminar mal, era porque la vida era una zorra, ni más ni menos.
Recordaba haber recorrido esa misma carretera dos años antes, cuando su novela todavía no era más que un embrión en su mente.
A ella, la escritora de éxito que se divertía asustando a sus lectores, le había tocado vivir un escenario mucho más retorcido y doloroso que en sus tramas más diabólicas.
Esa noche, escribiría a mano alzada el epílogo de su propia historia.
Y ese final no lo plasmaría en el papel.
Enseguida sintió la fuerza de la naturaleza soplando las últimas velas de la civilización.
La oscuridad más absoluta la recibía con los brazos abiertos; las vastas tinieblas de los acantilados, el cielo manchado de nubes que anunciaban una tormenta; su existencia se reducía a dos huellas amarillentas sobre el asfalto.
Tal vez Moriarty nunca llegaría, tal vez ese viaje solitario no fuera más que una etapa adicional en su sufrimiento, pero debía llegar hasta el final.
Étretat: esa ciudad que tanto apreciaba, con su playa de guijarros protegida como un tesoro por los colosos de piedra caliza, sus coquetas casas de pescadores y esas vistas que de día se abrían hacia el infinito y ahora le tendían sus brazos inquietantes.
En esa noche de invierno, una noche de diciembre en la que el viento cortaba las mejillas y agrietaba los labios, Étretat adquiría la apariencia aterradora de un trozo de roca negra arrancado de las entrañas del mismísimo infierno.
Léane llegó a la ciudad con dos horas de antelación, dejando la posibilidad de regresar rápidamente al vehículo desde la aguja.
La prudencia era más necesaria que nunca.
Deslizó una mano bajo el asiento, palpando a ciegas, se hizo con la linterna, y luego con la empuñadura rugosa de la SIG Sauer: era el arma de Giordano, encontrada en la mesilla de noche de Jullian, que ahora sostenía con la palma sudorosa de su mano.
Era el arma numerada y registrada de un policía cuyo cadáver se desintegraba en las entrañas de un bosque.
Con el cuello del jersey subido y un gorro ajustado a la cabeza, Léane salió del coche de la manera más anónima posible; una silueta más entre muchas otras en un teatro de sombras chinas, con un decorado tan lúgubre como majestuoso.
Allí, la gente se amaba y moría. Pintores y novelistas habían capturado cada matiz de gris, azul y rojo de aquel paisaje normando.
Corrió en dirección sur, pero no tomó la escalera que ascendía hacia la arista.
Desde lo alto de la ciudad, se adentró en la vegetación y descendió por el campo de golf con la viveza cautelosa de una presa.
El cielo estaba tan oscuro que no se veía a un metro de distancia, y el viento lo empujaba todo hacia los acantilados.
Esperó, alerta. ¿Estaba Moriarty por allí también, acechando en algún lugar?
Iluminó brevemente para integrarse lo mejor que pudo en la vegetación, cerca de la pasarela que se extendía hacia la famosa aguja.
Su cuerpo se lanzaba, como movido por un último impulso, frágil, pero preparado para ese momento.
Con la intención de un final digno de ese nombre, la lluvia era obligatoria, por supuesto, y llegó sin previo aviso; unas gotas como clavos que perforaban la Costa de Alabastro con el estrépito de un astillero.
Léane volvió a ser un feto, la cabeza metida en el pozo de calor formado por su cuerpo encogido sobre sí mismo, con los brazos abrazando sus espinillas.
La humedad y el frío insidioso le lamieron primero la nuca, luego la espalda y el vientre, antes de atacar los huesos.
Resistió durante media hora, entumecida, con los labios azules como el fondo de una piscina, pero finalmente se refugió en un cobijo, más allá de la pasarela, en «la habitación de las hadas», esa boca tenebrosa que durante el día ofrecía una vista directa y clara de la aguja.
Se quitó rápidamente el abrigo y los guantes, sopló sobre sus manos entumecidas y se frotó los hombros para reactivar la circulación.
Pese a que evitaba la lluvia, el viento furioso se colaba como en un cuerno de niebla, azotaba, aullaba su lamento, ofreciéndole un anticipo de lo que podría ser el fin del mundo.
Fue en el momento en que alzó la mirada hacia el norte, a lo largo de la arista, cuando atisbó la pulsación. El círculo blanco de una linterna parecía balancearse sobre un mar enfurecido. Y se agrandaba cada vez más.
Moriarty estaba llegando.
Léane cogió el arma, quitó la seguridad y se pegó a la pared, a la izquierda de la cavidad. Le temblaba todo el cuerpo. Por fin. Allí estaba, en el fin de la tierra, de la historia, de su historia, sin esperanza de retorno y sin posibilidad de huida. Era ella o él, y era ahora o nunca.
En la roca justo detrás de ella, percibió los gritos de una colonia de aves marinas que anidaban; quizá fueran gaviotas.
Contuvo la respiración cuando el cono de luz devoró la cueva.
Los pasos resonaron sobre las últimas tablas crujientes y, lentamente, la sombra se alargó hasta alcanzar el fondo del espacio, escalándola como si intentara cobrar vida y envolver a Léane en una última danza macabra.
Entonces, el rostro apareció. Cuando lo descubrió, Léane sintió cómo le abandonaban sus últimas fuerzas.
—Jullian…
Su voz apenas era perceptible por el golpeteo de la lluvia. El hombre le quitó la pistola de las manos con delicadeza. Sabía que no le dispararía.
—Tu marido está muerto, Léane. Cayó de cabeza por una chimenea. Nos parecíamos mucho los dos, hasta tal punto que ni siquiera tú notaste la diferencia. Me llamo David Jorlain. Soy su hermano gemelo.