Capítulo 64
Los pinos negros se alzaban hasta el infinito, conformaban un verdadero ejército de sombras, mudo y siniestro, anclado en la nieve; esa costra gris y silenciosa que asfixiaba la vida, el movimiento, la esperanza.
Ni un animal, ni una hoja que susurrara; lo único que se escuchaba en alguna ocasión era cuando se desprendían unos bloques de nieve de las ramas y las hacían crujir.
Entonces, con una única y misma voz, el bosque comenzaba a gemir, como si una mano de gólem retorciera los troncos de los árboles y los torturara.
Smartphone en mano con el GPS abierto, Vic corría por aquel laberinto hasta quedarse sin aliento, con unos cristales translúcidos pegados a los pelos de su barba de tres días.
La nieve lo engullía y lo hacía caer, al igual que a sus compañeros, pues ninguno llevaba raquetas de nieve.
Mucho más adelante, una cortina negra y dentada se abría como una mandíbula: la cadena de Belledonne, imponente en todo su esplendor.
Por detrás de él iban Vadim, Manzato, dos paramédicos y un médico de urgencias, cargando su pesado botiquín.
Luchaban por seguirle el ritmo. El frío se colaba en las gargantas, helaba el oxígeno, quemaba los pulmones.
En la misma dirección de sus miradas preocupadas, las linternas rasgaban la noche, revelaban agujeros traicioneros, rocas peligrosas y bancos de nieve tan duros como la madera. Hacía un frío que pelaba.
Manzato rompió el silencio.
—¿Cuánto queda?
—Todavía alrededor de… quinientos metros.
Los vehículos estaban aparcados a un kilómetro, al borde de la carretera departamental.
El lugar al que se dirigían, a una hora de Grenoble, era un antiguo sendero de caminata, inaccesible en coche.
Las pendientes se inclinaban, las raíces se aferraban a la tierra helada como arañas gigantes.
Vic tenía los pantalones y los zapatos empapados, los pies helados, pero se armó de coraje.
Apolline era una luchadora, había logrado superar su discapacidad y prosperar a pesar de la ceguera.
A pesar del ultimátum de Delpierre, aún podía estar viva. El policía rezaba para que así fuera.
A pesar del dolor en sus músculos ardientes, recordaba cada palabra que había descifrado en la última carta enviada por el Descuartizador, y que al final contenía un mensaje con un terrible presagio:
Me van a atrapar, es cuestión de días. No saben nada.
Como prometí, me llevaré nuestro secreto a la tumba.
Moriarty ha desaparecido del todo, probablemente para llevar a cabo su golpe de efecto magistral, del que siempre nos habló; la más hermosa de las desapariciones, a ojos de todos.
Es un mago de verdad. Aprovecha para brillar una última vez.
Apolline Rina. Ciega. Mi orgullo. Encerrada en un refugio abandonado, cerca del arroyo Grande Valloire, La Ferrière.
45.17.32.7N, 6.06.50.8E. Le quedan cinco o seis días de vida.
Espera una semana antes de decírselo a la Policía.
Que muera justo entre sus brazos. Adiós, viejo amigo.
Cinco o seis días… Justo la víspera y la antevíspera.
Vic sacó fuerzas de lo poco que le quedaba, sorteó los obstáculos y se aferró a las ramas.
Tenía que salvarla, tenía que estar viva; por él, por sus compañeros, por su propia hija: ¿cómo crecer en un mundo donde hasta la más mínima luz se apagaba, incluso la de la esperanza?
Si Apolline se iba, todo se sumergiría en las tinieblas, sin posibilidad de regreso.
Vic no podría soportar la idea de vivir en ese mundo.
Finalmente alcanzó una superficie plana, un pequeño claro en un crisol de granito.
La sensación de ahogo era inmensa, pues los flancos de las montañas se sentían muy cerca debido a la oscuridad.
A lo lejos, bajo el brillo de las linternas y las estrellas, se dibujó la masa negra del refugio, una boca de piedra con un techo ligeramente inclinado que parecía sacada de otra época.
Alrededor, la nieve estaba inmaculada, sin rastro de pisada alguna.
Los hombres se acercaron, sin aliento, empapados de sudor bajo los abrigos.
Todas las salidas del edificio habían sido bloqueadas con unas tablas de madera clavadas.
Dentro del viejo refugio debía de reinar una noche perpetua, como tras la mirada de Apolline.
Los hombres se abalanzaron sobre las tablas cruzadas en la puerta, y tres pares de brazos bastaron para arrancar los clavos.
Parte del marco cedió con un crujido. Cuando hubo espacio para colarse por él, Vic se introdujo primero en el interior, con su arma y la linterna en las manos.
El olor a antiséptico mezclado con sangre le llegó a la nariz.
Con un gesto rápido, barrió con la mirada la habitación deteriorada.
Trozos de teja, tablas y vidrios cubrían el suelo de parqué.
El haz de luz se detuvo entonces sobre un colchón tirado en el suelo, ubicado en la esquina derecha de la habitación.
Le dio un vuelco al corazón cuando se fijó en el cuerpo enrollado en unas mantas gruesas.
Los muñones de los brazos, apoyados sobre la lana gris, estaban envueltos en gruesos vendajes con los extremos oscuros, de ese color amarillento mezclado con rojo característico de las heridas mal curadas, purulentas.
Dos bolsas translúcidas colgaban de la pared, conectadas al brazo izquierdo por un catéter. Estaban vacías.
Sin pensarlo, Vic se precipitó hacia el cuerpo inmóvil de Apolline.
El rostro estaba pálido, demasiado blanco y demacrado; los labios parecían congelados, de un rosa apagado; los ojos estaban perdidos en la nada, inmóviles, cubiertos por un velo translúcido.
No reaccionaba a su presencia, no se movía.
Vic la sacudió con delicadeza, y la llamó por su nombre: «Apolline, Apolline».
Se apartó cuando el médico ordenó que le dejara espacio.
Un poco más atrás, Manzato permanecía de pie, con el pecho subiendo y bajando en una nube de vaho.
Su rostro solo expresaba rabia y resignación.
Delpierre había alimentado a Apolline, la había cuidado con bolsas seguramente llenas de medicamentos, envuelta en un capullo de calor, para que no muriera demasiado rápido, solo para herirlos aún más a ellos, a la policía, como si todo el mal que ya había hecho no fuera más que suficiente.
El médico se concentró en su tarea. Se quitó los guantes forrados y buscó el pulso en la carótida, sin encontrarlo.
Apretó la mandíbula, pero no se rindió: ¿y si Apolline tan solo estaba demasiado débil?
La prueba de reflejo pupilar quedaba descartada.
Entonces, en un gesto rápido, sacó un estetoscopio del botiquín, retiró las mantas y dejó al descubierto el pecho desnudo.
Una vez se introdujo las olivas del estetoscopio en las orejas, apoyó la campana del aparato sobre el frágil torso, del lado del corazón.
Una chispa brilló en sus ojos.
—Tiene pulso.