Capítulo 63
—Nunca le he visto la cara. No sé quién es, te lo juro.
Unas gruesas venas surcaban la frente de Mistik, a diez centímetros de la superficie.
El agua le corría por los ojos, la nuca y entre los pechos.
Había creído que se iba a ahogar en varias ocasiones.
Para Léane, ver un cuerpo luchando con tanta fiereza había sido insoportable.
Pero la lengua de su prisionera se fue soltando poco a poco.
Tuvo un fuerte ataque de tos, escupió agua, y Léane creyó que los ojos se le iban a salir de las órbitas.
—Es bastante común que… que los hombres vengan enmascarados o maquillados, para preservar su anonimato.
El Torreón es un… un club selecto, en el que uno solo puede entrar por cooptación.
Es famoso porque protege con empeño la identidad de…
su clientela. Nada de nombres, ni archivos, ni fotos.
La gente que lo frecuenta tiene dinero y es muy discreta.
Abogados, personalidades influyentes, que llevan dos vidas paralelas: una a la luz, junto a su familia y amigos, y otra en la oscuridad.
Se contrajo en una mueca para limitar el flujo de sangre hacia su cerebro. Su rostro estaba rojo como un tomate.
—Moriarty estaba al corriente de mi pasado, y sabía acerca de mi gusto por el sufrimiento.
Pero no tenía interés en los asuntos carnales, solo quería mirar…
Así que eso era lo que hacía: se quedaba en un rincón y observaba a los hombres en acción.
Pero, al fin y al cabo, el Torreón seguía siendo un establecimiento sometido a ciertas normas.
Nada de sangre, ni actos extremos, como cortes con cuchillos, que pudieran dañar su reputación.
Moriarty quería ver más. Sabía que yo ofrecía esa posibilidad…
a quienes estaban dispuestos a pagar el precio.
Así que sus sesiones de observación continuaron aquí, en mi mazmorra privada…
El negocio del vicio, de la tortura, de la mujer-objeto…
A Léane no le costaba imaginarse las escenas de tortura, los gritos o la carne magullada.
Un verdugo que oficiaba, un observador enmascarado…
¿Por qué Moriarty no tenía relaciones físicas?
Léane se desenvolvía en un universo marginal, codificado, sin tabúes, un espacio desquiciado donde la gente normal era la anormalidad.
—Moriarty sabía que me traía a los hombres más extremos a estas cuatro paredes; A aquellos que podían permitírselo, claro. Tras meses de sesiones, ambos habíamos construido una relación de confianza.
Sorbió por la nariz; quizá estuviera llorando al mismo tiempo. Los grandes chorros negros de maquillaje le daban un aire de payaso triste mórbido. Señaló una zona del sótano.
—Hay unos agujeros en esa pared que dan a otra sala.
Él espiaba desde ahí detrás, sin que mis clientes lo supieran…
Luego, un día, me dijo que ya no vendría más, pero me propuso un trato, algo extremadamente simple y que me haría ganar mucho dinero.
Me habló de la darknet y me instaló unas cosas sacadas de no sé dónde en mi ordenador.
Nuestras conversaciones continuaron a través de TorChat…
Una vez, me dio una dirección de correo electrónico que consistía en una larga secuencia de cifras y letras, y me explicó lo que esperaba de mí: que se la transmitiera a mis clientes más radicales, esos que…
que me traía a este sótano, los que… no tenían ningún límite.
Quería a los que tenían más pasta, pero, sobre todo, quería a los peores.
Léane la escuchaba sin moverse, apretando los puños.
—¿Sabes cómo es un hombre que ya no tiene límites, un hombre que ya no te ve como mujer, sino como el territorio para saciar sus fantasías?
Una bestia, un demonio. Esa bestia era la que Moriarty esperaba.
Así que lo único que tenía que hacer yo era proporcionar a esos hombres ese correo, que Moriarty cambiaba regularmente por seguridad.
Tenía que decirles a esos hombres que enviar un mensaje a esa dirección a través de la darknet era la promesa de una «experiencia definitiva», anónima y segura.
