Capítulo 72
Vic y Vadim subieron en silencio al primer piso de la casa de Jeanson. La vivienda estaba congelada, la escalera crujía y el polvo se había depositado sobre las barandillas y los muebles, lo que daba una sensación de abandono. Vadim seguía enfadado, porque no entendía qué pintaba allí.
Llegaron a la habitación del Viajero, la de un completo zumbado. Había fórmulas matemáticas por todas partes en el papel pared: amontonadas, entrelazadas, deshechas como unas largas cintas de tinta incomprensibles.
—Bueno, ¿me lo explicas de una vez, maldita sea?
No entiendo nada de estas mierdas. Hay tipos que saben mucho más que nosotros que ya han analizado todo para ver si Jeanson había escondido ahí dentro información sobre sus víctimas.
No hay nada más que podamos encontrar. Entonces, ¿qué coño estamos haciendo aquí?
—Jeanson ha dicho que las respuestas estaban delante de nuestras narices desde el principio…, que no somos capaces de abrir los ojos ni mirar en profundidad tras la complejidad aparente de unas ecuaciones sencillas. ¿Y qué hay en esta habitación?
—Ecuaciones… Pero no son sencillas, precisamente. No entiendo una puta mierda.
Vic pasó la mano por las escrituras y empezó a examinar el papel pared. Encontró el borde de una cinta y tiró de ella con un movimiento rápido. Vadim frunció el ceño.
—¿Qué haces? Joder, Vic, tampoco vamos a…
—Ayúdame.
Vadim se puso enseguida manos a la obra. Al final, encontró una especie de satisfacción rabiosa al desgarrar toda la locura de Jeanson, al arrancar las largas tiras provocando un crujido. Gruñó de satisfacción.
—Qué bien sienta… Puto loco… ¡Que te follen!
Se puso a despotricar él solo en su rincón. Por desgracia, detrás del papel pared no había nada más, solo cemento. Vic dejó de rasgar, pues era demasiado lento y tedioso, y presionó las manos contra el papel, en busca de un defecto o una protuberancia.
Y la persistencia dio sus frutos. Al cabo de media hora, encontró en la parte trasera de la cama, a un metro de altura más o menos, escrito en grande: 44, el número de jugadas que duró la Inmortal de Kaspárov.
Una tira estaba un poco despegada y sonaba hueco justo detrás.
Tiró de ella y descubrió un agujero de unos diez centímetros en el cemento. Vadim se acercó corriendo hacia él.
Vic metió la mano en el interior y sacó una bolsa transparente que contenía varias llaves. Las extendió por la cama ante la mirada atenta de su compañero, con el ceño fruncido. Sin números de serie, mismo color, formas diferentes. Vadim las observó con detenimiento.
—Hay nueve. ¿Serán las llaves de las casas de las víctimas?
—Es bastante probable…
—¿Cómo se hizo con ellas, joder?
Vic volvió a rebuscar en el pequeño compartimento. Palpó con los dedos una superficie lisa, plastificada: una memoria USB.