El manuscrito Capítulo 62
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Capítulo 62

Querido Andy:

Es la tercera vez que me atrevo a escribirte, espero que no pienses que estoy loca. Las palabras no salen tan fácilmente cuando se trata de plasmar en papel lo que uno siente, lo que guarda en lo más profundo del corazón, y no siempre se consigue expresar con frases lo que nos gustaría decir.

Puedo imaginarme lo mucho que estás sufriendo.

He hecho algunas investigaciones sobre el universo helado en el que te han encerrado: esas celdas horribles, esos pasillos oscuros, esas reglas estrictas a las que te someten.

Es inhumano. Quiero que sepas que siempre estaré ahí para apoyarte, acompañarte, y espero que estas pocas palabras de aliento te permitan evadirte un poco de tu celda, soñar y pensar en mí, ¿por qué no? Aquí te espero y te esperaré siempre.

Cada ave despega ágilmente, vuelo eterno, rozan estrellas silenciosas.

En nidos tejidos entre ramas, reposan alas doradas, oscuras, suaves…

Cerca, en riberas, colibríes aguardan despiertos el soplo apacible, inesperado, nacido tras barrancos escondidos, rincones negruzcos, albergues recónditos.

Dime, para atrapar una libélula inquieta navegando entre pinos, ¿es riesgoso luchar obnubilado, temeroso?

Perdona, tengo la sensación de que, al igual que las aves, mi pluma se echa a volar…

y por eso termino escribiendo cualquier cosa.

Ya debes de haberte dado cuenta en las cartas anteriores.

Es algo que me pasaba a menudo en el cole: me decían que siempre estaba dispersa y distraída, que era una soñadora.

¿Acaso es algo malo ser una persona soñadora y tener mucha imaginación?

En fin, estoy contigo, Andy. Yo misma, mi corazón y todo lo demás.

Los barrotes de tu prisión no deben impedirte volar, como el pájaro, y traerte un poco de luz.

Sé que te gusta la originalidad y la sorpresa, pero también sé que lo que más te gustan son los números, o al menos eso es lo que cuenta la prensa, que tanta basura dice sobre ti. Así pues, al igual que la vez pasada y la próxima, aquí me encuentro, descrita en números. Espero no aburrirte.

El 4, como símbolo de solidez. Soy fuerte y sé afrontar pruebas, como tú.

Superaré la más dura de todas: la que te mantiene lejos de mí.

El 5, como los sentidos: mi favorito es el tacto.

El 2, como la pareja; el 2 es la base de todo, y creo que tu número favorito.

También me gusta el 0, ya lo sabes, porque es el número más perfecto, el que lo absorbe todo.

El 9, múltiplo de 3, es la dimensión de las gestaciones.

Que sepas que, por supuesto, vivo sola desde hace años y no tengo hijos. Y tú tampoco, ¿me equivoco?

¿Qué tal otra serie para que me conozcas un poco mejor?

El 5, una vez más, como esas cinco palabras tan importantes para mí: vida, lucha, aventura, cambio, libertad.

El 3 es más selectivo que el 5 o el 9, pues limita las opciones: si tuviera que elegir, primero serías tú, luego yo y finalmente nosotros.

Y, para acabar, el 4, ese cuadrado perfecto y riguroso, como tú.

Me gustan las personas rigurosas, que tienen el control y no dejan nada al azar.

Evidentemente, tú eres una de esas personas.

Eso es todo por esta vez. Por desgracia, no soy muy habladora, ni en voz alta ni por escrito, espero que no me lo tengas en cuenta.

Qué crueldad…, ni siquiera sé si recibes mis cartas, pero yo seguiré escribiendo.

¿Acaso recibiré una respuesta algún día?

¿Por lo menos te apetecería hacerlo? Me atrevo a pensar que sí.

Sé que somos muchas las que te escribimos, y que no soy más que una admiradora entre tantas otras, pero espero ganarme un lugar especial en tu corazón.

