El manuscrito Capítulo 66
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Capítulo 66

Apolline viviría.

Eso fue lo que les dijo el cirujano cuando salió del quirófano, ocho horas después de la admisión de la joven. Vic se lo agradeció con todas sus fuerzas y le pidió que los informara cuando pudiera recibir visitas.

Se encerró en el baño y se masajeó las sienes durante varios segundos. Estaba cansado; cansado de aquella carrera sinfín, de su lucha inútil durante todos esos años. Félix Delpierre no había vencido, pero había dejado a una joven destrozada que no volvería a su vida de antes.

Se echó agua fría por la cara y sumergió la mirada en el espejo. Quizá atrapasen pronto a Moriarty. ¿Y después? ¿Llegaría otro todavía peor? ¿Un asesino de niños? ¿Un tipo que se explotaría a sí mismo en medio de la muchedumbre?

«Una gota de agua en el océano», pensó. Quizá así fuera, pero, si él se rendía, ¿el mundo iría mejor? Respiró hondo y salió a reunirse con Vadim, que lo esperaba en el estacionamiento. Su compañero introdujo la llave en el contacto y arrancó el coche.

—¿Cómo ha ido?

—Saldrá de esta, si es que puede seguir adelante siendo ciega y teniendo ambas manos amputadas…

No dijo nada más. Se limitó a clavar la mirada en las cumbres blancas que aplastaban la ciudad.

Esas montañas le parecían cada vez más austeras, monstruosas.

¿Cuántos enfermos como Delpierre se escondían por ahí?

¿Cuántas jóvenes como Apolline estaban retenidas allí como prisioneras?

Vadim sentía que Vic estaba al borde del abismo.

—Está viva gracias a ti.

—Al final, casi habría sido mejor que hubiera perecido allí.

Se arrepintió de sus palabras en cuanto salieron de su boca. Pero ¿qué vida le esperaba a Apolline a partir de ahora?

—La imagen de ella que vi en ese zulo sumido en la oscuridad y el frío… me acompañará hasta el final de mis días, Vadim, junto con todas las demás, tan nítida como el primer día. Nunca podré borrarla de mi memoria. Y no puedes imaginar lo atroz que es.

Sí, Vadim podía llegar a imaginarse el infierno que debía de arder en lo más profundo del cráneo de su compañero, pero prefirió no decir nada.

Porque él también sufría; él también estaba obligado a enfrentarse esas imágenes, aunque el tiempo terminara por hacer que se desvanecieran…

No obstante, nunca las olvidaba del todo.

Puso el intermitente y se incorporó a una carretera secundaria. El vehículo pasó por delante del fuerte de Bastille, aferrado al acantilado, antes de dejarlo atrás en los retrovisores. Vadim rompió el silencio y pasó a hablar del caso que les atañía:

—Bueno, dos cosas: se han identificado los ADN hallados en la «cosa» de Delpierre, nueve perfiles diferentes que coinciden con las víctimas secuestradas por Jeanson. Eso confirma científicamente todo lo que hemos descubierto acerca de los dos hombres…

Vic mantuvo silencio. Vadim suspiró.

—Joder, no te alegres tanto… Por otro lado, hemos empezado a investigar bastantes expedientes.

Luc Thomas es un nombre común, así que de momento aparecen demasiadas coincidencias y necesitamos una fecha de nacimiento precisa para acceder a ciertos datos.

También he consultado el fichero de desaparecidos: nada.

La desaparición de Luc Thomas se remonta a hace treinta años; el registro no existía aún, pero debe de haber un documento en papel por algún sitio.

Los gendarmes son los que se están encargando de eso.

Dupuis está ahora en su brigada; no debería ser demasiado complicado encontrar rastro del expediente.

—A ver si es cierto…

—Sí, a ver si es cierto. Pero, bueno, la verdadera buena noticia nos llega de parte de Mangematin.

Me ha llamado desde Chambéry, acaba de tener una conversación con el antiguo director del internado Rocas Negras.

El tipo tiene más de ochenta años y está pasando el fin de su vida en una residencia de ancianos.

En fin, que ya no está muy allá. Cuando le sacó el tema del profesor de Educación Física, siguió erre que erre con la historia de que se cortó con la navaja de afeitar.

Según Mangematin, no va a soltar prenda.

Este asunto está perdido en el pasado; su cuñado murió y a él le deben de quedar dos telediarios.

—¿Le habló de Andy Jeanson? ¿Y de las atrocidades que cometió Delpierre?

—Sí, pero no sirvió de nada. La memoria le falla, ya sabes a qué me refiero…

Recordaba vagamente a Luc Thomas, por su fuga y porque nunca lo encontraron.

Se acordaba de que el chico era de Voiron, así que llamé al registro civil de allí.

Quizá sea lo único con lo que hemos tenido suerte en este caso, pues solo hay una familia Thomas que podría encajar y un solo contacto: Marie-Paule Thomas, su madre.

