El manuscrito Capítulo 70
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Capítulo 70

Andy Jeanson estaba esposado con esmero; las manos por delante; una cadena sujeta al anillo de acero de la mesa.

Se le veía aún más desabrido y delgado que la última vez, con los pómulos puntiagudos como el sílex y la piel pegada a los huesos y grisácea como los barrotes de su celda.

Se hizo una serie de tatuajes, estrellas entrelazadas las unas con las otras alrededor de un collar de tinta, a la altura del cuello. Miró a Vic con una expresión desdeñosa.

—Menudo careto traes, madero. ¿Qué te ha pasado? ¿Algún caso que te trae de cabeza o qué? ¿En qué andas metido? A lo mejor todo eso te queda grande.

Vic se sentó en una silla enfrente de él y colocó una carpeta beige a su lado, que llamó la atención de Jeanson durante un par de segundos. Se concentró y habló con un tono de voz fuerte y autoritario.

—¿Está seguro de que no quiere que su abogado esté presente? Todo lo que diga podría ser utilizado en su…

—Que síííí…, que sííí… ¿De qué serviría? Puedes tutearme, eh. Ya nos conocemos bastante bien.

El Viajero se reclinó en la silla, relajado, vistiendo su uniforme naranja de preso. Aunque estaba esposado, la longitud de la cadena le permitía cierta libertad de movimiento. Giró el cuello y observó a su alrededor, tomándose su tiempo. Vadim se apoyó contra una pared, con los brazos cruzados.

—Bueno, ¿qué tal la Kaspárov-Topalov de 1999? ¿Has progresado? No me cuesta imaginarte frente al tablero de ajedrez, buscando la clave de acceso a mi cabeza. Al final, no estás a la altura. Qué lástima.

Chasqueó los dedos.

—Vosotros, los maderos, sois unos superficiales. No sois capaces de abrir los ojos ni mirar en profundidad tras la complejidad aparente de unas ecuaciones sencillas. Las respuestas están delante de vuestras narices desde el principio. Solo teníais que estirar el brazo y haceros con ellas.

—No estamos aquí para hablar de nosotros. ¿Se hace una idea de por qué le hemos sacado de su celda momentáneamente?

Los dos hombres se midieron con la mirada. Jeanson juntó las manos; los dedos pegados unos a otros.

—¿Cómo quieres que lo sepa? Estoy encerrado entre cuatro paredes y no tengo contacto con el exterior.

Echó un vistazo hacia la cámara derecha.

—¿Dónde están? ¿Detrás de las pantallas, al calorcito? ¿Nos ven y nos escuchan?

—¿Quiénes?

—Lo sabes de sobra: los padres de la pequeña Sarah Morgan. ¿Quizá creéis que ha llegado la hora de la entrega, que basta con convocarme aquí para que os indique con amabilidad el lugar donde la enterré?

—Eso esperamos, sí. Quizá eso aliviaría su conciencia.

Jeanson se pasó la lengua por los labios.

—Por desgracia, me temo que todavía tendremos que esperar un poco más. Pero puedo evitar que os desplacéis sin motivo.

Los policías lo dejaron hablar y jugar como una serpiente con su presa.

Como siempre, hizo un recorrido por todos los sucesos: las torturas que había infligido, los gritos, el encarcelamiento de las víctimas en su autocaravana, la forma en que las había enterrado.

A Jeanson le gustaba hablar, se sumergía en un mundo de mentiras y fantasía, y Vic se regodeaba en ello.

El impacto de las revelaciones que estaba a punto de hacer sería aún más fuerte.

—Pero la pequeña Sarah no está en el menú del día. El menú lo escojo yo, y no vosotros. Soy yo el que decide qué decir y qué no. He decidido que el tema del día sea Apolline Rina.

Vadim también fingió haber sido pillado por sorpresa por el Viajero:

—¿De quién hablas?

—Te duele, ¿eh, Mickey? Apolline, la cieguita, esa chica que parece ser que se os escapó.

Disfrutaba viendo sus caras sorprendidas.

—Como tenemos todo el tiempo del mundo, me gustaría tomar un café.

Vadim apoyó los puños sobre la mesa.

—¡Vete a tomar por culo! No estás en un bar.

Jeanson esbozó una sonrisa carnívora.

—Se os complica el asunto cuando no envío mechones de pelo, ¿eh? De repente, ya no entendéis nada y os preguntáis qué estoy diciendo. Apolline, Apolline… Qué jovencita tan encantadora. Si vosotros supierais…

Siguió divagando, complacido, relatando recuerdos que no existían. Se cebó con los Morgan, mirando hacia las cámaras. Luego se señaló el cuello con el dedo índice.

—Nueve estrellitas: una por víctima. Vuestra hija Sarah tiene un lugar privilegiado justo aquí, bajo la nuez de Adán, ya que fue la que más me complació. Me la follé que da gusto.

Vadim hervía de ira. Intercambió una mirada cómplice con Vic: ya habían tenido suficiente de su jueguecito. Jeanson se había crecido, hinchado de ego, así que era hora de pasar a la ofensiva.

—Creo que vas a tener que quitarte las estrellas y que no va a ser fácil allá donde vas a pasar el resto de tus días. ¿Quizá con una hoja de afeitar? Seguro que encuentras a alguien que esté encantado de ayudarte. Pero ten cuidado de que no te corten la garganta en el proceso.

Vic abrió la carpeta —evidentemente, también se tomó todo el tiempo del mundo— y deslizó una fotografía hacia el Viajero. Una casa de campo. Jeanson frunció el ceño.

—¿Por qué me enseñas esto?

—¿No la reconoces? Es una casa de campo abandonada, cerca de Grande Valloire, en La Ferrière. Es donde encerraste a Apolline Rina, ¿no?

