Capítulo 65
La aguja hueca …, la novela de Maurice Leblanc… El lugar exacto en el que terminaba su propio libro, El manuscrito . Era precisamente en el acantilado de Étretat, frente a la aguja rocosa, donde Moriarty la citaba para pasado mañana. A Léane le parecía evidente. ¿Cómo lo sabía él?
Era uno de sus lectores, se sabía sus novelas al dedillo. Y quería que ella lo entendiera. Léane iba a enfrentarse al monstruo.
Rodeó el faro de Berck, cuyo haz de luz había empezado a barrer la costa a través de las cortinas negras de lluvia, y se internó en la carretera entre las dunas grises, golpeadas por el agua de forma constante.
Y, cuanto más se acercaba a La Inspiradora, más crecía el nudo en su estómago.
Pensó en Giordano, encerrado en el fuerte.
Hacía tres días que no iba a verlo. Llegaba incluso a esperar que estuviera muerto.
A lo lejos, las luces de la planta baja estaban encendidas.
No vio el cuatro por cuatro aparcado, pues debía de estar en el garaje.
De pronto, Léane captó a una silueta saliendo del chalé con una linterna encendida en la mano.
La figura vestía el horrible traje amarillo de pesca, con las grandes botas, el poncho y la capucha sobre la cabeza.
Léane apagó los faros y el motor del coche.
La silueta se detuvo —a pesar del viento, había visto o escuchado algo—, y giró la cabeza en dirección a la carretera.
¿Sería Jullian? Léane no estaba del todo segura.
La silueta corrió hacia el cobertizo de los carros a vela y desapareció en su interior.
Léane recordó el candado cerrado, el hecho de haber tenido que romper la ventana para poder entrar.
¿Qué debía hacer? ¿Y si Jullian estaba herido?
¿Y si se trataba del parásito? Dudó, salió del coche y corrió hacia el cobertizo.
El viento le azotaba el cabello. En la oscuridad, observó por la ventana.
El hombre rebuscaba entre las herramientas.
Distinguió su perfil, así que abrió la puerta de golpe. Él se giró, sobresaltado.
—¿Se puede saber qué haces? —soltó Léane.
Unas gotas de agua resbalaban por las mejillas de Jullian.
Se bajó la capucha. Su rostro estaba recortado por las sombras; sus pómulos, afilados como puntas de flecha.
La lluvia golpeaba con fuerza las paredes y el tejado.
El agua entraba por la ventana rota y salpicaba las cometas, que giraban sobre sí mismas.
Él la miró fijamente. Luego le dio la espalda y retomó su búsqueda.
—Deberías haber vuelto más tarde.
Léane lo agarró por el brazo.
—¿Por qué?
Se dio la vuelta de golpe, con el mango de una pala apretado en el puño.
—Por esto.
Con aquel traje de pescador, parecía uno de esos locos de las películas de terror, listo para cometer una masacre. Léane se apartó, conmocionada.
—No me digas que…
—Sígueme.
Se volvió a poner la capucha y salió bajo la lluvia, en dirección hacia el garaje.
Echó un vistazo rápido hacia las dunas y el faro, en esa noche violenta, para asegurarse de que no llegaba ningún vehículo.
Levantó la puerta del garaje y, una vez que Léane hubo entrado, la cerró tras de ellos.
El cuatro por cuatro los esperaba, aún empapado.
Los neumáticos estaban sumergidos en unos grandes charcos.
Jullian presionó el interruptor; el neón chisporroteó.
Léane tenía la sensación de despertarse de una pesadilla para caer en otra, y despertarse de nuevo, sin llegar nunca a la realidad.
Cada día que pasaba era peor que el anterior.
Su marido abrió el maletero con un gesto seco.
Una bocanada de muerte en plena cara. Giordano los observaba, con la boca torcida, los ojos bien abiertos, casi saliéndose de las órbitas.
Estaba envuelto en una lona, contorsionado para poder entrar en el espacio reducido.
La sangre seca le manchaba el cabello, las sienes, la frente. Léane se llevó las manos al rostro.
—¿Qué has hecho?
Jullian metió la pala en el maletero.