Con toda mi admiración,

Tu devota Irène A.

Vic alzó la vista de la carta cuando Vadim entró en el despacho aquel miércoles por la mañana.

Había sido una noche de corta duración. Tras haber avisado a Mazato por teléfono de sus últimos descubrimientos y haber enviado mensajes a sus compañeros, se había ido a su habitación de hotel a dormir unas horas, porque había que recargar energía y esas cosas.

Luego se pasó por el laboratorio de la Policía científica a primera hora de la mañana para dejar el libro que se llevó del internado: Mazato había movido los hilos para conseguir un análisis de la sangre presente en una de las páginas con prioridad absoluta.

El caso Chamrousse había terminado, por lo que los técnicos de laboratorio tenían más disponibilidad para actuar rápido.

También se encargarían de finalizar los análisis de los ADN de la «cosa».

Vadim se quitó el abrigo y se acercó para darle un apretón de manos a su compañero.

—Por fin sabemos quién es Moriarty…

Vic le explicó la historia al dedillo: el internado Rocas Negras, el ensañamiento del profesor de Educación Física con Delpierre y Jeanson, los presuntos actos de pedofilia, las mutilaciones en las duchas y la huida, un tiempo más tarde, de su compañero de habitación, Luc Thomas.

—¿Y por qué ese tal Luc Thomas regresaría treinta años más tarde para robar los expedientes del internado?

—Porque quizá pensó que, tarde o temprano, terminaríamos yendo a rebuscar en esos expedientes. Se está deshaciendo de pistas. ¿Tendrá miedo de que Jeanson hable? ¿O de que su rostro, que tanto trata de ocultar, nos diga algo?

—¿Y la historia en relación con los libros de Léane Morgan? ¿Por qué llevarlos hasta ahí?

—No tengo ni idea. Pero una cosa está clara: lo que está pasando en el norte, en las profundidades de la prisión de Valence y aquí, forma parte del mismo enredo.

Moriarty no es anónimo del todo. Luc Thomas tiene que existir en algún sitio.

Vamos a encontrarlo, ya sea gracias a la biología o las búsquedas en la Administración.

Jocelyn y Ethan ya están encargándose de eso.

Vic sacudió la mano.

—Mira, ven aquí. Acabo de encontrar algo.

Vadim se pegó a él y miró la carta que señalaba Vic. En el encabezado, una fecha y un «Querido Andy». La carta estaba firmada por «Irène A.».

—Irène A. podría ser por Irène Adler, uno de los personajes de Conan Doyle.

Vic le tendió el paquete de cartas a su compañero.

—¿Podrías buscar las demás cartas firmadas por Irène?

Vadim asintió y se sentó a su lado. Mientras tanto, Vic releyó varias veces la carta, con cuidado; el ceño fruncido.

¿Qué significaba ese pasaje casi incomprensible en medio del texto?

¿Y la historia de los números? La carta le parecía trivial y muy extraña al mismo tiempo.

Se imaginó a Félix Delpierre, en su sótano, escribiendo esa carta frente a su «cosa», devanándose los sesos para ponerse en la piel de una mujer, hasta tal punto que modificó su propia letra.

—He encontrado otra. «Irène A.».

Vadim se la entregó. Vic la leyó con atención y se sorprendió porque la estructura era idéntica: dos o tres párrafos de banalidades, seguidos de un pasaje oscuro de un par de líneas, en esa ocasión hablando de árboles y del océano.

Luego, hacia el final de la carta, Irène A.

retomaba la historia con los números y concluía con un último párrafo cargado de sentimientos.

Vic esperó a que Vadim encontrara otra carta y, efectivamente, se topó con esa misma estructura.

Puso las cartas la una al lado de la otra y se concentró en los párrafos enigmáticos.

Sabía que la solución se encontraba justo ahí, delante de sus ojos.

