Capítulo 60
Léane ya no podía más. La espera se le hacía interminable. La escarcha se adhería a las ventanillas, y a menudo salía para rasparlas y hacer circular la sangre en sus piernas. Se estaba quedando congelada.
El libro de Michel Eastwood descansaba sobre el asiento del copiloto.
Léane lo había manipulado de todas las formas posibles, había repasado algunas de las páginas y buscado ese fragmento de pasado olvidado.
¿Cómo tratarían esa historia los abogados de su editorial?
¿Cómo podía demostrar que no lo había plagiado, cuando los puntos en común eran tan evidentes?
Léane no quería volver a adentrarse en aquel asunto tan turbio: lo que había sucedido aquella noche en las dunas debía quedarse aparcado en el pasado.
Seguro que Barbara había conseguido sobrellevarlo de alguna forma.
Quizá ya lo había superado todo y ahora llevaba una vida feliz.
No quería revivir su dolor, si es que había logrado aliviarlo.
Alrededor de las cinco de la madrugada, Léane volvió a adentrarse en el frío de la calle y en aquel callejón sin salida.
Sabía, según la página web, que el Torreón cerraba a esa hora.
Miró la foto reciente de Mistik y clavó la mirada en la puerta.
La pistola pesaba en el bolsillo interior de su chaqueta.
Los empleados salían uno por uno. Un cuarto de hora más tarde, se le aceleró el pulso cuando reconoció a la mujer.
Era ella. Mistik le dio dos besos a la calavera tatuada antes de echar a andar por la acera.
Léane estaba a punto de seguirla a pie, pero escuchó el ruido característico de una alarma que se desactivaba y vio las luces de un coche parpadear a unos cien metros.
Corrió entonces hacia su propio vehículo, siguió de cerca al sedán rojo y solo encendió las luces después del cruce.
Su ansiedad aumentaba a medida que recorría las calles de la ciudad, pues creyó que se podía estar acercando el momento de la verdad.
Las carreteras resbalaban, lo que facilitaba la persecución, porque Mistik no iba rápido, y Léane podía mantenerse a distancia para que no la detectara.
Mistik tomó el bulevar periférico Norte, la nacional 6, y luego se incorporó a la autopista A6 durante unos diez kilómetros.
Salida Chasselay. Las farolas se apagaron, dando paso a la oscuridad del campo, antes de llegar al pequeño pueblo.
La nieve sobre los tejados, las calles brillantes y vacías: todo estaba congelado, inmóvil, muerto, como si se encontraran en una bola de nieve colocada sobre un mueble.
Léane no apartó la vista del sedán rojo ni un segundo.
Atravesaron el pueblo y, tras unos cuantos giros más, el coche puso el intermitente frente a una verja que se abría lentamente, con una luz de emergencia naranja parpadeando encima.
En vez de parar y llamar la atención, Léane siguió su camino como si nada hubiera pasado. Por el retrovisor vio cómo el vehículo se metía en la propiedad. No dio media vuelta hasta que se alejó un poco y luego esperó un rato.
Diez minutos después, saltó un muro y se coló en el jardín.
Frente a ella, bajo un cielo de luna y estrellas, se alzaba una hermosa casa de paredes de piedra y ventanas arqueadas de madera, clavadas en la fachada como si fueran unos ojos curiosos.
Solo una luz se filtraba a través de un ventanuco con cristal opaco, justo a ras del suelo.
¿Qué hacía Mistik en un sótano o en una bodega a las seis de la mañana?
A Léane casi le da un ataque al corazón cuando un perro apareció por detrás de ella.
Era un fox terrier nervioso que primero le olisqueó los zapatos y el pantalón y luego se sentó delante de la puerta.
Léane sacó el arma y, sin hacer el más mínimo ruido, giró el pomo de la puerta principal. Estaba abierta.