Capítulo 57
El coche de Vic se sumergía poco a poco en las profundidades de los pinos centenarios, en aquella oscuridad infinita.
Conducía por unas curvas cada vez más cerradas, como si llegar al antiguo internado fuera una prueba, una lucha encarnizada contra los elementos de la naturaleza.
El policía había hecho el camino solo, con la radio a un volumen bajo.
Vadim no quería perderse la entrega de regalos a su sobrina y Jocelyn Mangematin tenía que ir a recoger a sus padres a la estación, que llegaban desde Bretaña.
Bordeó unos lagos teñidos de blanco, rozó unos barrancos grises y no llegó hasta pasadas las diez de la noche, con cierta dificultad en los últimos kilómetros a causa de la engorrosa nieve.
La verja estaba abierta, pues habían avisado a Félicien Jacob de su visita.
Cuando vio los faros rasgar la oscuridad, apareció en el porche, como un ogro custodiando su guarida.
Vic sintió la infame punzada del frío al asomar la nariz fuera y hundir los pies en la costra blanquecina.
Fue a saludar al hombre, blandiendo su placa de policía.
—Mi compañero habló con usted por teléfono.
El conserje se apartó para dejar que el policía entrara.
Tenía unas manazas enormes y una barba espesa que caía sobre un viejo suéter, y el aliento le apestaba a alcohol.
Aquella debía de ser la única forma de soportar las interminables noches de invierno en la más profunda soledad, pues el pueblo más cercano estaba a veinte minutos en coche.
—Hablemos dentro.
Entraron. Los pasillos estaban helados, los techos eran demasiado altos, y sus pasos resonaban como en una catedral.
Una hilera de dibujos de niños, que debían de ser del verano pasado, aún colgaba sobre una fila de percheros.
Vic observó las colosales siluetas de los abetos a través de los cristales y se imaginó las montañas justo detrás.
Pensó en los niños de aquella época, educados en la austeridad, aislados de sus familias.
Podía hacerse una idea de las afinidades que debieron de surgir entre ellos fuera del horario lectivo: los secretos que se confiaban, los pactos que hacían.
¿Jeanson y Delpierre se habían hecho amigos?
Los hombres llegaron a un apartamento del ala oeste, donde vivía Jacob.
En el salón, las tuberías crujían, y los grandes radiadores de hierro fundido, colocados directamente sobre el suelo de baldosas, desprendían un calor abrasador.
Lo primero que hizo el inquilino fue servir dos vasos de vodka y ofrecerle uno a Vic.
—Los gendarmes me tomaron por un loco cuando les hablé de los cuatro libros.
Vamos, les daba igual. Tomaron mi denuncia, pero estoy seguro de que quedó olvidada en el fondo de un cajón.
Para ellos, me había tomado unas copas de más, por lo que había perdido las llaves y me había caído, punto pelota.
Pero me conozco mi librería de memoria. Nunca compré esos libros.
—¿Pudo ver a su agresor?
—No. Sucedió fuera y me atacaron por la espalda. El tipo debió de aparcar bastante lejos y venir hasta aquí a pie. La pequeña carretera que bordea el centro había sido despejada de nieve, pero lamentablemente no había ningún rastro de su presencia.
—¿Por qué «el tipo»? ¿No podría haber sido una mujer?
—Eh… Sí, bueno, supongo que sí. Pero imaginé que sería un hombre.
—¿Los gendarmes se llevaron los libros?
—¿Está de coña? ¡Qué va! Están ahí, al pie de la librería.
—¿Los encontró ahí?
—No, estaban en todo lo alto, justo al lado de mis libros de Sherlock Holmes.
Sherlock Holmes… Vic sintió un nudo en el estómago y tuvo una corazonada: Moriarty en persona había estado entre aquellas paredes; él había sido quien agredió al conserje.
Fue a coger las novelas de Miraure y las hojeó rápidamente.
En la primera página había un gran sello: GABINETE DE PRENSA …
Tenía en sus manos los libros robados de la villa de la bahía de Authie.
El caso se estaba enrevesando tanto que cualquiera se volvería loco.
Entonces, ¿Moriarty era el ladrón de la villa de Léane y Jullian Morgan?
¿Y había recorrido ochocientos kilómetros desde el norte para venir a dejar unas novelas aquí, semanas después?
¿Por qué? ¿Qué intentaba contarles? Otro enigma más, que ya estaba volviendo loco a Vic. Se giró hacia su interlocutor.
—¿Los ha leído? ¿Encontró algo extraño en el texto o entre sus páginas?
—Sí, me tomé la libertad de leerlos. Quería intentar entender por qué me los había dejado aquí.
¿Por qué justo esos en concreto? Es un verdadero enigma en sí mismo, digno de Conan Doyle.