Se imaginó a Jeanson abriendo la carta perfumada y descifrando las palabras que Delpierre le había escrito, bajo la atenta mirada de los guardias.

Fue capaz de adivinar su satisfacción, su poder.

«Cada ave despega ágilmente, vuelo eterno, rozan estrellas silenciosas.

En nidos tejidos entre ramas, reposan alas doradas, oscuras, suaves…

», leyó con toda su atención. Y otra frase, en otra carta: «Callejones arrastran delirios, árboles viejos espían ruinas en silencio.

Ecos nublados tiñen el río, recuerdos arcanos, dormidos, ocultos, sombríos».

La misma oración incomprensible, el mismo número de palabras, y el mismo…

Y, en ese momento, lo vio. Las letras se iluminaron en su cabeza como las balizas en las pistas de aterrizaje de un aeropuerto.

—¡Lo tengo!

Vadim alzó la mirada hacia su compañero.

—¿Qué has encontrado?

Vic no respondió, pues ni siquiera lo había escuchado. Cogió un papel, un bolígrafo y se puso a subrayar algunas letras.

« C ada a ve d espega á gilmente, v uelo e terno, r ozan e strellas s ilenciosas.

E n n idos t ejidos e ntre r amas, r eposan a las d oradas, o scuras, s uaves…

C erca, e n r iberas, c olibríes a guardan d espiertos e l s oplo a pacible, i nesperado, n acido t ras b arrancos e scondidos, r incones n egruzcos, a lbergues r ecónditos.

D ime, p ara a trapar u na l ibélula i nquieta n avegando e ntre p inos, ¿ e s r iesgoso l uchar o bnubilado, t emeroso? ».

—Hay un párrafo especial en cada una de las cartas escritas por Delpierre. Justo en este bloque, el autor transmite el inicio del mensaje. Ahí se encuentra la clave de todo. Basta con pegar las primeras letras de cada palabra de esos pasajes para entenderlo.

Vadim se acercó y se inclinó sobre la carta.

—«C-a-d-á-v-e-r-e-s e-n-t-e-r-r-a-d-o-s c-e-r-c-a d-e S-a-i-n-t-B-e-r-n-a-r-d, P-a-u-l-i-n-e P-e-r-l-o-t».

Miró a Vic.

—Mierda. ¿Qué coño quiere decir eso?

Vic se tomó unos segundos antes de responder.

—La Inmortal de Kaspárov… Creo que lo he entendido.

Sin perder el ritmo, Vic anotó a toda velocidad una sucesión de cifras.

—Mira. Si juntamos todas las cifras que se mencionan en esta misma carta, obtenemos 4522093 en el primer párrafo y 553594 en el segundo.

Lo que daría 45.22.09.3 y 5.53.59.4 si ponemos los puntos.

Eso son las coordenadas GPS exactas de la tumba de Pauline Perlot, están escritas en el informe.

Eso es exactamente lo que Delpierre le transmitió a Jeanson por medio de esta carta: «Cadáver enterrado cerca de Saint-Bernard, Pauline Perlot.

45.22.09.3E, 5.53.59.4N». Es el lugar concreto donde nuestros compañeros desenterraron el cuerpo, Vadim.

Vadim se quedó mudo; la vista, clavada en el resto de cartas.

—Espera un momento, creo no lo pillo del todo. Me estás diciendo que… que…

—Que estoy casi seguro de que Andy Jeanson no ha hecho más que transmitirnos lo que está escrito en estas cartas, que se hizo responsable de todos los asesinatos, de los ocho.

Silencio. Vic se repeinó el pelo hacia atrás, impactado por sus descubrimientos.

—Los cuerpos que entrega a la Policía a cuentagotas desde hace dos años son los de Delpierre. Se sacrificó, Vadim, como la torre blanca en la Inmortal de Kaspárov. El Viajero, considerado uno de nuestros peores asesinos en serie, puede que no haya matado a nadie.

