Capítulo 74
Léane estaba de pie frente al mar, en esa bahía que tanto había amado.
Solitaria y abrigada con su cazadora, miraba el horizonte.
En la orilla, allá a lo lejos, unas gaviotas de pico amarillo recorrían la espuma, pescando pequeñas gambas grises o pececillos diminutos atrapados en los charcos.
Iban y venían, clavando el pico ante el más mínimo movimiento.
Luego, una vez terminado su espléndido ballet , se irían a descansar y se esconderían para huir de sus depredadores.
Y volverían a hacer lo mismo una y otra vez. La eterna lucha por la supervivencia.
Su mirada se perdió hacia la izquierda, en dirección al sur.
A doscientos kilómetros de allí, Étretat y sus gigantescas acantilados la esperaban la noche siguiente.
A la derecha, hacia el norte, a una hora en coche, el fuerte de Ambleteuse.
Jullian probablemente acababa de llegar allí.
Iba a limpiar y vaciar el lugar donde Giordano se había desangrado y exhalado su último aliento, como si tres gotas de lejía bastaran para borrar la crueldad de sus actos.
Léane no lograba olvidar las palabras del médico con un nudo en la garganta.
Y, sin embargo, como su mujer que era, seguía convencida de que su marido no estaba fingiendo.
Lo había comprobado a primera hora de la tarde.
Jullian no soportaba que dejara la tapa del cubo de la basura abierta, siempre volvía atrás para colocarla en su sitio.
Sin embargo, esa vez no reaccionó. Desde su regreso, dormía del lado incorrecto de la cama.
No se dejó atrapar por los nombres, los lugares que ella había mencionado de manera inocente.
Sus ojos permanecieron apagados cuando le mostró fotos de su madre o de su padre junto a él, de niño, sentado en sus rodillas.
Pero siempre, siempre, volvía a esa agresión que casi acaba con él, toda esa preparación que él mismo había orquestado, esas falsas pistas… La duda la corroía, pero Léane ya no tenía la mente lo suficientemente clara como para ser capaz de discernir las cosas.
Su teléfono empezó a sonar. Era el policía de Grenoble. Respondió a sus preguntas, le dio sus códigos de acceso a su cuenta de LocHolidays y colgó. La brigada criminal parecía avanzar. Tal vez esos policías finalmente descubrirían la verdad.
Con el rostro helado, se dio la vuelta hacia La Inspiradora.
Por las luces, su forma y los grandes ventanales, parecía un transatlántico navegando sobre una ola de arena; el escenario del peor de los thrillers .
Cualquiera que contara lo que Léane había vivido en las últimas semanas tendría la mejor historia del año.
Pero aún hacía falta un final para esa historia, un desenlace. Y Léane no podía saber cómo terminaría todo en los acantilados de Étretat. En El manuscrito , a su protagonista, Judith Moderoi, la empujaban al vacío.
Una silueta apareció en la oscuridad, que, con su extrema lentitud, se apoderaba de la bahía.
Se dirigía hacia ella, en ese espacio infinito de naturaleza salvaje.
La postura, la caminata, el mechón rojizo que sobresalía del gorro y ese inmenso abrigo que lo hacía parecer un muñeco Michelin…
Colin. Léane se deshizo de sus gélidas lágrimas con un gesto discreto y fue a su encuentro.
El policía mantuvo las manos dentro de los bolsillos.
—He llamado al timbre. Luego te he visto aquí sola…
Léane se fijó en que llevaba la funda del ordenador, que le colgaba del hombro.
—Jullian necesitaba estar solo. Se ha ido a dar una vuelta en coche a lo largo de la costa. Se siente perdido e incapaz de completar todo el papeleo necesario tras la muerte de su padre. Es tan difícil por todo lo que está pasando en este momento… Tenemos que ponernos en su lugar.
—Lo entiendo, por supuesto… Todo esto debe de ser extremadamente complicado de manejar, incluso para ti. ¿Sabes a qué hora va a volver?
—No. Y está totalmente incomunicado, ya que todavía no le has devuelto el móvil. ¿Quieres verlo?
—Si, me habría gustado. Tengo novedades respecto a la muerte de Jacques…
Se pusieron en marcha de regreso a la villa. Léane se cruzó de brazos, pues tuvo un mal presentimiento. Colin parecía muy perturbado.
—El forense ha confirmado el ahogamiento. Los análisis toxicológicos revelaron un alto grado de intoxicación, al menos tres gramos por litro de sangre. Es evidente que, con tal nivel, difícilmente podría mantenerse de pie y, sobre todo, ya no era consciente del peligro en la bahía.
—Qué horror…
Caminaron en silencio unos cuantos metros.
—No debería estar aquí, Léane. No debería contarte todo esto porque hay una investigación en marcha. Pero…
Le dedicó una mirada cargada de tristeza y resignación.
—Nos conocemos, y confío en ti. Si hubiera algo que debería saber, ¿me lo contarías?
—Claro. Pero… ¿qué pasa?
Colin no respondió de inmediato. ¿Qué había descubierto? Léane tenía la sensación de que tenía una cuerda atada al cuello.
—Tengo que hablarte de un tipo que se plantó en comisaría esta mañana. Es un ornitólogo de Fort-Mahon, se llama Bérenger Argoud y trabaja en el parque de Marquenterre. ¿Te suena el nombre?
—Vagamente, pero sí.
—Me contó que Jullian y él se conocían bastante bien, sobre todo por el tema de las focas: Argoud se encarga de censarlas y estudiar su desplazamiento por la bahía de Authie desde hace un montón de años. Hace un tiempo, los dos hombres defendieron la colonia y se enfrentaron a los pescadores.
—Sí, me acuerdo de eso.
—Argoud estaba especialmente interesado en las grandes mareas, quería entender hasta qué punto afectan los comportamientos de la colonia.
Suele situarse en el extremo del canal de Groffliers, ya que considera que es uno de los mejores puntos de observación de la colonia cuando no se encuentra en la punta de Berck.
Durante el día, la observa con binoculares y saca fotos, pero, en cuanto empieza a oscurecer, es decir, alrededor de las cinco de la tarde a estas alturas del año, coloca una cámara infrarroja gran angular, bien oculta de los posibles transeúntes.
La posiciona en lo alto de uno de los árboles del pinar que bordea el norte de la bahía. ¿Sabes dónde?
Léane asintió. Colin cada vez le recordaba más a una araña tejiendo su tela. Estaban llegando al pie de la duna.
—Argoud no miró hasta ayer, bien entrada la noche, las grabaciones de la noche del sábado 23 de diciembre. Me las ha enseñado, Léane… Me ha enseñado lo que grabó su cámara.
—No me digas que… que se ve cómo se ahogó Jacques.
Colin hizo un gesto con la cabeza hacia La Inspiradora.
—Y otra cosa muy perturbadora. Entremos, que hace frío.