Capítulo 68
La Policía disponía de un montón de ficheros gracias a los cuales, hoy en día, era casi imposible escapar a los radares.
Siempre existía un documento administrativo que vinculaba a una persona con un lugar, una ciudad o un organismo; ficheros de personas buscadas, de antecedentes penales, de permisos de conducir, de tarjetas de circulación, de vuelos, de proveedores de acceso, de internet y de teléfono.
¿No tenía móvil? Seguro que tenía un coche y, por ende, un carné de conducir.
¿No? Entonces tenía una cuenta bancaria y, en ese caso, dejaba un rastro en el fichero nacional de cuentas bancarias. Y así sucesivamente.
Vic llevaba varias horas sentado frente a su escritorio, con la cabeza llena de datos. Releía la última carta de Delpierre a Jeanson.
Probablemente para llevar a cabo su golpe de efecto magistral, del que siempre nos habló; la más hermosa de las desapariciones, a ojos de todos. Es un mago de verdad.
¿Qué había querido transmitir con eso?
Vadim, que no se encontraba en su mejor estado mental, seguía haciendo llamadas. Colgó el teléfono con rabia.
—¡Qué puta mierda! ¡Nada! ¡Se ha volatilizado, joder!
Ethan Dupuis llegó a toda velocidad, con varios documentos bajo el brazo.
—Hubo que rebuscar bastante para hacernos con el expediente de la desaparición de Luc Thomas, ya que la mayoría de los gendarmes que lo gestionaban se han jubilado. Pero hay un par de cosas interesantes.
Le entregó una fotocopia a Vadim. Vic se alejó de su escritorio y se puso a su lado.
—Es el retrato robot que se hizo en su momento, según la descripción de los padres. Admito que no se parece a nada, pero tampoco es que tengamos nada mejor de lo que tirar.
Vic escrutó ese rostro, resultado de una mezcla de narices, frentes y mejillas sacados de una base de datos.
Los rasgos eran toscos; los ojos, demasiado separados; la boca, parecida a una almendra.
Lo único que le quedaba claro es que Luc Thomas era moreno y de ojos oscuros. Al menos, en aquella época.
—El jefe del grupo, Simon Sorel, nunca llegó a aparcar la investigación del todo.
Ya sabéis, el típico caso no resuelto que te persigue toda la vida.
Cuando aún trabajaba, se tomaba la molestia de revisar al menos una vez al año todas las administraciones de Francia para intentar seguir el rastro del chico.
Sin éxito, claro. En 2002, catorce años después de la desaparición, volvió a casa de Marie-Paule Thomas con un equipo de la Policía científica, se llevó ropa del chico y la mandó cortar en trozos en los laboratorios para buscar ADN.
Costó un ojo de la cara, pero encontraron algunos rastros biológicos.
Vic dejó el retrato robot sobre la mesa.
—¿Nos estás diciendo que disponemos del perfil genético de Moriarty?
—Si, está en el banco de ADN desde hace bastante tiempo, pero no coincide con ningún perfil registrado.
Vic tuvo claras sus conclusiones: Luc Thomas, declarado desaparecido, nunca había tenido problemas con la justicia. Desde el día de su fuga, había vivido en la clandestinidad.
—En resumen, esto es todo lo que tenemos. He hablado por teléfono con Sorel, y él llegó a la conclusión de que el chico estaba muerto. Cuando le expliqué que lo estábamos buscando, se quedó de piedra. Pobre hombre.
—Ya me imagino…
—Os dejo el expediente, que yo tengo una copia.
Se despidió y desapareció por el pasillo. Vic volvió a su puesto y empezó a pensar en voz alta.
—1988… Imagínate que te escapas de Rocas Negras con la intención de que jamás te encuentren. No has dejado ninguna foto atrás. Llevas contigo una bolsita con ropa y, seguramente, algo de comida. ¿Qué es lo primero que harías?
Vadim se levantó y se acercó a la ventana. Se apoyó en el radiador; ambas manos a la espalda.
—Si no quisiera que me encontraran, me subiría al primer bus o tren que pillara y me alejaría lo máximo posible de mi región.
En el 88 no había todas las cámaras de videovigilancia que hay ahora, ni internet ni móviles.
Si me fundiera entre la multitud anónima de una ciudad grande a centenares de kilómetros de allí, no habría ninguna posibilidad de que me encontraran, sobre todo sin fotos de mí.
—¿Y después? ¿Cómo sobrevivirías?
Vadim se encogió de hombros.
