El manuscrito Capítulo 55
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Capítulo 55

A primera hora de la tarde, el vehículo policial recorría la carretera en dirección al centro penitenciario de Valence. Era una bola de fuego sobre la carretera, bajo un cielo gris plomo, cargado de cristales y a punto de descargar su lluvia blanca.

Por la mañana, Vic le había explicado al grupo sus deducciones del día anterior: dos asesinos en serie habían actuado al mismo tiempo, se conocían, se comunicaban entre ellos.

El Viajero estaba encerrado en una prisión de alta seguridad, no hablaba con nadie, ya no veía ni a su abogado y solo era interrogado tras complejos procedimientos administrativos.

Y, aun así, Vic estaba convencido de que Delpierre había tenido contacto con él a través de cartas.

¿Qué tenía Delpierre que contar? ¿Había alguna posibilidad de descubrir la identidad de Moriarty gracias a esas cartas?

Vadim apretaba con fuerza el volante.

—No me lo creo, joder… Jamás había visto algo igual. ¿Dos asesinos en serie que actúan de forma organizada y conjunta, es eso? ¿Una especie de concurso para ver quién deja más cadáveres a su paso? ¿Cómo le explicas algo así a tu familia?

—No se lo explicas.

—Sí, claro, no se lo explicas y terminas divorciado.

No me apetece mucho, qué quieres que te diga.

¿Sabes?, estas Navidades han sido una mierda.

No fui capaz de sacarme el caso de la cabeza ni un segundo.

Hasta cuando brindábamos pensaba en él. Cada vez que sonreía, me acordaba de los Morgan: el pobre hombre con amnesia y la mujer completamente destrozada…

Tienen una casa espectacular, tienen dinero, ella es famosa, pero ya no volverán a ver a su hija…

Y nada podrá traérsela de vuelta. ¿Existe algo peor que eso, algo peor que perder a un hijo…

?; sobre todo, en una situación como esta.

La prisión central se fundía con el cielo gris, cerca de la carretera nacional 7, en medio de un desierto de vegetación muerta y hierba helada.

Vadim hizo un gesto con la cabeza para señalar el cubo de hormigón y alambre de espino, cuyas torres de vigilancia estaban apagadas y que estaba equipado con redes de seguridad antiaérea.

—Todo por culpa de ellos. Me ponen enfermo.

Vic prefirió callar, pero pensaba lo mismo.

Esos individuos encerrados ahí dentro habían quitado vidas, arruinado destinos y familias, y la única solución que se encontraba era agruparlos como ganado, apartados de la sociedad, en lugares donde, a fin de cuentas, podían acabar volviéndose aún más violentos.

Pero ¿acaso existía alguna otra solución?

Vic no lo sabía. La política y él no se llevaban bien, así que se limitaba a intentar llenar esos lugares como se le pedía, a llevar materia prima a la boca del ogro penitenciario; un buen soldadito de la República.

Estacionaron en el aparcamiento para visitantes y se identificaron en el primer puesto de guardia: tenían una cita con Claude Nédélec, el director.

Eso no les evitó pasar por todos los controles de seguridad, por lo que no llegaron a su despacho hasta media hora más tarde.

Nédélec llevaba un corte de pelo militar, de un gris topo, y unas largas patillas tupidas que le llegaban hasta las mejillas.

Les estrechó la mano y les ofreció asiento.

Tras unos cuantos intercambios cordiales, el director fue directo al grano:

—Tras la llamada de su comandante, interrogué a mis empleados.

Sepan que, desde que está aquí encerrado, Andy Jeanson no tiene autorización para enviar ningún tipo de correspondencia, y que todas las cartas que recibe son abiertas y leídas con sumo cuidado.

No se ha detectado nada extraño. Y bueno, de haberle escrito a un individuo así, ya habría hecho saltar todas las alarmas.

Se inclinó sobre el escritorio y encendió la lámpara. Ya estaba oscuro dentro de aquel despacho.

—Así que creen que otro asesino en serie le envía cartas… Le llaman el Despedazador, ¿no?

—Le enviaba cartas; ahora está muerto. Les arrancaba una parte del cuerpo a sus víctimas antes de enterrarlas. El número de víctimas es idéntico al de Jeanson; los dos hombres no se tienen nada que envidiar desde esa perspectiva.

Nédélec arrugó la nariz.

—Buscan a un hombre. No obstante, Jeanson solo tiene admiradoras, ningún contacto masculino.

—El Despedazador pudo haberse puesto en la piel de una mujer para llegar hasta Jeanson.

Creemos que perfumaba sus cartas y que conocía al detenido, ya que poseía su número de registro de encarcelamiento.

Quizá planearon un modo de mantenerse en contacto a través de correspondencia, en caso de que uno de los dos fuese detenido.

Somos conscientes de que, con la investigación judicial en curso, es complicado hablar con Jeanson sin las autorizaciones necesarias…

—Sí, todo el papeleo llevaría dos o tres días. Lo siento mucho, lo digo de corazón.

—No podemos esperar. Necesitamos las cartas que recibió para avanzar. Le dijo a nuestro comandante que no le suponía ningún problema.

El director asintió y se levantó.

—Les voy a proporcionar una copia completa de todas sus cartas, siempre y cuando, claro está, no se haya deshecho de ellas. El paseo de Andy Jeanson será dentro de un cuarto de hora. Mis hombres ya están informados. Síganme…

Los guio hasta una fotocopiadora, ubicada en el ala administrativa.

—Esperen aquí: los presos hablan mucho entre sí, y prefiero evitar que vean caras desconocidas.

Es mejor para todos que Jeanson no se entere.

Tendré que darme prisa: mis hombres y yo solo disponemos de veinte minutos, que es el tiempo que Jeanson estará fuera de su celda.

El tiempo de ida y vuelta deja unos cinco minutos de margen para hacer las fotocopias que les interesa y volver a dejar todo en su sitio.

Se alejó y desapareció tras una puerta. Vadim se apoyó contra un tabique, con los brazos cruzados, y observó los distintos despachos alineados.

Parecía cualquier oficina administrativa: sin rejas, gente que se movía libremente por los pasillos y tomaba café en la máquina, risas que estallaban por doquier.

¿Cómo imaginar que, justo detrás de aquellas paredes, se concentraba un foco tan intenso de violencia?

Al cabo de unos minutos, el director reapareció con la frente sudada, acompañado de un vigilante penitenciario que le sacaba una cabeza de altura. Ambos se acercaron trotando hasta ellos.

—Aquí lo tenemos. Creo que está todo. Todo estaba agrupado en un solo montón bajo su colchón. Y no olía a perfume.

—¿Quizá solo perfumaba los sobres?

—Por desgracia, no hemos encontrado ninguno. Venga, solo disponemos de unos minutos…

Colocó el montón en una bandeja, pulsó unos botones y la máquina escupió las ciento noventa y dos fotocopias en ráfaga a una velocidad récord. Nédélec recogió los originales y estrechó la mano de los dos hombres.

—Tengo que volver. Cuento con ustedes para que me mantengan al corriente. Buena suerte con esto.

Los policías le dieron las gracias, cogieron el denso sobre de fotocopias, cruzaron los controles de seguridad en sentido contrario y llegaron al vehículo.

Vic era incapaz de leer en el coche, ya que se mareaba.

Además, prefería esperar a estar en comisaría para ponerse manos a la obra con el contenido del sobre.

Esperaba poder penetrar en el cerebro de los dos asesinos y descubrir sus siniestros secretos.