Capítulo 66 #2
—Tenía siete años cuando nos mudamos aquí.
Mi marido trabajaba en el tratamiento del agua.
Luc sabía que había sido adoptado, pero…
desconocía las circunstancias de su abandono.
Una noche, ya muy tarde, estaba viendo con mi marido un reportaje sobre el embarazo negado: mujeres que, por increíble que parezca, no aumentan de peso, pasan desapercibidas por completo, incluso ante los ojos de su propia pareja.
Mi marido y yo estábamos convencidos de que Luc era fruto de un embarazo negado.
Había nacido muy pequeñito, tenía el cordón umbilical mal cortado, además de la sangre sin limpiar…
Y, luego, el hecho de haber sido encontrado en la basura…
Algunas de las madres con embarazo negado consideran al ser que han dado a luz como un desecho, más que como un ser humano.
Acarició la taza con el dorso de la mano, como si se tratara de la mejilla de un niño.
—El embarazo negado es algo terrible, ¿lo sabían?
En algunos casos, el útero de la madre no se desarrolla hacia adelante, como en un embarazo normal, sino que se estira hacia arriba.
El bebé crece a lo largo de la columna vertebral y se desarrolla de pie, como para pasar desapercibido, para esconderse de una madre que no lo quiere.
¿Te imaginas el trauma del niño, cuando ni siquiera ha nacido?
Los médicos dicen que no conservamos recuerdos de nuestros primeros años, pero un niño nacido de un embarazo negado…
estoy convencida de que lleva ese rechazo en lo más profundo de sí mismo, un rechazo que lo carcome, y lo carcome…
Alzó sus ojos claros hacia los agentes.
—Estábamos hablando del tema entre nosotros, pero, por desgracia, Luc había bajado sin hacer ruido y lo había escuchado todo.
Él… tenía doce años. Me odiaré toda mi vida por ello…
Luc ya era reservado y solitario, pero era un niño extremadamente inteligente y talentoso.
Le encantaba leer, especialmente las novelas policíacas; devoraba más de una por semana, encerrado en su habitación, a los doce años.
¿Se imaginan? Esas historias sobre crímenes le fascinaban.
Y era buen estudiante, pero… antisocial y aislado; siempre se sentaba al fondo de la clase.
Le perturbaba no saber de dónde venía, quiénes eran sus padres, por qué lo abandonaron.
En esa etapa de preadolescencia se volvió difícil tratar con él.
Estaba más irritable, siempre a la defensiva.
Cuando escuchó nuestra conversación, todo eso empeoró.
Sus notas comenzaron a bajar, se encerró aún más y empezó a hacer cosas raras.
—¿De qué tipo?
—Empezó a hacerse daño, a darse puñetazos y a ser incapaz de mirarse al espejo.
De un día para otro, dejó de mirarme igual, como si le diera asco.
Fue entonces cuando destruyó todas las fotos en las que aparecía.
Todas, sin excepción. Se pintaba la cara, se maquillaba, usaba máscaras aterradoras.
Era como si algo oscuro se hubiera apoderado de él.
Ya no teníamos autoridad. Una vez desapareció durante tres días.
Fue la gendarmería quien lo trajo de vuelta: se había escondido en el bosque.
Ya no quería seguir viviendo con nosotros.
La situación se volvió insoportable. Yo…
quería que lo lleváramos a un psicólogo, pero mi marido no quería ni oír hablar del tema.
Nos recomendaron el internado Rocas Negras, un centro con muy buena reputación que podía corregir casos difíciles.
Lo enviamos allí cuando tenía catorce años.
Sorprendentemente, parecía funcionar: no llamaba la atención y seguía las clases.
Pero, unos meses después, se fugó. Los gendarmes lo buscaron durante mucho tiempo y esa vez ya no lo encontraron.
La situación se complicaba aún más porque no tenían su foto.
Vic frunció el ceño.
—¿Ni siquiera las de su expediente del internado? Allí tuvieron que fotografiarlo en algún momento, ¿no?
—Luc se lo había llevado todo, incluso su expediente. Al parecer, había conseguido entrar en la oficina de administración. Lo había planeado todo, no dejó ni un cabo suelto. Incluso se había llevado una bolsa con ropa, ya que faltaban prendas en su armario. Quería desaparecer de verdad.
Vic y Vadim pensaron en la agresión al conserje.
Treinta años después, Thomas había vuelto para borrar de una vez por todas cualquier elemento que pudiera vincularlo a él; sin expedientes, sin la presencia de Jeanson o Delpierre, sin conexiones…
salvo en las memorias. Allanamiento en la casa de los Morgan, datos borrados…
Moriarty había hecho una limpieza a fondo.
Sin embargo, Vic no entendía por qué había llevado los libros de Miraure con una mancha de sangre dentro.
En el fondo, ¿quería que lo encontraran? ¿Quería que lo atraparan?
—Su huida destruyó nuestro matrimonio. Nos divorciamos dos años después.
—¿Nunca envió una carta o dio alguna señal de vida?
—Nunca.
Vadim se levantó y se alejó para atender una llamada. Marie-Paule Thomas dejó la taza con la mano temblorosa y miró a Vic.
—¿En qué se ha convertido? ¿Qué ha hecho? Cuéntemelo, es mi hijo. Se lo ruego.
—No puedo contarle nada, lo siento en el alma. Pero que sepa que el hombre en el que se ha convertido ya no tiene nada que ver con el niño que usted crio. Y que usted no tiene la culpa de nada. Han pasado treinta años.
Ella apretó los labios. Entonces fue Vic el que se levantó y le entregó una tarjeta de visita.
—No dude en llamarme; siempre que quiera. Y, si encontramos a su hijo…, la avisaremos, por supuesto.
Cuando salieron de la casa, Vic pensó que, si detenían a Moriarty, quizá era mejor que ella no lo supiera jamás. Pero seguía siendo su hijo, así que tenía derecho a saberlo,
aunque estuvieran hablando del peor de los monstruos…