El manuscrito Capítulo 73
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Capítulo 73

Alrededor de las cuatro de la tarde, en la brigada. Los hombres estaban tensos y los rostros serios. ¿Jeanson les había dado la pista que los había conducido hasta su escondite a propósito? ¿O su desprecio, su odio y su ego bien hinchado lo habían llevado a cometer un error?

Frente a Manzato y Vadim, Vic insertó una copia de la memoria USB en su ordenador y el contenido apareció en pantalla.

Se trataba de una lista de directorios, nombrados con nombres propios.

Amandine, Justine, Fabienne, Sarah… Había nueve, como las nueve llaves; nueve nombres de mujeres que aparecían en el monitor, uno tras otro.

Vic se masajeó las sienes con un suspiro.

—Los directorios llevan el nombre de cada una de las nueve desaparecidas, las nueve chicas que Jeanson raptó y que Delpierre enterró meses más tarde.

Vic clicó en la carpeta que se llamaba S ARAH y reveló una serie de fotografías.

Se habían sacado en el interior de una casa pequeña o un apartamento.

En cada una de ellas, aparecía Sarah Morgan en diferentes habitaciones, ya fuera en primer plano o más alejada.

Rubia, magnífica, ligera de ropa: con un vestido veraniego, con un bañador o incluso desnuda mientras estaba bajo la ducha.

Vic calculó que no debía de tener más de diecisiete años cuando se tomó esa instantánea.

Sin duda, las imágenes se habían sacado antes de su desaparición.

Vadim señaló la parte de debajo de la pantalla.

—También hay vídeos.

En efecto, los iconos aparecieron bajo las fotografías. Vic clicó en uno de ellos. Un ojo palpitante apareció durante unos segundos.

—Es el ojo que aparecía en la darknet , el que pide una contraseña cuando se clica sobre él.

El ojo desapareció y enseguida empezó a sonar una música de ambiente. Alguien había grabado a Sarah, desnuda sobre su cama. Un cuerpo perfecto. Ella se acariciaba el sexo y los senos; una larga escena de masturbación que hizo que los hombres se sintieran incómodos. Vadim permaneció concentrado.

—Ese plano realizado en picado, lo fija que está la imagen… Parece una cámara oculta.

Vic empezó a hacer un recorrido por el resto de los vídeos. Se veía a Sarah bajo la ducha o en el salón. Nunca miraba hacia la o las cámaras, ni en los vídeos ni en las fotos. La habían grabado sin que ella lo supiera.

—Quizá lo hicieran con minicámaras incrustadas en las paredes y ocultas tras los objetos. A día de hoy, cualquiera puede comprar cámaras de alta definición capaces de grabarlo todo, no más grandes que un clavo.

Vic contempló el mobiliario y la distribución de las estancias.

Sarah no se encontraba en su casa, en la villa de Berck.

El lugar era agradable, bien decorado, acogedor.

En ningún momento se veía el plano de una ventana ni una vista exterior que pudiera dar una idea del lugar donde se habían grabado esos videos. ¿Ciudad, campo o montaña?

—¿Os habéis fijado en cómo se han montado estos vídeos? —recalcó Vadim—. Los planos, la música seductora… El montaje se ha hecho con sumo cuidado, para que… resalte la belleza de la joven, para que todo resulte lo más excitante posible.

Vic no entendía nada. ¿Quién había creado los vídeos?

¿Moriarty? ¿Jeanson? ¿Delpierre? ¿Cuál era su objetivo?

Pensó en el lujoso chalé ubicado en La Chapelle-en-Vercors, donde habían llevado a algunas de las chicas.

La vista sobre las montañas, el jacuzzi , las copas de champán…

¿Quién sacaba provecho del alojamiento y de las víctimas?

¿Existía la posibilidad de que hubiera otras personas implicadas, que existieran otras conexiones?

El policía estaba furioso, tenía la sensación de que se le estaba escapando la esencia misma del caso.

Manzato apoyó los puños sobre el escritorio.

—Abre otra carpeta.

Vic clicó en otro nombre, el de Pauline; Pauline Perlot, la quinta secuestrada. La presentación se repetía. Fotografías y vídeos íntimos de la víctima, grabados sin su consentimiento; la música excitante, igual que con Sarah.