—¿Qué experiencia?
—No tengo ni idea.
Léane activó la palanca, y desvió la cabeza cuando los ojos en blanco de Mistik aparecieron detrás del metacrilato. Su cuerpo se arqueó como si recibiera descargas eléctricas. Al cabo de unos quince segundos interminables, la volvió a sacar.
—¡Nunca me lo ha contado, joder! Pero… yo…
sospecho que… que no era algo sano, que…
tenía que ver con desviaciones extremas, teniendo en cuenta todas las precauciones que Moriarty tomaba para preservar el secreto…
Y tú vienes a hablarme de asesinatos… Entonces debe de ser eso…
Eso debe de ser la «experiencia definitiva»…
, la posibilidad de llegar todavía más lejos, el no tener límites, que podría conducir a la muerte.
Esas cosas no existen solo en las pelis, existen de verdad…
En lo que a mis experiencias se refiere, hace años, de no ser por la barrera social del observador, estoy segura, segurísima, de que algunos hombres habrían llegado hasta el final, que habrían terminado por violarme, torturarme o matarme.
Solo era cuestión de tiempo. En esos momentos, vi a la bestia agazapada en el fondo de cada uno de ellos…
Rompen las barreras y la bestia se libera. Esa era la bestia que Moriarty buscaba.
Léane sentía la mano tensa sobre la palanca. ¿Acaso Moriarty les había ofrecido la posibilidad de matar a aquellos que estaban dispuestos a pagar el precio? Sintió como si recibiera puñetazos en el pecho, unas ráfagas cada vez más violentas que le destrozaban todo por dentro.
El cuerpo de Mistik oscilaba como un péndulo.
—Yo… Yo les di ese correo electrónico a…
varios hombres. De vez en cuando, encontraba un sobre con dinero en efectivo en el buzón de mi casa.
Luego todo paró de golpe. Recibí el último sobre en febrero de 2016, junto a un par de frases: «Se ha acabado.
No me contactes más, a no ser que sea por una urgencia».
Febrero de 2016. Andy Jeanson había sido detenido un mes antes. Léane no quería verlo como una mera coincidencia. Jeanson estaba en la cárcel… ¿Se habría roto un eslabón en la cadena?
—¿Cuántos? ¿A cuántos monstruos les transmitiste el correo?
Mistik dudó, pero, cuando vio que Léane estaba a punto de pulsar la palanca, decidió hablar:
—Veinte… Puede que más. No sé. Y tampoco sé si todos lo utilizaron…
—¿Giordano formaba parte del grupo?
Ella asintió. Léane sintió un calor abrasador en el vientre.
—Háblame de él; sobre cómo os conocisteis y sobre vuestros asuntos.
—Giordano era un poli muy conocido en el mundillo de la noche…
Algunos lo respetaban, pero la mayoría lo temían.
Un verdadero desquiciado… Él… solía pasarse por el Torreón, siempre muy tarde, para terminar la noche.
Tenía libre acceso. Tras varios encuentros, terminamos aquí, en mi sótano.
Era retorcido, pero tan retorcido… Quizá fuera el peor de todos.
Hasta llegó a tatuarse en el hombro su «juguete» favorito…
—El xifóforo.
—Sí. Cada vez que tenía a Giordano delante, con ese cuchillo en la mano, volvía a ver a aquel hombrecillo con gafas, enclenque, surgido de la nada hace veinticinco años, que había cogido ese objeto y me había rajado los dos pechos.
Giordano era de esa misma calaña: dulce en un momento, y un demonio inmediatamente después.
Incluso antes de la cárcel, algo no debía de andar bien en su cabeza.
Luego lo atraparon en un caso de trata de personas.
La Policía investigó y tiró del hilo hasta llegar al Torreón.
Sabían que iba allí de vez en cuando, que había participado en algunas sesiones…
Me llamaron a testificar y yo minimicé los hechos.
Nunca hablé de nuestra relación en este sótano.
—¿Por qué?
