Capítulo 75
Moriarty había eliminado su rostro una vez más.
Vic no se sentía tan excitado ni confiado como sus compañeros, pues había algo que lo inquietaba, aunque no sabía exactamente qué.
Los eventos se habían sucedido demasiado rápido en las últimas horas: el interrogatorio de Jeanson, la memoria USB escondida detrás de las ecuaciones, luego la identidad de Moriarty…
, como si todo se hubiera desbloqueado de repente.
Contempló aquella noche estrellada, que hacía que la nieve brillara.
Las colinas desaparecían, perseguidas por la velocidad de los coches.
Vic giró la cabeza hacia su compañero. Podía ver cómo le brillaba el ojo derecho y cómo apretaba la mandíbula.
La casa era igual que el propietario: borrada del mundo, invisible, en lo alto de la ciudad, con el río Ródano justo abajo y el bosque alrededor.
Era necesario tomar un camino de tierra, entre los árboles, para llegar hasta ella.
Una vez aparcados los vehículos, los hombres bajaron; los más corpulentos al frente.
Todo estaba tranquilo, tal vez demasiado.
La casa de piedra, de un solo piso, se alzó ante sus atentas miradas.
Era antigua, de tamaño medio, protegida por una verja y rodeada por un alto muro de ladrillo.
Todas las persianas estaban bajadas y las luces parecían apagadas, pero había un sedán gris y una furgoneta blanca estacionados a lo largo de la fachada.
Vic sintió el sabor de la excitación quemándole los labios.
¿Iban a poner fin a aquel caso de una vez por todas?
No tuvieron problemas para abrir el portal y, una vez en el jardín, los hombres actuaron con más prudencia todavía: todos recordaban el fracaso en casa de Delpierre.
Muy rápidamente, con gestos precisos y coordinados, se distribuyeron para vigilar las salidas, mientras que un grupito compacto se encargaba de la puerta principal.
Veinte segundos después, irrumpieron en el interior, linternas en mano y fusiles al hombro.
Esa vez no hubo ni un solo disparo. Revisaron el piso superior y la planta baja, los equipos se aseguraron de que no hubiera peligro.
La casa parecía vacía. Alguien encendió las luces.
Desde la sala, el jefe del grupo de intervención hizo señas a Manzato y a sus tenientes para que se acercaran.
Tenía el rostro serio. Cuando los policías se adentraron en la habitación, reconocieron el olor de la muerte.
El cuerpo de un hombre con vaqueros y camiseta yacía con la cabeza y los brazos introducidos en el hogar de la chimenea.
Estaba un poco hinchado y había sido quemado hasta los codos y la nuca.
El cabello se había encogido sobre el cráneo como unos finos resortes.
En el suelo, un poco apartadas, había una botella de whisky y unas pastillas sacadas de su caja. Somníferos.
Manzato prohibió que se acercaran y empezó a hacer llamadas.
A Vic solo le apetecía una cosa: lanzarse sobre el cadáver para darle la vuelta, enfrentarse a ese rostro chamuscado, convertido en humo, a ese semblante que, una vez más, iba a escapársele entre los dedos.
No era posible: Moriarty no podía estar muerto; no podía haberse quitado de en medio y llevado consigo todas las respuestas; todo menos eso.
Vic recorrió las salidas: nada roto ni sospechoso; la casa había sido cerrada con llave desde dentro. Una voz se alzó por detrás de él:
—Venid a ver esto.
Mangematin los llamó desde el primer piso.
Subieron y descubrieron que una de las dos habitaciones estaba protegida por una puerta blindada.
Había una reja en la ventana; la cama estaba sellada al suelo; la televisión, empotrada en la pared e inaccesible.
¿Una celda? Pensó en Sarah Morgan, la primera en ser secuestrada, la última en morir.
¿Habría estado allí retenida y no en el sótano de Delpierre?
¿Había ocupado esa habitación durante cuatro largos años?
Pero ¿por qué ese trato tan particular, si todas las demás habían muerto poco después de su secuestro?
Se puso unos guantes de látex y entró en la habitación. Abrió el armario. Había ropa de mujer, doblada con cuidado. Vestidos, ropa interior… Acarició una chaqueta deportiva y la reconoció: era la que llevaba Sarah el día de su desaparición. Moriarty nunca se deshizo de ella.
Se dirigió a la habitación contigua, aquella sin puerta blindada.
Todo apuntaba a que allí dormía el propietario del lugar.
Todo estaba limpio; la cama, perfectamente hecha; los trajes y las corbatas, bien organizados en perchas.
Olía a almizcle. En la pared, una copia de un cuadro de Greuze, Jeune Fille avec une rose («Niña con una rosa»).
Vadim estaba en el despacho, al final del pasillo, con la nariz metida en papeles y libros sobre bienes raíces. Vic se unió a él.
—Parece que trabajaba en una inmobiliaria. Alquileres, ventas. Un autónomo, o algo por el estilo.
Vic se apoyó en la pared y suspiró. Vadim lo miró de reojo.
—¿En qué piensas?
—No sé, pero tengo la sensación de estar dando un paseo por un museo…
¿Recuerdas las últimas palabras de Jeanson?
«Creéis que estáis jodiendo a Moriarty, pero es él quien os está jodiendo a vosotros».
Y luego está eso que escribió Delpierre en su carta, habló de «la más hermosa de las desapariciones, a ojos de todos».
Hay algo que no cuadra. No me imagino al hombre que buscamos muriendo de esta forma, con la cabeza metida en el fuego de la chimenea.
—Si esa no es una de las desapariciones más hermosas, ¿qué es, entonces? Quizá jamás sepamos cómo era físicamente, pero ese puto chiflado está muerto, Vic. Está bien muerto, eso sin duda.
Pero Vic ya no lo escuchaba. Volvió a bajar al salón. Manzato se despidió del equipo de intervención, que ya volvía de regreso. Luego se dirigió a su subordinado.
—La Policía científica está a punto de llegar. —Señaló el cadáver—. He llamado al juez y solicitado un análisis de ADN de prioridad extrema. Mañana tendremos la confirmación de que es Moriarty.
Vic contempló la escena sin decir nada. Los medicamentos, la botella, el cuerpo en la chimenea: la sensación de estar en una partida de Cluedo, con todos los elementos clave a la vista.
Demasiado caricaturesco, demasiado simple.
¿Acaso Moriarty no habría desaparecido de este mundo con mucho más despliegue, con más estilo?
¿O quizá Vic se había equivocado con él?