El manuscrito Capítulo 69
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Capítulo 69

El infierno. La lluvia se estrellaba contra el parabrisas en el aparcamiento de una tienda de bricolaje, a treinta y cinco kilómetros de Berck.

Las luces de los letreros estallaban en unas estrellas rojas y azules.

Hundida en el asiento del copiloto del cuatro por cuatro, Léane no veía más que sombras a través de los cristales, siluetas grises y difusas, como en un cuadro de Munch.

Se sobresaltó cuando Jullian abrió la puerta trasera y colocó el material de jardinería comprado solo para ocultar la adquisición de los tres sacos de cal viva, todo pagado en efectivo.

Luego, se deslizó dentro del vehículo, empapado, e introdujo la llave en el contacto.

No intercambiaron ni una palabra durante el trayecto.

Las líneas blancas pasaban bajo el coche, alejándolos poco a poco de la civilización.

La luz del GPS, los faros, las luces traseras, las curvas…

El miedo a un control de tráfico, a un accidente, a cualquier contratiempo que pudiera llevarlos directamente al fondo de una celda…

Muy pronto, el bosque se cerró a su alrededor.

Jullian se incorporó a un camino embarrado y recorrió dos kilómetros. El cuerpo, envuelto, se balanceaba en el maletero, golpeando las paredes del vehículo con cada sacudida. Un ruido espantoso. Léane abrió la puerta y vomitó. Jullian le puso una mano en el hombro.

—Pronto habrá terminado todo…

Buscó el lugar más espeso y de difícil acceso. Cinco minutos más tarde, detuvo el vehículo, cruzado en medio del camino, de manera que iluminaba las tinieblas, los troncos desgarrados y las ramas desnudas. A lo lejos brillaba un estanque.

—Tengo una linterna. Cuando empiece a cavar, apaga las luces. Me va a llevar un buen rato.

Salió del vehículo. Léane lo vio arrastrar la lona azul entre los árboles.

Se puso a hurgar en el suelo, de rodillas, probablemente buscando el mejor lugar cerca del agua, un suelo sin demasiadas raíces ni piedras.

Hacía frío, así que se puso el traje amarillo de pescador, se cubrió con la capucha, se calzó las botas, cogió la cal viva y le hizo un gesto.

Léane los sumió en la más absoluta oscuridad; apenas conseguía discernir la linterna, que estaba apoyada directamente en el suelo, y la sombra frenética de su marido, que había comenzado a remover la tierra con la pala.

Cerró los ojos para evadirse del espectáculo, pero bajo sus párpados solo vio cadáveres que gritaban.

La imagen de Jacques Morgan, rodeado por las aguas, no la dejaba en paz.

Lo veía hundirse entre las olas, con la boca abierta.

¿A qué venía un acto tan desesperado? ¿Qué le había pasado por la cabeza para que decidiera acabar con su vida?

Las once de la noche. Un calvario interminable: Jullian, cubierto de barro, el rostro contraído por el dolor, agotado, la lluvia complicándole la tarea; ella, observándolo, hundiéndose en las tinieblas al igual que él en la tierra, viviendo la pesadilla de sus propios libros, rodeada de todos esos muertos; una macabra farándula de rostros sufriendo.

¿Cómo sobrevivir a tanta oscuridad? ¿Cómo esperar salir de todo eso?

Pensó en Moriarty, en aquel hombre que lo había destruido todo.

Ya quedaba menos. Por fin podría descubrir aquel rostro, en Étretat, al igual que en el epílogo de su novela maldita.

El desenlace no podía ser más que trágico.

Para ella, para él…, el final de una historia.

Su móvil vibró en el bolsillo de su abrigo; un mensaje de texto.

Buenas tardes, Léane. Soy el doctor Grzeskowiak, del hospital de Berck.

Disculpe por enviarle un mensaje a unas horas tan intempestivas, pero hoy he estado hablando con el logopeda, que me avisó de que Jullian no había acudido a la sesión de ayer ni de hoy.

Tras esa conversación, me puse a estudiar su expediente con detenimiento.

Hay algo en relación con su memoria que me tiene con la mosca detrás de la oreja.

Me gustaría hablar con usted en persona y no por teléfono.

¿Podría pasarse usted sola por el hospital mañana, por favor? No le diga nada a Jullian.

Léane soltó un grito cuando su marido abrió el maletero para meter la pala, los sacos vacíos y la lona.

Estaba al borde de un ataque de nervios.

Borró el mensaje en un gesto rápido. Jullian se quitó el traje manchado de barro, lo enrolló y lo metió en una bolsa.

Se desplomó en el asiento, con las dos manos sangrando sobre la frente.

Su cuerpo despedía vapor, como una caldera vieja.

—Ha sido horrible…, pero he conseguido enterrarlo profundamente.

Inspiró con fuerza y se recompuso.

—Bueno… La lluvia alisará el terreno, así en unas horas no se notará que se ha removido la tierra.

Nadie vendrá nunca por aquí. Nos desharemos de la pala, la lona y los sacos en un vertedero, y luego volvemos a casa.

Me encargaré de limpiar el coche de arriba abajo, y mañana, en cuanto la marea lo permita, regresaré al fuerte para limpiarlo todo bien.

Le agarró la cara. Sus dedos estaban helados, como la muerte.

—Ya está hecho. Giordano ya no existe. Ese cabrón arderá en el infierno, bajo todos estos kilos de tierra.

—Júrame que estaba muerto cuando llegaste al fuerte. Júrame que no lo mataste.

—Yo lo maté, Léane, desde el momento en que lo encerré en ese fuerte. Y lo sabes.

Jullian sentía cómo vacilaba. Sacó una fotografía del bolsillo y se la puso entre las manos. La tinta se había corrido por el rostro de Sarah, pero todavía se podía leer: «Dame la fuerza para no olvidar jamás lo que hizo».

—Puede que lo haya olvidado todo, pero he mantenido la fuerza. Todo lo que hemos hecho ha sido por nuestra hija, no lo olvides. Estamos juntos en esto, ¿vale? Hasta el final.

Ella asintió.

—Hasta el final…

Jullian se puso en marcha.

—Yo no lo maté.

Cada vez que podía, Jullian le acariciaba la cara.

¿Qué le iban a contar acerca de la memoria de su marido?