El manuscrito Capítulo 54
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Capítulo 54

Léane sintió que recibía una hostia con la mano abierta en toda la cara. ¿Había escuchado bien? Sostuvo el brazo de su marido, que estaba a punto de atacar de nuevo, y rebuscó en la chaqueta del intruso.

—Mi marido sufre amnesia. Perdió la memoria por tu culpa. Explícanoslo todo, de principio a fin. Y te aconsejo que no nos mientras. Debes saber que estamos hasta los mismísimos.

Le quitó una navaja y encontró su billetera.

Según su documento de identidad, se llamaba Andy Bastien, con domicilio en Abbeville, a cincuenta kilómetros de Berck.

Vivía en un barrio al este de la ciudad, uno de los más conflictivos.

También encontró un papel del tribunal: Bastien parecía estar en libertad vigilada.

Además, un documento de identidad: el de Jullian. Se lo tendió a su marido.

Bastien señaló a Jullian con el dedo.

—Fue él… Fue él quien apareció delante de mi edificio el martes pasado por la mañana, un poco desaliñado, como si estuviera perdido. Éramos varios rondando… Nos preguntó si había alguno que quisiera ganar dinero fácil…

Se limpió la nariz con la manga de su cazadora bómber.

—Nos enseñó los billetes, y me eligió a mí porque era el único que tenía coche.

Debía encontrarme con él en el extremo sur del dique de Berck, al pie del faro, a las seis de la tarde.

Parecía un vagabundo, pero aun así me dio quinientos euros como adelanto…

Y me dijo que me esperaban otros mil quinientos una vez hubiera hecho el trabajo…

Léane no podía creer lo que escuchaba. Eso eran dos mil euros, exactamente la suma que Jullian había sacado del cajero ese mismo día por la mañana. El tipo no mentía.

—Me presenté a la hora, aparqué en un lugar tranquilo y fui junto al faro. Lo vi llegar por el camino que lleva a la playa, con el teléfono en una mano. —Sorbió por la nariz—. ¡Dame un pañuelo, joder! ¿No ves que estoy sangrando?

Léane le lanzó un rollo de papel de cocina que estaba sobre el taller. El tipo se secó la nariz y se metió unos trozos dentro de las fosas nasales, con la cabeza echada hacia atrás.

—Luego nos dirigimos hacia el dique, hacia las focas. Estaba oscuro, no había ni un alma, y ese ambiente de mierda me daba una mala espina que te cagas. No paraba de hablarme de su hija, que tendría mi edad o algo así. Seguro que había bebido, pero aún se mantenía bien derecho…

Léane lo escuchaba sin moverse. No había duda: Bastien era el último que había visto a su marido antes de su amnesia; un hombre hundido y en mal estado, un fantasma que buscaba desesperadamente al culpable de la desaparición de su hija. El joven clavó la mirada en los ojos de Jullian.

—Nos paramos cerca de un banco y ahí, joder, primero me pediste que...

que te estrangulara, que apretara fuerte, hasta que me dijeras que parara.

Casi salgo por patas, pero me mostraste el fajo de billetes en tu bolsillo.

Pensé que no solo estabas borracho, sino que también estabas completamente loco…

Su mirada regresó hacia Léane:

—Sí, lo hice. Me... me puse detrás de él y apreté con todas mis fuerzas, al menos veinte segundos. Cuando lo soltaba, me decía «otra vez».

Jullian negó con la cabeza; los labios apretados. Léane leyó la desesperación en sus ojos, imaginó sus demonios internos y esas decenas de preguntas que lo perseguían, como las que la perseguían a ella, como la que más la atormentaba: ¿por qué?

—Casi se le salían los ojos de las órbitas cuando paré.

Yo... yo quería el dinero, y ya me parecía suficiente.

Pero no había terminado. Había escondido un bate de béisbol detrás de un banco, me lo puso entre las manos y me pidió, casi incapaz de hablar, que lo golpeara justo aquí —se señaló una zona de la cabeza—, que le diera un golpe fuerte y seco, que lo derribara, que lo dejara fuera de combate.