Nuevo repertorio. Justine: radiante, con una sonrisa sincera, llena de vida. También grabada en diferentes situaciones, pero siempre en ese mismo sitio. A veces vestida, otras veces no. La única diferencia con Sarah es que ella era morena.

El equipo vio el resto de las fotografías y vídeos. Vic estampó el dedo índice contra la pantalla.

—Siempre es el mismo sitio. Unas chicas que no tienen nada que ver entre ellas, que no se conocen y a las que graban sin su consentimiento en un lugar idéntico, lleno de cámaras en miniatura. Solo puede haber una explicación…

—¿Una propiedad en alquiler?

—Sí, eso creo. Una propiedad en alquiler equipada con cámaras ocultas.

El policía descolgó el teléfono de su despacho y marcó un número. Respondieron después de que diera tres tonos.

—¿Léane Morgan?… Vic Altran, el policía de Grenoble. Espero no pillarla en mal momento…

Escuchaba el soplo del viento y los gritos de los pájaros. Puede que Léane Morgan estuviera al borde del mar.

—Necesito que haga memoria para darme una información muy concreta.

¿Su hija o usted vivieron o alquilaron un apartamento o una casita pequeña antes de su desaparición?

Durante el verano, con un sofá de esquina rojo, una ducha italiana, muebles coloridos y de aspecto antiguo.

Si lo desea, puedo enviarle fotos del lugar y…

—No recuerdo cómo era el mobiliario, pero sí, alquilamos un apartamento para pasar unos días en Annecy. Fueron nuestras últimas vacaciones siendo tres.

Vic había puesto el altavoz.

—Y ¿sería posible que me proporcionara la información del lugar? ¿La dirección y el nombre del propietario?

—¿Habéis encontrado algo?

—Puede ser. Pero me gustaría comprobarlo antes de contarle nada.

—Lo alquilamos a través de una reserva en línea; creo que se llamaba LocHolidays o algo así…

Los policías intercambiaron una mirada.

—Debimos de utilizar el servicio dos o tres veces en total. Tenía una cuenta; ni siquiera sé si todavía sigue activa. Tendría que conectarme, pero… Escuche, yo... no estoy en casa. Lo mejor es que le dé el nombre de usuario y la contraseña, y que mire por usted mismo. Confío en usted.

Le proporcionó la información. Vic le dio las gracias y colgó, antes de abalanzarse sobre el teclado de su ordenador. Se conectó a la página web en cuestión de segundos con los datos de Léane.

—Funciona.

Se dirigió hacia la pestaña de reservas.

—Aquí está el apartamento…

Señaló la dirección, cerca del lago de Annecy. Clicó para acceder a los detalles. El anuncio del alojamiento ya no estaba en línea, pero las fotos de la descripción seguían allí. El sofá rojo, los muebles coloridos… El apartamento había sido alquilado por los Morgan seis meses antes del secuestro.

—Queda claro: así era como Moriarty seleccionaba a sus víctimas.

Posee un alojamiento que pone en alquiler.

Es como una trampa. Graba a las presas que le interesan.

Tiene toda la información que quiere sobre ellas: sus direcciones, sus fotos…

Y puede colarse en el piso en su ausencia, hacer fotocopias de los papeles, duplicados de las llaves…

Es pan comido. Luego Moriarty le pasa todo eso a Jeanson para que se encargue del secuestro meses más tarde.

Deben dejar pasar tiempo, para evitar que la Policía haga la conexión.

—Enséñanos el nombre de ese cabronazo.

Vic clicó en un enlace. Había una foto, una de las que ya habían visto bajo la falsa identidad de Pierre Moulin: el tipo rubio de sonrisa deslumbrante y camisa reluciente. El encuadre era el mismo. Vadim estaba que se subía por las paredes.

—Aunque la foto sea falsa, es él. Es él.

Bajo el retrato, las coordenadas aparecían como certificadas por la página web. Como arrendador de inmuebles, era probable que Moriarty hubiera tenido que presentar papeleo y referencias bancarias reales.

Esta vez ya no era PM, ni Moriarty, ni el doctor Watson. Ya no había posibilidad de esconderse tras un seudónimo.

El hombre invisible al que perseguían, el cerebro y el eslabón central de la cadena de muertes, el Luc Thomas del pasado, hoy se llamaba David Jorlain.