Ya está al tanto de nuestra visita, aunque no sabe por qué…

—Han pasado treinta años desde que su hijo desapareció, y ahora llegamos nosotros con nuestro historial de malas noticias. Tenemos que tratarla con cuidado, ¿vale? Ya basta de destrozar vidas.

Los dos policías llegaron a Voiron media hora más tarde.

Vic se ajustó el abrigo mientras llamaba a la puerta de una casita situada en medio de una residencia agradable, con vistas a las montañas.

La mujer que apareció tenía unos iris enormes que le recordaron a los de un gato, de un verde intenso e incrustados en un rostro completamente arrugado.

Los ojos habían mantenido su juventud, a diferencia del resto del cuerpo.

El cabello gris y rizado le caía sobre los hombros con negligencia y le faltaban varios dientes.

Vadim le tendió la mano, los presentó rápidamente y le anunció el motivo de su visita.

—Hemos venido para hablar de su hijo…

Una mezcla de incomprensión y estupor deformó el rostro de la mujer.

—¿De Luc?

—¿Podemos entrar?

Ella asintió. Vic inspiró cierto olor a perro viejo cuando los invitó a entrar en el interior.

Había libros y periódicos desperdigados por todas partes: amontonados en los rincones, sobre los tablones combados del suelo e incluso encima de los muebles.

Los invitó a sentarse en un sofá cubierto de pelos y se quedó quieta, esperando a que tomasen la palabra.

—Buscamos a su hijo, señora Thomas. Creemos que está implicado en un caso bastante grave.

Marie-Paule Thomas se encogió, conmocionada.

—¿Luc? ¿En un caso bastante grave? ¿Qué clase de caso?

—Por desgracia, por ahora no podemos contarle mucho más.

Somos conscientes de que es una noticia bastante dura, pero necesitamos su ayuda.

Para empezar, necesitamos saber la fecha de nacimiento de su hijo, es para las búsquedas en los registros.

También nos gustaría que nos explicara quién era, y que nos proporcionara algunas fotos de él cuando era niño.

Desconocemos cómo es físicamente. La única pista que tenemos es el internado Rocas Negras.

Su expediente ha desaparecido de los archivos; creemos que el propio Luc fue a buscarlo, así como todas sus fotografías, hará cosa de unos quince días, tras haber agredido al conserje…

—¡Dios mío!

Los ojos de Marie-Paule se llenaron de lágrimas, que se secó enseguida con un pañuelo.

—No… no encontrarán fotos de él aquí, ya que odiaba que se le fotografiara. Siempre agachaba la cabeza en las fotos de clase. Cada vez que veía imágenes en las que salía él, las robaba o las hacía pedazos. Y eso que era un niño bien guapo, pero…

No lo contaba todo, saltaba a la vista que se mordía la lengua. Vic y Vadim cruzaron una mirada.

—Tiene que tener fotos de él, aunque sea de cuando era muy pequeño. Los padres siempre hacemos muchas fotos durante los primeros años.

La mujer negó con la cabeza.

—Mi marido y yo nunca pudimos tener hijos. Luc no era…, no era nuestro hijo biológico. Lo adoptamos a través de la asistencia social infantil.

Entrecortaba sus frases con silencios largos. Vic y Vadim no dijeron nada para dejarla hablar a su ritmo.

—Por aquel entonces, vivíamos en el distrito 10 de París. Tenía cinco años cuando por fin pudimos acogerlo en nuestro apartamento. Luc era un niño abandonado. Nos explicaron que los primeros días de su vida habían sido atroces. Es horrible hacerle algo así a tu propio bebé…

Se levantó y se dirigió a la cocina.

—Necesito un café. ¿Les apetece uno?

Aceptaron con gusto. Volvió con las tazas llenas, a lo que Vic le dio las gracias.

—¿Qué ocurrió durante esos primeros días?

La mujer hizo una mueca.

—A Luc lo encontraron en el fondo de un contenedor, cerca de las fábricas de Saint-Denis, no muy lejos de las vías del tren.

Si quieren su fecha de nacimiento oficial, fue el 4 de mayo de 1973.

Bueno, esa es la que nos dio la Administración, en todo caso.

Un hombre que pasaba por allí temprano por la mañana escuchó el llanto de un recién nacido.

El bebé estaba dentro de una bolsa, entre la basura, completamente azul, con el cordón umbilical todavía sujeto a su ombligo y con sangre seca por todo el cuerpecito.

Los médicos consideraron un milagro que se hubiera salvado.

Aquel bebé podría haber muerto de mil maneras distintas, pero ahí estaba, vivito y coleando.

Jamás se supo quién lo había tirado allí dentro.

Vic dio un sorbo al café. Rechazado desde su nacimiento, sin raíces, adopción tardía: Moriarty no había iniciado su camino en la vida con las mejores oportunidades.

—¿Luc estaba al tanto de las circunstancias de su nacimiento?

Ella bajó la mirada.