Capítulo 76
Colin y Léane entraron en la villa. El policía se bajó la cremallera del abrigo y sacó el ordenador portátil de su funda.
—No quiero que te sientas obligada a ver este vídeo, pero… creo que tendrás que hacerlo tarde o temprano, Léane. Y mejor que sea ahora.
La observaba con detenimiento, estudiando cada una de sus reacciones. ¿Debería Léane esperar a Jullian, negarse a ver el vídeo? Se sentó a su lado.
—Venga.
Colin clicó en un fichero. La imagen infrarroja aparecía en tonos blancos y negros, con matices verdes.
Léane reconoció esa parte de la bahía: las lenguas alargadas de arena, el serpenteante río Authie, el oasis de salicornias y coclearias.
La imagen se distorsionaba a veces por culpa de la llovizna.
La hora en la parte inferior marcaba las 17:02 h del 23 de diciembre.
El policía aceleró la reproducción y volvió a poner la velocidad normal cuando llegó a las 17:04 h. Luego señaló la pantalla.
—Ahí…
Léane notó una variación, lejos, muy lejos, al fondo de la bahía; dos puntos luminosos que finalmente desaparecieron. Los faros de un coche. Colin aceleró aún más.
—Tu suegro acaba de llegar por la carretera, a lo largo del canal.
Estaciona en el pequeño aparcamiento… Bueno, lo supongo, ya que fue allí donde encontramos su vehículo.
Por desgracia, la vegetación, el clima y la distancia nos impiden ver algo de eso.
Luego, no pasa nada durante media hora. Tal vez estuviera borracho, resguardado en su coche… Y después esto…
17:32 h. Léane se imaginó la oscuridad absoluta en la bahía, la pulsación regular del faro de Berck.
Una silueta insignificante emergió de la vegetación.
Cabalgaba sobre las finas láminas de agua, avanzaba por los grandes bancos de arena, cayendo en numerosas ocasiones.
La lluvia caía con más fuerza ahora, era imposible distinguir el rostro, y Léane solo podía adivinar la identidad de Jacques porque se acercaba cada vez más.
Su cabeza calva… El impermeable… Vagaba en la oscuridad como un mendigo, adentrándose en la bahía, hacia el mar y la cámara, mientras el agua subía por todas partes.
Lo rodeaba sin que él se diera cuenta, como una tarántula rodea a su presa.
—Es horrible. Horrible. ¿Qué pretendes, Colin? Maldita sea.
—Dos minutos…, dos minutitos… Espera a que disminuya la intensidad de la lluvia y verás.
Léane se obligó a mirar. Jacques tropezó de nuevo y se quedó sentado en la arena, empapado.
En el infierno de la naturaleza, su cuerpo sufría pequeños espasmos.
Léane estaba segura: estaba llorando. Lloraba como un niño mientras dejaba que la arena resbalara entre sus dedos.
Cuando la lluvia cesó, Colin señaló el extremo derecho de la pantalla. Miró a Léane de reojo.
—¿Qué ves?
Otra silueta surgió de entre la vegetación…
—¡Dios mío!
Pausó la imagen y se acarició los pelos cortos y pelirrojos de su barbilla, en plena reflexión.
—Se me pone la piel de gallina cada vez que lo veo.
Alguien lo vio morir, alguien que no se distingue por la lluvia, pero que probablemente estuvo allí desde el principio, oculto entre los arbustos, cerca del estacionamiento.
Te ahorro lo que pasó después, pero ese desconocido permaneció allí hasta las 17:55 h, momento en que Jacques fue arrastrado por el agua, sin llamar a los servicios de emergencia en ningún momento.
Léane se tapó la cara con las manos. Colin empujó una fotografía hacia ella.
—Siento hacerte pasar por esto. Hemos sacado esta imagen del vídeo. Hemos hecho todo lo que hemos podido: la ampliamos, optimizamos los ajustes, pero no conseguimos nada mejor que esto…
Léane observó la imagen.