—No sobrevives. Un chaval de catorce o quince años, perdido por las calles de una ciudad que no es la suya, al final siempre acaba siendo detenido por la Policía, el hospital o los servicios sociales.
Si hubiera dado su verdadera identidad a cualquier administración, Sorel y su equipo lo habrían localizado.
—¿Y cómo haces para no dar tu identidad?
—Yo, personalmente, fingiría ser mudo o estar traumatizado. Me haría el loco, el que no se entera de nada… Sin la existencia de unos papeles que lo demuestren, ¿cómo pueden saber quién soy de verdad si yo no lo digo?
Vic asintió con convicción.
—O si no me acuerdo… Yo fingiría estar amnésico. El chaval hace como que no sabe dónde está o de dónde viene. Solo tendría que responder «no me acuerdo» a todas las preguntas que me hicieran…
—Como Jullian Morgan.
—Sí, algo de ese estilo. En ese caso, es muy probable que, al cabo de un tiempo, un juez de menores te proporcione una nueva identidad.
Nuevos papeles, nuevo estado civil, nueva fecha de nacimiento…
Te envían a una familia de acogida, donde creces como si fuera tu verdadera familia, donde te reconstruyes una identidad que acaba borrando la anterior, todavía presente en lo más profundo de tu memoria.
Y así es como Luc Thomas se construye una nueva vida y desaparece por completo de todos los radares.
Vic lanzó el bolígrafo que estaba mordiendo en un gesto de rabia.
—Esta historia es una maldita locura. Es como si Moriarty estuviera al alcance de nuestra mano y, cada vez que estamos a punto de atraparlo, se nos escapa entre los dedos.
Sabemos exactamente quién es, conocemos su edad, el lugar donde creció, incluso tenemos su perfil genético, pero no tiene cara ni identidad.
Miró su reloj, se puso la chaqueta y se despidió de su compañero. Vadim parecía sorprendido.
—¿Ya te vas?
—Yo también tengo una vida, aunque te cueste creerlo…
Media hora más tarde, Vic entró en la habitación de hospital de Apolline, acompañado por una enfermera que cerró la puerta con cuidado.
La joven estaba dormida, conectada y perfundida por todas partes.
Tenía unas tiras blancas enrolladas alrededor de los antebrazos.
El padre estaba presente, sentado en una silla, encorvado.
Se levantó en el más absoluto silencio. Vic le tendió la mano.
—Señor Rina… Formo parte del grupo policial que encontró a Apolline. ¿Cómo está?
El padre no le cogió la mano.
—¿Que cómo está? Dos meses… Ha estado dos meses encerrada con un enfermo que le cortó las manos, ¿y me pregunta cómo está?
Su rostro se tensó aún más.
—¿Sabe qué? Ayer llamé a sus compañeros de la comisaría de Annecy. El tipo que se ocupaba del caso estaba… estaba de vacaciones. De vacaciones, ¿se da cuenta?
Miró la cama, inmóvil.
—Estaba secuestrada por un psicópata de la peor calaña mientras que ustedes seguían riendo, saliendo a pasear, yendo al cine… Puedo llegar a entender que todo eso no les impidiera vivir, y tampoco es que les guarde rencor por ello.
—Escuche, yo…
—Está muerta. En su cabeza, Apolline cree que está muerta. Se despierta gritando en medio de la oscuridad. No entiende por qué ya no siente las manos. No soporta que nos acerquemos a ella, que la acariciemos. Ni si quiera sabemos si puede escucharnos.
El padre tenía los nervios a flor de piel. Se enjugó una lágrima con la manga del jersey.
—Su madre lleva semanas encamada, peor que un zombi, hasta arriba de ansiolíticos. Nuestra relación no va a sobrevivir a esto. ¿Cómo va a crecer mi hija ahora? Explíqueme qué va a ser de ella.
Vic miró a Apolline. A él también le habría gustado acariciarle la frente, el pelo, pero entendía a ese padre. Lo entendía demasiado bien.
—Quiero que sepa que hemos hecho todo lo que estaba en…
—Sí, lo sé. Pero váyase ahora mismo. Y no vuelva.
Vic agachó la cabeza y dio media vuelta. Una voz se alzó a su espalda en el momento en que cruzó la puerta.
—¿Tiene una hija?
Vic se giró.
—Se llama Coralie. Tiene casi la misma edad que Apolline.
El hombre apretó la mandíbula.
—En ese caso, tendría que pasarle a usted algún día, para que entendiera mejor lo que se siente. Por mucho que esté aquí, haciendo gala de una falsa compasión, es ajeno al sufrimiento de la gente.
