El manuscrito Capítulo 61
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Capítulo 61

Léane le cortó el paso al perro para que no entrara y se adentró en la casa. Llegó a un pasillo cuyas puertas estaban todas cerradas excepto una, de donde salía un rayo de luz rojiza. Léane tenía la sensación de estar metiéndose en la boca del lobo.

Abrió un poco más la puerta, con los dientes apretados, temiendo que chirriara.

Se topó con unas escaleras que giraban hacia la izquierda.

Bajó y tuvo que agacharse para pasar por debajo de una bóveda de piedra.

Más allá de dicha bóveda, se extendía una sala de torturas con un techo muy alto.

Clavos, cuchillas, látigos y grapadoras brillaban sobre una mesa de trabajo.

A la derecha, se encontraba una mesa con grilletes.

Se detuvo un momento al ver, colgado junto a los látigos, fustas, mordazas y varios materiales sexuales, el xifóforo con su hoja de afeitar.

Aún quedaba algo de sangre seca sobre el metal.

Mientras contenía la respiración, escuchó unos dedos tecleando en otra habitación.

Empujó una cortina de correas, que tintinearon.

Otra sala de tortura, otro material. Entre ellos, una jaula de pájaros gigante, una especie de sarcófago atornillado a la pared, y un recipiente cilíndrico lleno de agua, coronado por un sistema de cadenas y poleas que permitía sumergir un cuerpo suspendido.

Mistik estaba en una esquina, el cuerpo tenso, con pantalones de cuero y una camiseta sin mangas blanca, sentada frente a un portátil. Se giró bruscamente, con los ojos abiertos como platos. Léane la apuntó con la pistola.

—Mueve un dedo y disparo.

—¿Quién coño eres?

Léane descolgó un par de esposas y se las lanzó.

—Póntelas. Las manos a la espalda.

Mistik miró rápidamente la pantalla del ordenador y quiso cerrarla, pero Léane fue más rápida y dio un fuerte golpe en el pie de la silla que hizo que Mistik cayera al suelo. Hizo que el seguro se accionara con un movimiento y ajustó su puntería.

—Te voy a matar en tu sótano sórdido. Te juro que no dudaré.

Léane estaba al límite de su paciencia. Mistik retrocedió, las manos en el suelo, y obedeció. Se levantó y cerró los círculos de acero alrededor de sus muñecas. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices, viejas quemaduras y cráteres marrones; un verdadero campo de batalla.

Léane observó el ordenador, donde había una ventana abierta que contenía un chat: la mujer estaba conversando con alguien. Su corazón le dio un vuelco en el pecho cuando vio con quién se estaba comunicando.

Moriarty, ese enfermo que la Policía le había mencionado y que, sin duda, había mantenido a Sarah cautiva durante cuatro interminables años.

6:13:42 Moriarty: ¿Vale?

Ese mensaje apareció justo en ese momento ante sus ojos.

No apartó la mirada de Mistik cuando se sentó en la silla.

Reconoció, en la pantalla, las direcciones acabadas en «.

onion» y el navegador TOR: la darknet . El software era TorChat.

Ya había oído hablar de él por parte de los equipos de cibercriminalidad que la habían ayudado con uno de sus libros.

Era el equivalente a un sistema de SMS anónimo de la darknet .

Cada vez que se cerraba la ventana, todos los mensajes desaparecían.

Ninguna pista, ninguna forma de recuperar los archivos.

Repasó rápidamente el hilo de conversación.

6:02:10 Mistik: Urgente. Responde porfa.

6:10:22 Moriarty: ¿Qué quieres? ¡Te dije que no me contactaras más! ¡Se ha acabado! Es la última vez que tú y yo hablamos. Explica.

6:10:57 Mistik: Siempre me has dicho que te informe si pasaba algo raro. Y tengo la sensación de que me ha seguido una mujer.

6:11:25 Moriarty: ¿Dónde? ¿Cuándo?

6:11:42 Mistik: Hace un cuarto de hora. Creo que desde el Torreón. El coche pasó por delante de mi casa y continuó el camino. Matrícula acabada en 59. El norte.

6:12:32 Moriarty: Hace dos años que todo acabó. No te preocupes y deja de escribirme por todo. La Policía pronto encontrará mi cadáver. Esta es nuestra última conversación. Todo ha acabado. Ya no existe nada. ¿Vale?

6:12:58 Mistik: ¿Tu cadáver? ¿Qué ha pasado?

6:13:42 Moriarty: ¿Vale?

El cursor parpadeaba ante sus ojos, esperando una respuesta. Léane estaba en shock , pero no se paró a pensar. Hacía casi dos minutos que Moriarty esperaba; pronto sospecharía de algo. Se lanzó sobre el teclado.

6:15:20 Mistik: Vale.

Clicó, tragó saliva. No hubo respuesta. Entonces, con rapidez, tecleó de forma instintiva, porque tenía que ir rápido, no perder el contacto y arriesgarlo todo:

6:16:27 Mistik: Pero tenemos que vernos.

Mientras esperaba sentía la angustia en la garganta. Esperó uno, dos minutos. Moriarty ya no respondía. Tal vez había cometido un error, tal vez no debía haber escrito esa frase. Añadió:

6:17:12 Mistik: ¿Sigues ahí? Responde, por favor. Sé cosas sobre Giordano. Sobre su desaparición.

Nada. Silencio absoluto. Golpeó el escritorio con el puño.

—¡Mierda!

Se enderezó. Sus ojos ardían de puro odio cuando apuntó con la pistola al pecho de Mistik, que seguía sentada en una esquina.

—Te doy diez segundos para que me digas quién es. Quiero que me hables de Giordano y de Moriarty. Quiero entender por qué hacéis todas estas cosas, esos cabronazos y tú.

Mistik clavó sus grandes ojos de águila en los de Léane.

—Quiero entenderlo todo ya, o te garantizo que te mato a tiros.

—No lo harás. No tienes huevos.

Léane sacó el móvil y le enseñó la foto del rostro destrozado de Giordano, esposado, con las manos por encima de su cabeza. A Mistik le impactó, pero no cedió. Mostró los dientes y escupió como una serpiente venenosa.

—¡Que te follen!

Léane ya no podía más, temblaba de la cabeza a los pies.

Agarró a Mistik del pelo y la inmovilizó contra el suelo, luego la golpeó con la culata de la pistola.

La mujer rodó por el suelo con un grito ronco.

Se acabaron los sentimientos. Estaba acabada.

Actuaba por puro instinto, por la necesidad de respuestas.

Su única misión era hacer que escupiera todo lo que sabía, hasta la última palabra.

Podría resistir los golpes y el dolor de una bala en la pierna, pero no la sensación de ahogamiento, el clásico de los torturadores.

Y, cuando le colocó los pies en las ataduras de metal que colgaban, entendió que Mistik no lo soportaría, por la forma en que se resistía y gritaba. Quizá le gustaba ver a sus esclavos hundirse en esa cosa, quizá le produjera un placer infinito, pero hoy le tocaba a ella pagar las consecuencias.

Léane tiró de una cadena que activó el sistema de poleas.

Su prisionera fue alzada del suelo, cabeza abajo, con las manos aún esposadas detrás de la espalda.

La barra a la que estaba atada giró hasta quedar sobre el cilindro de metacrilato.

Mistik se desgarraba las cuerdas vocales y se retorcía, y, cuando Léane tiró de la palanca que sumergió el cuerpo, los gritos se convirtieron en burbujas mientras el rostro, agrandado por el grosor del plástico, se transformaba en una máscara espantosa.