—Es imposible decir si se trata de un hombre o de una mujer. Parece que lleva una capucha y un impermeable de pescador. Con esa prenda, es difícil conseguir algún indicio morfológico.
Léane sentía que caminaba manteniendo el equilibrio por la cresta de una montaña, con un precipicio a cada lado. El policía la observó detenidamente antes de aclararse la garganta.
—Siento mucho tener que hacerte esta pregunta en unas circunstancias como estas, pero… ¿no te suena? Tenemos a un experto que cree que esa ropa de pescador es de un color claro, que podría ser amarilla o gris, algo similar a eso...
Señaló la fotografía de Jullian en el marco, al lado de la librería. Léane ya veía el fondo del abismo: estaba a punto de estrellarse y no volver a despertar.
—No… no sé. Es demasiado brutal. ¿Qué quieres que te diga? —Cogió el marco—. Todo el mundo tiene ese tipo de prendas por aquí, podría ser cualquier persona. No estarás insinuando que… En fin, quiero decir, ¿sigues haciéndote preguntas sobre Jullian, como llevas haciendo estos últimos cuatro años?
—Me conoces de sobra, Léane… Solo quiero entender.
Un padre muere mientras llora desconsoladamente y alguien se queda mirando cómo fallece…
Es normal que la primera persona que quiera interrogar sea su hijo, ¿no te parece?
Antes de encontrarme contigo en la bahía, me tomé la libertad de echar un vistazo en el cobertizo.
No encontré la ropa que se ve en la foto.
¿Se te ocurre qué pudo haber hecho Jullian con ella?
—No, no. ¿Cómo quieres que lo sepa? Yo ya no vivía aquí y Jullian está amnésico. ¿Qué quieres decir con todo esto?
Sacó su cuaderno, se chupó el dedo índice y empezó a pasar las páginas.
—Me gustaría que regresáramos precisamente al día 23 de diciembre. Fui yo quien trajo a Jullian hasta aquí después de que le dieran el alta en el hospital. Debían de ser alrededor de las tres de la tarde… De paso, aproveché para recoger mi cartera, ¿recuerdas? Me la había olvidado el día anterior…
Léane asintió, sumida en el silencio.
—Comprobamos el historial de llamadas de Jacques. Jullian llamó a su padre a las... 15:22 h, exactamente. Fue una llamada que duró menos de cinco minutos. Como dijo él, probablemente solo fue para informarle de que le habían dado el alta. Tiene sentido.
Apoyó el dedo en la pantalla del ordenador.
—Una hora y media más tarde, su padre aparca al borde de la bahía, se emborracha y se ahoga.
¿Por qué cometer un acto así? ¿Por qué justo después de que su hijo saliera del hospital?
A eso ya no le encuentro tanto sentido. Iba a ver a Jullian al hospital cada día.
Si hubiera sido él, probablemente habría venido hasta aquí, a vuestro hogar, para ver qué tal iba la vuelta a casa.
No me habría ido a ahogarme. ¿Por qué esperar el alta de Jullian para actuar?
—Jacques no estaba bien.
—Sí, sí, lo sé. Jullian me lo ha dicho unas cuantas veces.
Parece ser que estaba bajo tratamiento de depresión, a juzgar por las pastillas encontradas en el alojamiento y por los resultados de los análisis toxicológicos.
Pero… algo le afectó profundamente esa noche, hasta tal punto de cometer un suicidio.
Necesito aclarar todo esto, ¿entiendes? Porque esta historia me está volviendo loco.
Quizá puedas ayudarme a llenar el vacío entre el momento en que dejé a Jullian aquí y el momento en que se ven los faros de un coche en el vídeo.
Si mi memoria no me falla, no estabas aquí para recibir a Jullian cuando regresó. ¿Recuerdas a qué hora volviste a casa?
Léane se levantó y fue a servirse un whisky para ganar algo de tiempo.
Colin rechazó el vaso que le ofreció haciendo un gesto de la cabeza.