En cuanto a novela negra, siempre me había limitado a los viejos clásicos, pero la verdad es que Miraure no está nada mal.
Y... me ha preguntado si he visto algo raro en los libros…
En uno de ellos, hay un poco de sangre en una de las páginas.
El propietario de esos libros debió de hacerse una herida mientras leía.
—¿En cuál? ¡Enséñemelo!
Félicien Jacob se acercó y le señaló El hombre del cementerio .
—En este… Más o menos a mitad del libro.
Vic lo hojeó. Se fijó en una marca roja, bastante ligera; efectivamente, en la esquina de la página 170, y todavía más difuminada en la siguiente. Quizá fuera una oportunidad inesperada. ¿O una trampa?
—Deme una bolsa.
Jacob obedeció. Vic embaló el libro con cuidado. Regresó hacia los sillones y se bebió el vodka de un trago. Le ardió la garganta.
—Creo que su agresor es el individuo que buscamos, que todo tiene relación con el pasado de este edificio.
Había captado la atención de Jacob, así que se sentó frente a él; las manos, unidas entre las rodillas.
—Usted ya trabajaba aquí en los años ochenta, y me gustaría que hiciera un esfuerzo por recordar.
Los años que me interesan en concreto son de 1986 a 1988.
Dos chicos estuvieron entre estas paredes.
Uno de ellos se llamaba Andy Mortier, tenía catorce años y venía de Chambéry.
El otro, Félix Delpierre, era tres años menor y venía de Aillon-le-Vieux. ¿Le suenan Delpierre o Mortier?
El conserje se frotó la boca. Luego colocó su pesada mano delante de él.
—¿Cómo pretende que me acuerde? Fue hace treinta años, y acogíamos a más de doscientos niños cada año. He visto desfilar a miles y miles de cabezas rubias, y usted me suelta dos nombres así, de la nada. ¿Qué es lo que quiere saber exactamente sobre ellos?
Vic se dio cuenta de que no estaba haciendo ningún esfuerzo por ayudar a aquel hombre.
Le mostró una foto de Andy Mortier que estaba en su expediente.
Era anterior a su ingreso en el internado.
El chico miraba al objetivo con una sonrisa.
Sus mejillas hinchadas estaban salpicadas de pecas, y sus cejas arqueadas le daban un aire bromista.
La mirada estaba ahí, inmutable, pero, por lo demás, nada que ver con el Jeanson asesino ni con el cuerpo brusco y musculoso que tenía ahora.
—Todo. Con quiénes se relacionaban Delpierre y Mortier, su comportamiento, si sus años aquí transcurrieron con normalidad. Él es Mortier. ¿Le dice algo?
Su vieja mirada de ermitaño pareció enturbiarse, pero le devolvió la fotografía a Vic.
—No, nada…
—¿Y a Andy Jeanson lo conoce? Se ha hablado bastante de él últimamente en los medios de comunicación.
—¿Acaso ve una tele aquí?
—Andy Mortier es Andy Jeanson. Es el autor de al menos ocho asesinatos de mujeres jóvenes que se reparten a lo largo de los últimos cuatro años.
Las llevaba a su autocaravana, las violaba y las enterraba.
En lo que respecta a Félix Delpierre, fabricó en su sótano un maniquí de piel con sus víctimas femeninas, a las que despellejaba…
Jacob recibió el golpe de sus declaraciones.
—Entonces creo, señor Jacob, que sería mejor que recordara ese rostro, porque quizá haya un tercer hombre de la misma calaña, también salido de este establecimiento y que aún anda suelto. Fue él quien vino a agredirlo y quien dejó esos libros. No me iré de aquí sin saber por qué.
El conserje buscó en las pupilas de Vic un destello al que aferrarse, pero no había ninguno. Observó de nuevo la fotografía, su rostro se contrajo con una mueca, y unos dientes dañados asomaron entre los pelos grises de su barba. Quiso servirse otro vaso, pero Vic le sujetó el brazo.
—Así no se va a acordar.
El hombre se deshizo de su agarre. Dudó.
—Unos asesinos… Sí, ya me acuerdo de ese chaval… Y del otro también, de Félix Delpierre. Siempre estaban juntos, eran como uña y carne. A Delpierre todo el mundo lo conocía como Corazón de Piedra. No hablaba nunca.
Se levantó.
—Sígame.
Jacob abrió unas puertas, bajó por una escalera y pulsó unos interruptores.
Las luces revelaron unos pasillos interminables.
Vic escuchó el rugido de una enorme caldera y percibió crujidos de madera vieja.
Su anfitrión abrió una pesada puerta que dejaba al descubierto una boca oscura.
Una bombilla iluminó una nueva escalera.
—Está todo aquí abajo.