Capítulo 58
Era de noche… Las farolas, con aureolas de fuego, quemaban el hielo de las aceras de Lyon.
El frío cortaba, como una guillotina, congelaba los rostros y chamuscaba las cejas.
Oculta en un callejón sin salida y resguardada por los coches aparcados en fila, Léane observaba la trampilla que se abría en la pesada puerta de madera, en diagonal hacia la derecha, el débil rayo de luz que escapaba de ella y las siluetas que se desvanecían tras aquella fachada discreta, adornada solo por un cartel sencillo: EL TORREÓN NEGRO .
Durante el trayecto había tenido tiempo para dar vueltas a los sucesos de la noche anterior y a las confesiones del tipo con cara de mero.
¿Qué había pasado por la cabeza de Jullian para pedir que lo agredieran mientras Giordano yacía en el fuerte?
Cuando, además, cabía la posibilidad de que hubiera encontrado a su hija con vida.
¿Qué lo había llevado a tales extremos, a ocultar la verdad?
Léane no tenía ninguna respuesta. Era insoportable no saber y tener que esperar a que su marido recuperara la memoria.
Un hombre enfundado en un grueso abrigo intercambió unas palabras a través de la trampilla y le abrieron la puerta.
Léane esperó unos minutos más y también golpeó la madera.
Un rostro apareció en un cuadro de luz azulada: una verdadera cara de pitbull, calvo y cubierto de tatuajes.
No dijo nada y esperó, mirándola de arriba abajo.
—¿Puedo entrar?
El tipo le cerró la trampilla en las narices con un golpe seco. Léane volvió a llamar. Un rasguño metálico. Volvió a aparecer el mismo rostro, aún más amenazante en esa ocasión.
—Vuelve a golpear la puerta y te vas a enterar.
—¡Solo quiero entrar! Yo…
Era una pérdida de tiempo; Léane sentía que hablaba con una pared.
Se negaba a rendirse. Tampoco podía entrar allí a la fuerza, pues se arriesgaba a que le partieran la boca.
¿Qué podía hacer, entonces? Pensó y se le ocurrió una solución sencilla: si no podía entrar, esperaría a que Mistik saliera.
Se avecinaba una noche interminable, pero era su única oportunidad.
Fue a buscar su coche a la orilla de los muelles y encontró un sitio en la acera de enfrente, a unos diez metros del club.
Apagó los faros, detuvo el motor y esperó, acurrucada en el abrigo.
Su teléfono sonó a las 22:52 h. Era Jullian, que llamaba desde el fijo.
Contestó, le aseguró que todo iba bien y que no sabía si su búsqueda daría resultados, pero que mantenía la esperanza.
Le dijo que, mientras tanto, iba a acostarse en su apartamento.
La voz de Jullian crepitó en el auricular.
—¿Todavía no me quieres contar nada?
—Ya te lo explicaré, pero no ahora. ¿Has tenido noticias de tu padre?
—No, ninguna. Estoy preocupado de verdad, Léane.
Con todo lo que está pasando, tengo miedo de que…
, de que le haya pasado algo. La Policía ha puesto en marcha la búsqueda.
Ni siquiera les puedo ayudar, no sé nada sobre él.
No sé ni dónde vive. No me acuerdo. Por mucho que mire vídeos o álbumes de fotos, no avanzo.
Todo está atascado en el fondo de mi maldita cabeza.
—Confía en la Policía, lo van a encontrar. Descansa e intenta dormir un poco. No sirve de nada forzar las cosas. Los recuerdos no vendrán así.
—No es lo mismo estar aquí sin ti, yo... me siento perdido. Dime al menos que todo va bien, que... que no me ocultas nada grave, que no vas a hacer ninguna tontería.
—No la haré.
—Vuelve pronto, ¿vale? No dejo de dar vueltas en círculos y voy a acabar por volverme loco. No paro de mirar las fotos de Sarah y, cuanto más la veo, más pienso en Giordano. Me enferma tenerlo encerrado en el fuerte y pensar que podrían pillarnos en cualquier momento…
Léane lo escuchaba en silencio. Pensó que quizá habría sido mejor llevarse la llave del fuerte. ¿Se le ocurriría a Jullian volver allí solo?
—En cuanto vuelvas, actuaremos, ¿vale? Sé que va a ser difícil, pero ya no hay marcha atrás. No quiero perderte; perdernos…
Léane colgó como si el teléfono le quemara la oreja. Miró las dos manos abiertas frente a ella: le temblaban. Esas manos no eran capaces de matar a un hombre, Léane lo entendió cuando desvió su disparo en el último momento.
Ella no era una asesina.