—No soportaba no saber. No soportaba pensar que quizá él tenía las respuestas a todas mis preguntas. Por eso decidí volver al fuerte, quería hacerle hablar, quería que me escupiese toda la verdad…
Con la punta de los dedos, giró la cabeza del cadáver y reveló la masa oscura del cabello pegado al cráneo.
—Y estaba muerto, Léane. Seguía con los brazos en alto, pero la barbilla caída sobre el torso. Creo que se golpeó la cabeza con violencia contra la pared, varias veces, hasta la muerte. Tiene toda la parte trasera destrozada…
A Léane le temblaban todos los miembros. Tuvo una visión: Jullian sujetando a Giordano por el pelo, rompiéndole el cráneo contra los ladrillos.
—Así que metí el cuerpo en el coche y lo traje hasta aquí. Necesitaba una pala. El cobertizo estaba cerrado con llave, así que rompí el candado.
Léane se quedó sin palabras. Ahí estaban ellos, en su garaje, con un cadáver en el maletero.
¿Jullian le estaría mintiendo? ¿Había matado a Giordano o simplemente había descubierto el cuerpo sin vida?
En el fondo, ¿qué diferencia había? Lo habían matado entre los dos.
Él se quitó el poncho, lo enrolló en una bola y lo metió en una bolsa de plástico.
Hizo lo mismo con los pantalones. Luego, con las botas.
—Me leí atentamente tus novelas en el hospital. Sin rastros, proceder paso a paso, eso fue lo que escribiste. Me desharé de esta ropa y limpiaremos el maletero con lejía para eliminar los restos de sangre.
Después de volver a ponerse los zapatos, metió el paquete en el maletero. Léane se sobresaltó cuando lo cerró.
—No vamos a entrar en pánico, ¿vale? No corremos absolutamente ningún riesgo.
He pensado en el bosque de Montreuil-sur-Mer y sus estanques, a una veintena de kilómetros.
Hace cinco o seis grados, el suelo estará encharcado, pero no helado; eso facilitará el trabajo.
Voy a enterrar a Giordano profundamente y, si no lo consigo, lastraré el cadáver y lo tiraré al agua. Nadie lo encontrará.
Se acercó a su mujer y la sujetó por los hombros.
Se discernía la locura tras el disco oscuro que formaban sus pupilas.
Léane tuvo la sensación de encontrarse cara a cara con un asesino que controlaba cada una de sus emociones.
¿Cómo podía mantener el control sobre sí mismo de esa forma en una situación semejante?
—Saldremos de esta, ¿me escuchas?
Y, como Léane seguía sin reaccionar, la sacudió.
—¿Me escuchas? No dejaré que nadie se meta en…
No pudo terminar la frase. Se escuchó el ruido de un motor, cada vez más claro.
El resplandor blanco de los faros se deslizó por debajo de la puerta del garaje.
Léane dejó de respirar. ¿Quién venía? Se oyó el ruido de una puerta al cerrarse.
Con el dedo en la boca, Jullian fue a mirar por la rendija entre la puerta del garaje y la pared.
—Mierda, es Bercheron.
Vio que Colin se detuvo frente al garaje. Si ellos habían visto la luz de los faros, él debía ver la del neón. Jullian apretó los dientes.
—Siempre en medio cuando nadie lo llama.
Lo siguió con la mirada todo lo que pudo. El hombre se dirigía hacia el cobertizo, cuya puerta golpeaba con fuerza por culpa del viento.
—La puerta…
El policía desapareció en el interior, y permaneció allí durante unos segundos. Después salió, cogió un objeto del suelo y lo observó.
—Creo que es el candado. Puto entrometido…
Colin lo colocó en su sitio para bloquear la puerta. Léane veía la gruesa vena sobresalir del cuello de Jullian, que se contorsionaba para vigilar a Colin. El policía subió los escalones del porche. El sonido del timbre le heló la sangre.
—No tenemos por qué abrirle —dijo Jullian.
Léane se empezó echar el pelo hacia atrás, nerviosa.
—Ha… ha visto la luz. Y el candado reventado. Si… si no abrimos, va a empeorar la situación. Creerá que ha pasado algo grave y llamará a los refuerzos. Tenemos que ir a abrirle.
Jullian pensaba a toda velocidad.
—Vale. Pero hablemos lo menos posible.
Léane comprobó que su marido no tuviese sangre en la ropa y subió por las escaleras a toda prisa.