El día 23… ¿Qué estaba haciendo ella el día 23?
Ah, ya recordaba: estaba de vuelta de Reims, después de haber amenazado al psiquiatra con un arma y de haber conseguido información sobre Giordano.
Recordó que le había mentido a Jullian, así que se limitó a repetir la excusa que había utilizado:
—Volvía de París, todavía hasta el cuello de problemas con todo el tema del plagio con mi editorial…
Debí de llegar a casa alrededor de las cuatro de la tarde, cuatro y media como mucho.
Recuerdo que me sorprendió toparme con Jullian sentado en el sillón.
A partir de entonces, no volvimos a separarnos.
—¿Estás segura?
—Totalmente.
Colin apretó los labios, tomó un par de notas y cerró el cuaderno con un golpe seco. Luego la miró, sin pestañear, con ese brillo sombrío en el gris de sus pupilas y sus rasgos pesados, como los de un hombre que de repente se entera de que su mujer lo deja.
—Entendido.
Se levantó y guardó el ordenador portátil sin pronunciar una sola palabra.
Ni siquiera la volvió a mirar. En ese preciso momento, lo entendió todo: Colin sabía que le estaba mintiendo y que nunca había ido a ver a su editor.
Seguro que había llamado a la editorial y lo había anotado en rojo en su maldito cuaderno: «¿Dónde estaba Léane todas las veces que dijo estar con su editor?
¿Por qué mintió?» Se bebió el whisky de un solo trago.
Tenía que hacer algo; tenía que llenar ese silencio mortal en el que el policía se había sumergido.
¿Por qué había venido él solo con ese vídeo?
¿Por qué se enfrentó a ella y no a Jullian?
¿Había querido darle una oportunidad para que confesara? ¿Comenzaba a sospechar de ella también?
Lo acompañó hasta la puerta. Se giró hacia ella.
—Guarda la foto. Es bastante probable que regrese mañana para hacerle unas preguntas a Jullian.
Si queréis llamarme alguno de los dos, no dudéis en hacerlo.
Hay algo que se me escapa en toda esta historia, varios vacíos que no consigo llenar, pero ya sabes que me parezco un poco a las mareas.
Me llevará mi tiempo, pero conseguiré llenar esos vacíos, tarde o temprano. Adiós, Léane.
Se dio la vuelta, con la nariz hundida en el cuello del jersey, y corrió hacia su coche. Léane cerró la puerta, se apoyó en ella y respiró hondo. Cogió el marco con la foto de su marido y volvió a pensar en la silueta oculta.
Corrió al garaje, rebuscó en la guantera del coche hasta encontrar un tique de peaje del trayecto de la autopista desde Reims hasta la salida a diez kilómetros de Berck, el día 23 de diciembre.
El horario indicaba las 18:48 h, aproximadamente una hora después del supuesto ahogamiento.
En teoría, Jullian habría tenido tiempo de regresar a pie por la playa.
Caminando rápido, se tardaría unos treinta minutos desde ese extremo del canal.
Debido a la marea, habría tenido que tomar el puente, rodear un sendero que pasaba por el bosque, y luego volver a la arena, más al sur.
Pero ¿qué quería decir todo eso? ¿Que Jullian se encontraba al lado de Jacques en el coche antes de que se ahogara? ¿Quién si no?
Sentada en el sillón frente a la chimenea, Léane se colocó una manta sobre los hombros. El frío ya no la abandonaba. Los ventanales daban a una oscuridad absoluta; era como si la casa derivara en un espacio helado e infinito.
La mente de Jacques era frágil. ¿Era posible que Jullian lo hubiera animado a internarse en la bahía?
Pero ¿cómo se puede empujar a un hombre a morir?
¿Mediante una amenaza? ¿Con palabras? Jacques lloraba en el vídeo.
Las palabras pueden herir, pero ¿qué palabras lo bastante fuertes y destructivas podría haber pronunciado un amnésico como para llevar a alguien al suicidio?
