Capítulo 53
Léane sacudió a Jullian con fuerza y saltó de la cama. Fue corriendo hacia el vestidor y cogió la pistola, escondida entre su ropa. Su marido se despertó.
—¿Qué pas…?
Se acercó hacia él y, en dos movimientos rápidos, se puso el picardías.
—Shh… Creo que ha entrado alguien en casa. He oído un ruido.
Jullian se enderezó en la oscuridad. Vio el arma que sostenía, pero Léane seguía con el dedo delante de la boca.
Los sonidos eran ínfimos, prácticamente imperceptibles; un chirrido lejano de una puerta, que habría pasado desapercibido por culpa de las borrascas.
Jullian se puso los calzoncillos, tan ágil como un felino.
—¿Dónde está tu móvil? Tenemos que llamar a la Policía.
—Abajo…
Con pasos silenciosos como los de un gato, Léane echó un vistazo por la ventana.
Al final del camino, una masa negra estaba estacionada junto a las dunas.
Entrecerró los ojos, con la sensación de haber percibido un movimiento en el interior, como si alguien estuviera esperando al volante.
Debería haber gritado, encendido las luces, amenazado con llamar a la Policía y haberse encerrado con Jullian, pero aquella arma que sostenía entre sus manos y, sobre todo, el deseo de entender, la tenían amordazada.
Quizá había regresado el parásito, el ladrón, el agresor, o los tres juntos.
Se adentró en el pasillo. Después de haber enviado a Jullian al hospital y ante la ausencia de vehículos, quizá el parásito creía estar solo en la casa.
¿Volvería a beber su whisky y a comer de su nevera?
Descalza, se deslizó como un espectro hasta las escaleras de hormigón, con la SIG Sauer apuntando al frente, y descendió por ellas.
Jullian la seguía, un peldaño más arriba, con una estatuilla de mármol rosa en la mano.
«Tintineos metálicos… Unas llaves entrechocándose», pensó Léane. Desde donde estaba, pudo ver un fino haz de luz reflejarse en un cristal, antes de desaparecer. Un nuevo chirrido de una puerta. Pegada a la pared, Léane se giró hacia su marido.
—Ha bajado al sótano.
Léane no cedió ante el miedo, no permitió que la debilitara.
En cuanto oyó cómo se abría la puerta del garaje, bajó los escalones y surgió en la estancia donde solían descansar el cuatro por cuatro y su coche.
Una silueta acababa de subir la puerta seccional justo cuando la apuntó con el arma y gritó:
—¡Si te mueves, disparo! ¡Te juro que acabaré contigo!
Después, todo ocurrió muy rápido: el intenso destello de los faros desde el exterior, el rugido de un motor, el coche desconocido que arrancó y se largó sin su cómplice.
Jullian se abalanzó sobre la silueta petrificada, la tumbó en el suelo y le empezó a dar puñetazos hasta que le suplicó que parara, protegiéndose el rostro con las manos.
Léane tuvo que separar a su marido de su víctima. Jullian jadeaba; los ojos inyectados en sangre.
—¡Para! ¡Lo vas a matar!
Jullian terminó alejándose con las manos alzadas.
Respiraba con pesadez. El intruso rodó sobre sí mismo, gruñendo, y se enderezó.
Se arrastró hasta la pared de bloques de cemento.
Sin dejar de amenazarlo con la pistola, Léane encendió la luz y cerró la puerta del garaje.
Volvió hacia el desconocido y lo examinó detenidamente: un rostro plano como el de un mero, una nariz respingona que sangraba…
, no debía de llegar a los veinte años; una cara desagradable que nunca había visto.
Jullian volvió a la carga. Lo agarró por el cuello de su chaqueta bómber y lo empujó contra la pared.
—¿Fuiste tú? ¿Fuiste tú quien me dio una paliza y me envió al hospital, cabronazo? ¿Qué es lo que buscas?
El individuo abrió los ojos de par en par. Clavó la mirada en Jullian y luego en Léane, como si ni él mismo comprendiera lo que estaba pasando.
—Pero… ¡Pero si fuiste tú, joder! ¡Fuiste tú quien me pidió que te pegara!