Vadim se puso a dar vueltas a su alrededor, con una lentitud exquisita, mientras Vic colocaba otra fotografía sobre la mesa. Apolline, tumbada en la cama del hospital. El policía había enfocado la parte superior del cuerpo para no mostrarle los vendajes que le cubrían los muñones.

—Allí fue donde la encontramos viva. Ahora mismo está en el hospital, pero en un tiempo recuperará su vida, al lado de sus seres queridos.

El rostro del secuestrador se transformó en una mueca. Sus dedos estrujaron las fotos y las lanzó al rostro de Vic.

—Muy bien, ¿quieres jugar a ver quién es más gilipollas? Jamás sabrás dónde está Sarah Morgan. —Miró a la cámara—. ¡Jamás sabréis lo que hice con ella! ¡Idos todos a tomar por culo!

Vic se acercó a él; el torso por encima de la mesa.

—Pero si ya lo sabemos, Jeanson. Lo sabemos todo. ¿No me propusiste el problema de la Inmortal para que lo resolviera? El sacrificio de la torre blanca en d6… La distracción… ¿Atrajiste toda la atención hacia ti y te sacrificaste para que no pilláramos a tus amiguitos? ¡Qué sentido de la amistad!

Jeanson se lo devoraba con la mirada, se le habían hinchado las venas del cuello. Había perdido, Vic podía sentirlo. El teniente señaló las cámaras.

—Ahí atrás solo hay policías. Los padres de Sarah Morgan no están aquí porque ya saben lo que le pasó a su hija, después de cuatro años interminables. Es complicado, no te lo voy a negar, pero por fin podrán hacer su duelo.

Vadim se le acercó por la izquierda.

—No mataste a ninguna de esas chicas. No eras más que el esbirro encargado de secuestrarlas. Te contentabas con decirnos el lugar donde tu colega Delpierre enterraba los cuerpos.

Vadim asintió con la cabeza en dirección a Vic, que deslizó las copias de las cartas hacia el medio de la mesa, y acercó la cara a diez centímetros de la del prisionero.

—Y sí, efectivamente, estamos al tanto de los mensajes que Delpierre te enviaba haciéndose pasar por el correo de tus «fans»; las coordenadas GPS de los cuerpos que te conformabas con decirnos. Te has burlado de nosotros todo lo que has querido, pero ya se ha acabado.

Jeanson apretó los puños, apoyados sobre la mesa. Respiraba como un búfalo. Vadim no lo dejó tranquilo ni un segundo.

—Te tenemos a ti. A Delpierre. Solo nos falta una tercera persona: la que os da las órdenes. Moriarty. Y nos vas a decir quién es.

El asesino recibió el golpe. Vic también se levantó.

—He resuelto tu problema, he superado tu desafío. Me merezco conocer su identidad. Dímelo y terminemos con esto de una vez por todas.

El rostro del criminal no expresaba nada más que odio e ira.

—¡Seguid dando palos de ciego!

Vadim rodeó la mesa y rebuscó en el expediente. Aplastó sobre la mesa el retrato robot de Luc Thomas, en su versión infantil.

—Luc Thomas, alias tu colega Moriarty. ¿Te dice algo?

Vosotros tres, en la misma habitación del internado Rocas Negras.

Las clases de Educación Física un tanto especiales…

Kevin Kerning, que os obligaba a Delpierre y a ti a hacerle felaciones.

¿Quién lo hacía primero? Seguro que tú, ¿me equivoco?

Siempre te ha gustado ponerte en evidencia.

—¡Cierra la puta boca, joder!

—¿Quieres que le contemos eso a los medios de comunicación? ¿La verdadera historia de Andy Jeanson, el chiquillo que chupaba pollas? ¿El falso asesino en serie que jamás ha matado a nadie y que no era más que el esclavo del hombre que, cuando era pequeño, le mutiló los genitales a su profesor?

Jeanson se levantó e intentó abalanzarse sobre él, pero las cadenas lo retuvieron. Vadim no movió ni un músculo. Miró fijamente al detenido a los ojos.

—Dinos quién es, o te garantizo que se lo contamos todo a la prensa.

Y nos las apañaremos para que tus compañeros de celda sepan que te gusta chupar pollas.

Podemos joderte la vida hasta tal punto que ni te lo imaginas.

Dime. ¿Quién es Moriarty? ¿Cómo es físicamente?

¿Dónde vive? ¿Adónde llevabas a las chicas que secuestrabas?

¿Quién se aprovechaba de ellas y las torturaba?

¿Tú? ¿Moriarty? ¿Otra persona? Queremos que nos lo expliques todo al detalle.

Un nombre. Danos un nombre. ¡Desciframos todos tus rompecabezas, joder! Nos lo debes.

Andy Jeanson se dejó caer sobre la silla; los brazos, extendidos delante de él.

—¿Que descifrasteis mis rompecabezas? No habéis descifrado nada. No habéis encontrado lo esencial. Una pena.

Jeanson había vuelto a adoptar su actitud de superioridad. Esbozó esa especie de mueca forzada que daba ganas de meterle un bofetón. Pero Vic mantuvo la compostura.

—¿Qué nos falta? Hace un momento hablaste de ecuaciones. ¿Qué querías decir con eso?

El criminal guardó silencio, ahora inmóvil. Por más que Vadim intentó interrogarlo, sacudirlo, gritarle durante más de media hora, no sirvió de nada. Entendieron que todo había terminado, que el Viajero había decidido cerrarse en banda.

Fue en el momento en que cruzó la puerta de la sala cuando la voz de Jeanson resonó a sus espaldas.

—Creéis que estáis jodiendo a Moriarty, pero es él quien os está jodiendo a vosotros.

Luego volvió a agachar la cabeza y se sumió en el silencio, esa vez de verdad.