El manuscrito Capítulo 56
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Capítulo 56

Vadim regresó con un vaso desechable de café en cada mano.

En ese periodo entre dos fiestas, las oficinas de la brigada de investigación criminal estaban casi vacías.

Los casos menos urgentes se habían pausado, mientras los policías recargaban las pilas.

Mangematin estaba encerrado en su despacho, con la nariz metida en el papeleo; Dupuis y Manzato habían asistido a una reunión con el juez instructor y la Policía judicial de Lyon para presentar los últimos avances de la investigación.

Vic se alegraba de haberse librado de semejante marrón.

Eran casi las seis de la tarde cuando entró en el despacho.

Tenía a mano la copia del mensaje que Delpierre les había dejado sobre la pila de DVD cuando descubrieron la «cosa» en el sótano de su casa: «¿Os ha gustado la sorpresa?

Y, ahora, aquí os dejo mi legado, pitufos de mierda. Que disfrutéis de la peli».

—Tenemos que buscar esta letra en el montón de cartas.

Comprobó cada carta una por una, y luego se las iba entregando a su compañero para llevar a cabo una segunda verificación. Vadim no podía evitar leer algunas líneas.

—Te juro que estas tías están como cabras: «Sé lo que se dice sobre ti, y que todo es mentira.

Cuando miro tus hermosas fotos, solo veo un hombre delicado, inteligente y sincero.

Eres un ser humano. No es justo que te traten así, tienes derecho a una segunda oportunidad».

Bla, bla, bla. ¿Cómo les puede llegar a gustar un deshecho social como él?

Deberíamos enseñarles las fotos de los cadáveres; seguro que eso les quitaría tanta tontería a todas estas histéricas.

Vic se bebía el café en silencio. Las cartas desfilaban bajo sus ojos y, tras una media hora, ya estaba volviendo a empezar por la primera.

—No es tan fácil, no he visto nada que se parezca. Debió de interpretar su papel hasta el final y modificar su letra.

—¿O quizá hemos metido la gamba por completo?

—No, no nos hemos equivocado. Tendremos que leerlas todas, las casi doscientas que tenemos. Primero las reagrupamos por remitente, luego por fechas, y procedemos por descarte. Quizá encontremos algún término raro, cosas subrayadas, en negrita o en mayúsculas. Tenemos que analizarlo todo con lupa.

Vadim no se molestó en ocultar su cansancio.

—Bueno… Cojo la mitad. Pero te aviso de que en dos horas sanseacabó. Tengo que pasar por casa de mi sobrina con Martine, para llevarle sus regalos de Navidad.

Vic empezó a leer, abatido por lo miserables e incrédulas que eran sus «fans». Conocía el fenómeno de la atracción sexual que sentían algunas mujeres por los peores criminales. Landru había recibido ochocientas propuestas de matrimonio antes de que su cabeza rodara por una bandeja.

Breivik, el noruego responsable de sesenta y nueve víctimas, en su mayoría adolescentes, tenía miles de admiradoras. ¿Cómo luchar contra algo que no se puede combatir? Vic se lo preguntaba a menudo, y cada vez le hundía más la moral.

Apenas había leído cinco cartas cuando Jocelyn Mangematin llegó al despachó con el corazón en la boca y un expediente bajo el brazo.

—¡Tengo un vínculo! ¡Tengo un putísimo vínculo entre Jeanson y Delpierre!

Vadim estiró el cuello como una suricata, y Mangematin estampó una montaña de documentos contra el escritorio de Vic.

—Estas son las copias del expediente de la evaluación psiquiátrica de Delpierre, realizada durante su juicio en 2010.

Os resumo el contexto: en ese momento se le juzgaba por robar cadáveres en el laboratorio de anatomía de la facultad de medicina de Grenoble y por necrofilia.

Los psicólogos nos facilitaron el trabajo, ya que su informe repasa buena parte de la infancia del tío.

Hay bastante palabrería inútil, pero lo que nos interesa ocurre a finales de los años ochenta.

Delpierre tenía doce años por aquel entonces.

Tenía una relación muy estrecha con su padre, mucho más que con su madre.

Todo empezó a descontrolarse con el infarto del viejo, en pleno verano…

Ese día, la madre se fue al mercado, así que el chico estaba solo en la granja cuando sucedió la tragedia, y se quedó junto al cadáver varias horas.

Cuando la madre volvió y vio la escena, el niño estaba derrumbado, llorando, y el padre ya había comenzado a hincharse… Ya sabéis a qué me refiero…

Vic se bebió el culillo que le quedaba de café, ya frío.