—¿Eso significa que Jeanson lleva casi dos años tomándoles el pelo a los investigadores?

¿Que ese cabronazo, que tiene más artículos en la prensa que una estrella de rock , nos ha hecho creer que cometió los asesinatos de otro?

¿Y que no nos dimos cuenta de que las supuestas víctimas de Jeanson y las de Delpierre son las mismas?

Vic asintió con la cabeza, convencido.

—La «distracción». Atrayendo la atención hacia sí mismo, el Viajero nos impidió que viésemos más allá.

Ya no seguimos buscando a las víctimas, sino que esperábamos a que Jeanson nos entregara los cadáveres.

Eso es precisamente lo que iba a suceder con Sarah Morgan.

Delpierre iba a enterrarla, como a las demás, y sería Jeanson quien, algunas semanas más tarde, nos revelaría el lugar en el que se encontraría el cadáver, atribuyéndose el crédito del asesinato.

—Es demente.

—Esto no quiere decir que Jeanson sea inocente, ni muchísimo menos.

Tenemos pruebas irrefutables de que fue él quien secuestró a todas esas chicas, pero quizá su papel en todo eso se termine ahí, al igual que el de Delpierre se limitaba a la «limpieza».

La diferencia es que uno se sitúa al inicio de la cadena y el otro al final.

—Entonces, estaríamos ante una sola y misma red organizada. Jeanson, Delpierre y, en el meollo de todo el asunto, el famoso Moriarty, alias Luc Thomas.

—Sí, eso es lo que pienso. Los tres compañeros de habitación…

, unos tíos que, treinta años después, volvieron a formar su grupo para raptar, secuestrar, torturar y asesinar a unas pobres chicas, cada uno enfocado en su tarea.

De todos modos, Jeanson estaba entre la espada y la pared.

Como autor de una serie de secuestros, se arriesgaba a ir a prisión sí o sí, así que se hizo cargo también de los asesinatos.

Es su manera de seguir jugando. Todos juegan, esos pedazos de cabrones…

Vadim se sentía incapaz de medir el impacto de aquellos descubrimientos.

Un asesino en serie que en realidad no lo era...

El desconcierto total de la Policía, engañada por todos lados…

Jeanson y Delpierre, dos críos sin duda destruidos por las adversidades y los abusos sufridos en su infancia, que nunca lograron superarlo del todo…

¿Habían visto en Moriarty a su salvador?

—Una pregunta realmente estúpida: si el papel de Jeanson se limitaba al secuestro, ¿por qué enviaba los mechones de pelo meses más tarde?

—Por existir. Porque le daba cierta importancia, una identidad.

Con esos mechones y ese modus operandi , se convirtió en el Viajero, perseguido por todas las fuerzas de la Policía.

Hizo que naciera una leyenda, su propia leyenda.

En cierto modo, actuó como Delpierre, que también quería existir por sí mismo, aunque de una manera mucho más discreta; por eso secuestró a Apolline o fabricó su «cosa».

Todos tenemos esa necesidad: la de existir por nosotros mismos, y no limitarnos a ser el esbirro de otra persona…

Vic hojeó las cartas seleccionadas por su compañero.

—Solo nos queda comprobar las demás y asegurarnos de que…

Sus palabras murieron en sus labios cuando descubrió la fecha de una de las cartas. Jeanson había recibido una misiva, más larga que las demás, que databa del miércoles pasado, siete días antes, dos días después del numerito en la gasolinera.

Delpierre, que sabía que la había cagado y era consciente de que la Policía no tardaría en enterarse, quiso enviarle un último mensaje a Jeanson.

Una vez más, Vic cogió el bolígrafo y se puso a anotar con una escritura frenética la primera letra de cada palabra.

El texto que apareció ante sus ojos le puso la piel de gallina.

Lo inconcebible.

Cogió la hoja, saltó de la silla y salió disparado hacia la puerta.

—¡Llama a emergencias!