Vic bajó las escaleras; la mirada, perdida en el vacío.
El padre de Apolline tenía razón. ¿Cómo llegar a entender lo que uno no vive en sus propias carnes?
Echaba tantísimo de menos a Coralie que le dolía profundamente.
Y, sin embargo, ella aún estaba viva. Entonces, ¿cómo imaginar el dolor de quienes lo han perdido todo?
No tenía ganas de volver a su habitación de hotel, a aquel lugar sucio y destartalado.
Al mismo tiempo, no se veía vagando sin rumbo.
¿Volver al trabajo? Quizá fuese lo mejor, a fin de cuentas.
En cuanto salió, vio el cartel de M ATERNIDAD y entró sin pensarlo en el edificio.
No había puesto los pies en un lugar así desde que nació Coralie.
En silencio, contempló a través de un cristal a los recién nacidos en sus incubadoras, con sus manitas tan chiquitinas y rosadas.
Sintió el impulso de acariciar la vida, de ver sonrisas en los rostros, de escuchar a los bebés llorar.
Vio a las parejas felices, a los padres aterrados, a las madres atentas.
La unidad de maternidad de un hospital era, sin duda, uno de los lugares más hermosos de la Tierra, un viaje épico al país de la felicidad.
Cerró los ojos, sentado en una silla, y recordó cada segundo del nacimiento de su hija.
Él, cagado de miedo, ataviado con el mono azul; Nathalie apretándole la mano mientras lloraba; las gafas con montura de carey del obstetra, las pecas de la comadrona, las agujas del reloj, que desfilaban emitiendo un tictac que podría reproducir al detalle aún a día de hoy.
¡Dios mío, qué feliz había sido! Y la felicidad seguía ahí, atesorada en su cabeza.
Durante unos diez minutos se quedó allí sentado, en la sala de partos, con una sonrisa en los labios…, hasta que sonó su teléfono, lo arrancó del pasado y lo devolvió al mundo donde todo se había derrumbado.
Era Manzato.
—Altran, dos cosas. La primera: el ADN de la sangre hallada en la página del libro ha hablado. El rastro coincide con el perfil genético del banco de ADN, lo que confirma al cien por cien que el Luc Thomas de los años ochenta es el Moriarty que estamos buscando… ¿Qué coño es ese llanto de bebé?
Vic se desplazó hasta el pasillo.
—Ah, nada, la mujer detrás de mí en la panadería. ¿Y la segunda novedad?
—La mejor: ya podemos hablar con Jeanson, pero el interrogatorio tendrá que llevarse a cabo en la prisión central.
Un traslado a las instalaciones de la Policía judicial de Lyon habría requerido una semana de espera más, con todo el papeleo y las medidas de seguridad.
Tendremos menos tiempo para el interrogatorio, pero podemos actuar de inmediato.
Vic se detuvo en lo alto de la escalera, con una mano en la barandilla.
—¿Jeason sabe el motivo del interrogatorio?
—No, pero seguramente sospeche que tenga algo que ver con Delpierre.
No sabe nada de lo que hemos descubierto, ni de lo que le pasó a Delpierre, ni de lo que este podría habernos revelado.
Va a ser el juego del gato y el ratón. Al principio intentaremos marearlo, dejar que se crea que lleva la ventaja, hacerle creer que tiene el control.
Es posible que nos hable de Apolline y nos diga el lugar donde la tuvo retenida.
Y será en ese entonces cuando le daremos la vuelta a la tortilla.
Disponemos de tres horas para sacarle todo lo que sabe sobre Moriarty, ni una más.
Silencio. Vic bajó corriendo las escaleras.
—Altran.
—Dígame.
—Estamos todos de acuerdo, tanto nosotros como el equipo de Lyon: mañana, seréis Vadim y tú los que os encargaréis del interrogatorio.
Te sabes todos los casos al dedillo, tienes una relación privilegiada con ese tarado, y hay que admitir que lo has hecho bastante bien hasta ahora.
Si habla, será a ti a quien se lo cuente.
Vic sintió cómo un escalofrío le recorría todo el cuerpo.
—Gracias.
—Tampoco exageres. En cuanto a Vadim, sabrá echar leña al fuego en el momento oportuno y evitar que Jeanson se te suba a la espalda.
Tendremos una reunión informativa a las siete de la mañana con el equipo de Lyon.
A las diez estaréis cara a cara con él, con un objetivo claro en mente: desmontarlo, arrinconarlo hasta el límite para que por fin nos revele bajo qué identidad se esconde Moriarty.