—Según los psicólogos, ese episodio lo traumatizó y marcó un cambio total en su comportamiento. A partir de entonces, empezó a faltar al colegio, y nadie sabía dónde pasaba el día; dejó de ayudar en las tareas de la granja, se encerró en sí mismo y se volvió mudo.

Le lanzó a Vic una mirada interrogadora.

—Y ahora eres tú, Vic, quien me va a dar la respuesta. Adivina adónde decidió enviar la madre al chiquillo.

Vic se encogió de hombros.

—¿Te rindes? Lo envió a un internado para niños, ubicado a una hora de Chambéry, donde someten a los chavales a una disciplina firme y viven en un aislamiento estricto. El internado…

—Rocas Negras. Mierda.

Vadim alzó los brazos.

—¿Hola? ¿Alguien me lo puede explicar?

Mangematin asintió y le entregó una impresión a color. En la fotografía se observaba el colegio: un conjunto de largos bloques de piedra fría con tejado de pizarra, rodeado de pinos negros y protegido por unas vallas oscuras y altas. No resultaba muy acogedor. En ese momento, intervino Vic:

—Andy Jeanson también estuvo en ese internado, de 1986 a 1988, bajo la identidad de Andy Mortier, el apellido de su madre.

Está escrito en su expediente. Tenía catorce años cuando ingresó en el establecimiento.

En ese momento, su madre lo criaba sola.

Su padre se había ido de casa con otra mujer cuatro años antes, sin reclamar la custodia del chico y limitándose a pagar la pensión.

El joven Andy, aunque inteligente, enfrentaba ciertas dificultades en el colegio debido a su aspecto físico, ya que tenía sobrepeso, problemas de salud y la conducta de forzarse a vomitar.

Su madre, que tenía problemas con el alcohol, ya no sabía cómo manejar la situación y decidió enviarlo al internado Rocas Negras.

Mangematin asintió con convicción.

—Delpierre, por su parte, estuvo allí desde 1987 hasta finales de 1989, tres largos años, de los cuales dos coincidió con Jeanson.

No se sabe qué ocurrió dentro de ese lugar, ningún informe lo menciona y, probablemente, nadie se interesó en averiguarlo.

El caso es que, al salir de allí, Delpierre tenía quince años.

A los dieciocho, consiguió un trabajo: empezó como aprendiz en una morgue de Grenoble…

y ya conocemos el resto: su fascinación por la muerte, los empleos en mataderos, el laboratorio de la facultad de medicina, la necrofilia.

En fin, el internado no hizo más que empeorar las cosas…

—Dios mío, esto cada vez se pone peor. Dos críos que salen de allí, que crecen encerrados en sus propias obsesiones y que, años más tarde, empiezan a secuestrar y asesinar a mujeres jóvenes en serie.

Vic pensó en la fotografía del internado.

—¿El internado sigue abierto?

—El internado como tal ya no existe desde hace siete años.

Hoy en día, las instalaciones se utilizan para los campamentos de verano.

En invierno está cerrado, pero hay un conserje que vive allí todo el año para encargarse del mantenimiento.

Hablé con él por teléfono, se llama Félicien Jacob.

Es un veterano, lleva allí desde los años setenta, y en su momento era el manitas de turno: se encargaba de la jardinería, la limpieza, las pequeñas reparaciones…

Vamos, que es la memoria viva del lugar y podría contarnos muchas cosas.

—¿Lo has interrogado?

—Lo he intentado, pero es un tío de pocas palabras. Dice que no le gusta hablar por teléfono… Así que le he dicho que nos acercaríamos en persona para hacerle unas cuantas preguntas. Ah, y una última cosa, pero no por ello menos importante: el conserje fue agredido hace unos diez días.

Vic abrió los ojos como platos.

—¿Cómo dices?

—Lo dejaron inconsciente justo al volver de la ronda de inspección… Cuando se despertó, ya no tenía el llavero. Aparentemente, no habían robado ni dañado nada en las instalaciones. Pero pasó algo de locos… ¿Estáis preparados?

Mangematin observó las dos miradas clavadas en él y se preparó para recibir el impacto de la bomba que estaba a punto de soltar.

—Jacob vive en una de las alas del edificio. Cuando fue a denunciar la agresión a la gendarmería local, los agentes se acercaron hasta allí. Fue entonces cuando afirmó que estaba todo en orden…, excepto por que, según él, habían añadido cuatro libros a su estantería.

Vadim frunció el ceño.

—¿Unos libros? ¿Qué coño?

—Y no libros cualesquiera… Eran cuatro ejemplares de Enaël Miraure.