El manuscrito Capítulo 77
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Capítulo 77

Las conclusiones del examen forense coincidían con la escena del crimen.

Cuando la forense abrió el estómago, dijo « whisky » solo con percibir el olor.

Algunos somníferos no habían sido digeridos.

El cuerpo no había sido desplazado y no presentaba ninguna otra lesión aparte de las relacionadas con la caída en la chimenea.

Los análisis toxicológicos deberían confirmar lo que la médica ya suponía: una caída provocada por la ingestión de un cóctel mortal de alcohol y somníferos.

Así que Vic nunca vería el rostro de ese hombre.

¿Por qué Jorlain se había empeñado en borrar sus rasgos hasta su último suspiro?

¿Con qué propósito? El policía seguía pensando en la historia de los libros de Léane Morgan, trasladados de su librería al internado, en la agresión a su marido, en toda esa parte de Berck que se le escapaba entre los dedos.

Si Moriarty realmente estaba muerto, dejaba tras de sí un enigma enorme.

Vic apagó las luces, sumió el cadáver en la oscuridad y se quedó allí, inmóvil, como si esperara que las explicaciones surgieran de las tinieblas.

Pero la muerte no estaba especialmente habladora.

El silencio empezó a molestarle, así que salió de la sala.

Una capa de nieve fina acariciaba Grenoble; eran unos copos tan pequeños que sentía como si estuviera respirando polvo helado.

Estaba harto del invierno, de la montaña y de todo lo demás.

¿Qué hacía aún allí? Coralie… Era ella, y solo ella, quien lo ataba a esa región en la que había vivido toda su vida.

Se fue a pegar el culo en su silla, en la brigada, mientras esperaba los resultados del ADN.

Por una vez, mientras sus compañeros registraban la casa de Jorlain, él no podía hacer otra cosa más que esperar.

Necesitaba la prueba definitiva de que el hombre de la chimenea era Moriarty, alias David Jorlain, alias Luc Thomas, alias un niño salido de la nada, abandonado en un contenedor de basura por una madre desconocida.

Una existencia en forma de matrioska. Nacido entre la basura, muerto en medio de las cenizas.

Vic suspiró. Incluso con el líder de la red muerto, quedaba muchísimo por hacer.

Faltaba llenar los vacíos de esa investigación y entender los puntos más oscuros; encontrar a otros posibles implicados, aparte del trío del internado Rocas Negras; aportar algo de luz a todos esos padres, esos familiares cuyas vidas habían quedado destrozadas.

Vic no sabía si encontraría fuerzas para seguir rebuscando en el vacío.

Porque eso era todo lo que quedaba de esa historia.

La noticia llegó alrededor de las seis de la tarde. Manzato entró en la oficina con dos papeles en la mano, con aire victorioso.

—Es él, Altran. El ADN obtenido del cadáver hallado en la chimenea corresponde al cien por cien con el del pequeño Luc Thomas de hace treinta años.

Vic observó los resultados enviados por el banco de ADN.

Los perfiles genéticos eran idénticos; los ordenadores habían confirmado la correspondencia con la huella genética de Luc Thomas, que llevaba desde 2002 en el archivo.

Vic tuvo que admitir que, esa vez, el hombre sin rostro, sin familia, sin raíces, realmente había llegado a su fin.

Le devolvió las hojas a su jefe y se perdió en sus pensamientos, incapaz de escuchar las directrices que le golpeaban los oídos. Ya se preocuparía de eso más tarde…

De nuevo solo en su oficina, se frotó los ojos.

Estaba cansado, desgastado hasta el límite.

Ya imaginaba lo que se le venía encima. Tendría que explicarle a la madre adoptiva de Luc Thomas quién había sido su hijo.

También tendría que hablar con los Morgan y con todos los demás padres, enfrentarlos a la dura realidad.

La voz del padre de Apolline aún sonaba cristalina en su cabeza.

«Por mucho que esté aquí, haciendo gala de una falsa compasión, es ajeno al sufrimiento de la gente».

No, no era ajeno a ese sufrimiento. Se enfrentaba a él de frente, con cada víctima que se cruzaba en su camino.

Los monstruos existían y existirían siempre, con o sin él. Y seguirían devorando vidas, sin importar lo mucho que se esforzara.

Se puso el abrigo y se dirigió hacia la horrible zona comercial donde había estado sobreviviendo durante más de dos meses. «Miserable». ¿Existía una palabra mejor para describirse?

Pegado a la máquina de café situada en el vestíbulo del hotel, esperó a que Romuald terminara su turno para ir a ver a su perra, ese animal que tanto amaba, que nadie le quitaría, y cuya existencia olvidaba la mayoría de las veces.

El cocker inglés surgió del fondo de su caseta y lo colmó de generosos lametones. Era una enérgica bola de pelo con un pelaje increíble en la cabeza: negro en el lado izquierdo y blanco en el derecho, salvo alrededor de los ojos, donde los colores se invertían.

Vic se apretó contra él y rodó en la nieve, llorando a moco tendido. Frente al espejo opaco de su propia existencia, finalmente pronunció en voz alta el nombre de su perro.

MammaM 3 .

3 Aquí termina el manuscrito original de Caleb Traskman. Tal y como se indicó en el prefacio, las siguientes páginas fueron escritas por su hijo.