—Porque… Porque aquí se encuentra mi negocio de verdad.
El Torreón no es más que una fachada, una forma de que piquen el anzuelo, ¿qué te crees?
Giordano volvió a buscarme al salir de la cárcel.
El trullo no lo había apaciguado, más bien al contrario.
Estaba aún más hambriento y se había vuelto más peligroso.
Me… me cogía por el cuello y apretaba, y apretaba…
Me cortaba con el xifóforo y, justo después, me abrazaba y lloraba como un crío.
Me parece que perdió el tornillo que le quedaba cuando lo encerraron.
Creo que habría acabado matándome si le hubiera dejado hacer lo que quisiera…
Léane se arrepentía por haber actuado como una debilucha frente a ese hijo de puta esposado en el fuerte. Se había burlado de ella a lo grande.
—Conocí a Moriarty mientras Giordano estaba en la cárcel.
Así que le hablé de la darknet a Giordano y le di la dirección de correo.
Tenía mucho dinero gracias a una herencia, encajaba perfectamente con el perfil que Moriarty buscaba.
No volví a verlo después de eso. Ese correo…
era como una puerta hacia otro mundo, ¿entiendes?
Los que la cruzaban desaparecían de mi vida para pasar a otra dimensión. Tú acabas de decirme cuál.
Cada palabra, cada imagen, hería a Léane en lo más profundo de su ser.
Tal vez Sarah, al igual que otras desafortunadas víctimas, había sido el campo de juego de esos enfermos; superficies de carne donde los límites no existían.
Sintió ganas de derrumbarse, de tumbarse en un rincón y de morirse.
Pero su ira la mantenía anclada a la vida.
—Esos hombres… Quiero saber quiénes son. Dame el nombre de esos cabrones.
Mistik escupió.
—¿De verdad te crees que me dejaban una tarjeta de visita?
Solo eran tíos enmascarados, rostros y cuerpos, manos que me torturaban.
Pagaban caro por mi silencio. ¿Es que no lo pillas?
Han llegado hasta lo más profundo de mí y, sin embargo, no conozco a ninguno de ellos.
Además, eso ocurrió hace tres o cuatro años, todo se perdió en la oscuridad…
Y, aunque encuentres a alguno, ¿qué crees, que va a hablar después de tantos años?
Nadie hablará. En este mundillo, es la ley del silencio.
Trabajan en los tribunales, frecuentan los clubes exclusivos.
Pueden pagarse todo, incluso nuestro dolor.
Nos consumen. Tanto tú como yo no somos más que objetos…
Léane ya no podía más. Debía involucrar a la Policía para que investigaran el Torreón y localizaran a los clientes de Mistik, pero estaba atada de pies y manos.
¿Era posible que todo terminara ahora, que se fuera sin respuestas?
¿Había llegado al límite de su investigación, de sus posibilidades y de sus fuerzas?
Apretó los dientes y reforzó el agarre alrededor del mango.
—Condujiste a todas esas chicas a una muerte segura, y tú lo sabías. Es culpa tuya si…
Se calló de sopetón, cerró los ojos. Mistik no era una víctima, sino que formaba parte de la cadena mortal.
Había ocultado la verdad siendo plenamente consciente de ello y en el fondo lo sabía.
Para darse un poco más de valentía, Léane pensó en Sarah, en su sonrisa, en esa última foto de su hija, tan feliz de estar viva.
Mistik no podía seguir viviendo.
Puso la otra mano sobre la palanca y llenó sus pulmones de aire mientras su prisionera gritaba. Léane giró la barra y soltó la cadena. Mistik se desplomó en el suelo, justo al lado del cilindro. Léane la arrastró hasta la jaula y la encerró allí. Luego lanzó la llave del candado al agua.
—Más te vale que no me pase nada.
Léane dio media vuelta y se quedó plantada delante del ordenador. Había aparecido una nueva línea en la pantalla:
6:31:52 Moriarty: Nos vemos pasado mañana. 22:00 h, en Étretat. La aguja hueca.