Me dijo que luego solo tenía que coger el dinero de su bolsillo y largarme.

Se quitó los trozos de papel de la nariz y se metió otros limpios.

—Hice lo que me pedía… Claro que lo hice.

Se cayó, tieso, cogí la pasta y… y, como también tenía el documento de identidad, me lo llevé…

Ahí ponía su dirección…, así que me vine con un colega entre semana a echar un vistazo a su casa desde lejos.

Consideré que podía merecer la pena visitar a…

un tipo que andaba por ahí con dos mil euros encima.

Cuando la vimos así, en medio de las dunas, vacía, sin luz…

quedamos en que volveríamos para saquearla durante la noche de Navidad…

Y aquí estoy. Joder, con lo que le hice, estaba seguro de que todavía seguiría en el hospital.

Léane intentaba procesar todas las revelaciones. Jullian la miraba horrorizado, como si él mismo no se creyera lo que les contaba. Agarró al joven por la cazadora, lo empujó hacia el maletero del cuatro por cuatro y lo abrió.

—Mi marido estuvo encerrado aquí dentro… ¿Cómo explicas eso? ¿Y cómo explicas el allanamiento de hace dos meses? ¿Y tus huellas por todas partes? Ya habías entrado en nuestra casa.

El chico agitó las manos.

—No, no. Te juro que no hice nada de eso. Lo que os acabo de contar es la pura realidad: es la primera vez que vengo a vuestra casa. Eso… Eso que dices del maletero no es cosa mía. No me jodas, ya tengo un control judicial por otro robo. No quiero acabar en la cárcel.

Por muy disparatado que sonara, Léane le creía.

Aquel chaval tenía problemas con la justicia, estaba fichado y sus huellas dactilares clasificadas.

Colin lo habría detectado si las huellas correspondieran con las del parásito.

En toda aquella historia, todavía había nudos más oscuros, más complicados de lo que ella podía imaginar.

Se dirigió hacia la puerta del garaje y la abrió. Jullian se precipitó hacia ella.

—¿Qué haces? ¿No irás a…?

Léane hizo un movimiento con la cabeza para decirle a Andy Bastien que se largara.

—Tengo tu documento de identidad. Si me entero de que te vas de la lengua, se lo cuento todo a la Policía. Olvídanos y nosotros nos olvidaremos de ti.

Una vez fuera, el tipo echó a correr en dirección a las dunas. Léane volvió a cerrar el garaje y empezó a dar vueltas; los pies descalzos contra el suelo helado. Se tiró del pelo hacia atrás, insensible al frío.

—¿Qué está pasando? ¿Qué cojones está pasando? ¿Por qué hiciste algo como eso?

Subió al calor del salón, se sirvió un vaso de alcohol y vació el contenido de un trago.

—Lo tenías todo planeado. Fuiste tú quien lo borró todo.

Tus búsquedas, el disco duro de tu ordenador, e incluso tu memoria…

De verdad caminaste a lo largo del dique con la dichosa aplicación de salud…

Tú… Tú escribiste el mensaje en el maletero con tu sangre, y no porque estuvieras encerrado, sino porque querías hacernos creer eso…

Es como si hubieras dejado pistas a propósito.

—¿Pistas?

—Y luego… el gorro escondido justo al lado de la rueda de repuesto…, las fotocopias de mi libro en el armario…, la llave en tu pantalón de pesca…

—¿Qué llave?

—Sabías que la reconocería. Seguramente… Es como si…, como si hubieras dejado todo lo necesario para… para que tomara el relevo. Pero ¿por qué? ¿Por qué hiciste todo eso? ¿Por qué me pusiste en una situación como esta?

Respondió que no lo sabía, que no sabía nada, que no se entendía ni a sí mismo.

Léane no consiguió servirse otro vaso porque unas moscas negras le nublaban la vista.

Por primera vez, creyó que iba a perder el conocimiento.

Tenía que acostarse de nuevo, olvidarlo todo ella también, al menos por unas horas.

Se arrastró hasta el baño, abrió el botiquín, se tomó un somnífero con un poco de agua y se metió bajo las mantas.

Luego todo se volvió borroso.