A menos que, como decía el médico, Jullian nunca hubiera estado o ya no estuviera amnésico.
Léane se sobresaltó cuando escuchó el ruido del motor, dos horas más tarde. Se tensó todavía más cuando la puerta se abrió. Jullian se acercó a abrazarla por detrás, deslizando los labios por su cuello.
—Ya está hecho.
Sus palabras, su olor… Léane sintió un escalofrío. Él se colocó frente a ella y miró la botella de alcohol y luego la maleta cerrada, de pie sobre sus ruedas.
—¿Qué quiere decir esto? ¿Te marchas?
Léane inspiró y sacó la foto de debajo de la manta.
—¿Me puedes explicar esto?
Jullian miró la imagen.
—¿Qué es?
—¿No lo sabes?
—Claro que no. Explícamelo.
—Había una cámara la noche que tu padre se ahogó. Estaba escondida entre los árboles del otro lado del canal. ¿Te suena Bérenger Argoud?
—¿Quién?
—Alguien que conoces bien, un ornitólogo. Se interesa por la colonia de focas, como tú. Colin se pasó por aquí y me enseñó el vídeo. Esa silueta que ves en la foto se quedó mirando cómo las aguas engullían a tu padre y cómo se ahogaba.
Jullian se dejó caer en el sillón.
—No me lo puedo creer.
Léane permaneció en silencio; las rodillas dobladas contra su busto.
Le asustaba su propio marido. Las imágenes violentas no dejaban de desfilar por su mente: Jullian rompiéndole el pie a Giordano…
, la forma en la que había golpeado al ladrón con cara de mero…
, la parte posterior del cráneo destrozado del policía…
¿La amnesia explicaba todas esas reacciones exacerbadas que desconocía de él?
¿Jullian era así de violento antes de su agresión?
Una voz grave la arrancó de sus pensamientos:
—¿… pensarás que tengo algo que ver con eso?
—Cuando saliste del hospital, ¿por qué llamaste a tu padre y no a mí?
—¿Por qué? ¡Porque quería darte una sorpresa! Le dije a mi padre que todo iba bien y que lo esperábamos al día siguiente para celebrar Nochebuena. Me quedé en casa, intentando adaptarme a la situación y esperándote; no quería llamarte para no estropear la sorpresa.
Se levantó y se llevó las manos a la cabeza. Se le marcaba una vena gruesa en la frente.
—¡Joder, Léane! ¿Sospechas de mí? ¿Por qué habría hecho algo así? ¿No se te ha pasado por la cabeza que quizá esa silueta puede ser ese puto parásito que se nos metió en casa?
Se dirigió hacia el ventanal, lo abrió de par en par y contempló la noche. El viento se coló en la habitación.
—¿Quién dice que no nos está vigilando en este preciso momento, que no intenta destruirnos?
Se quedó ahí, plantado ante la inmensidad. Luego se acercó a su mujer y quiso abrazarla, pero ella se apartó. Se levantó de golpe.
—Lo siento, pero no puedo. Hay algo que ha cambiado en ti. No sé el qué, y no sé si esta transformación ya había empezado antes de que orquestaras tu propia agresión y nos metieras a los dos en este infierno. Pero, en todos los casos, tú ya no eres el hombre que conocí.
Se puso el abrigo y cogió la maleta.
—Me vuelvo a París unos días, necesito pensar.
Lo miró con tristeza. Jullian tenía los brazos caídos y la espalda encorvada.
—Así que me abandonas en medio de la tempestad… ¿Nos dejas solos a mi memoria fracturada y a mí? Estamos unidos para siempre, ¿acaso lo has olvidado?
—No lo he olvidado. Cada hora que pasa, escucho esos malditos golpes con la pala.
En cuanto cierro los ojos, veo el rostro hinchado de Giordano.
Pero mañana por la noche tengo algo que hacer, un viaje que espero que por fin me dé las respuestas que busco.
Sea cual sea la forma en que termine este calvario, lo importante para mí es eso: que termine de una vez.