Capítulo 52
—Vamos a tener que matarlo, Léane.
Las palabras habían surgido así, en mitad de la noche. Jullian se había incorporado en la oscuridad de la habitación, con las sábanas recogidas sobre las rodillas. Léane no dormía, tenía los ojos abiertos como platos y clavados en el techo.
—He perdido la memoria, pero eso no me hace menos culpable de mis actos: lo secuestré, encadené y golpeé.
Tú me conoces, Léane. Dime… Dime con total sinceridad si crees que habría reaccionado de ese modo sin saber…
, sin estar completamente seguro de que él tenía algo que ver con la desaparición de nuestra hija.
Léane se giró hacia su lado para enfrentarlo.
—Antes de la desaparición eras un hombre dulce, pero tenías tus convicciones.
Eras un apasionado defensor de la colonia de focas de la bahía, y sabías cómo rebelarte con los pescadores sin recurrir a la violencia.
Odiabas la violencia. Pero cambiaste cuando Sarah desapareció.
Ya no dudabas en… tener gestos agresivos con la gente que se ponía en tu contra.
Te… te hundiste, Jullian. En la ira, en el alcohol…
—Entonces, ¿crees que me equivoqué, que quizá me cegó… la ira?
—No. Es culpable, estoy segura. Y también sé que lo sabías.
Sintió la mano cálida de su marido sobre el hombro.
—¿Habrías estado a mi lado si también lo hubieras sabido? ¿Me habrías apoyado?
—Siempre te he apoyado. Todo lo que mis fuerzas me lo permitían.
Escuchó cómo el aire escapaba del pecho de Jullian, como un alivio.
—Tenemos que pensar qué hacer ahora… No podemos dejarlo para siempre en el fuerte. Empieza a ser demasiado arriesgado. Alguien va a terminar viéndonos, alguien más curioso de lo normal podría llegar a entrar allí y encontrarse con Giordano…
Léane lo escuchó hablar. Su marido tenía la valentía de expresar con palabras lo que llevaba días pensando.
—La Policía terminará por toparse con el nombre de Giordano. Han estado aquí, en casa, y volverán. Colin Bercheron siempre está detrás de la puerta en cuanto la abrimos… Y además… Y además está el tema de mi padre, que se encuentra en paradero desconocido…
Un silencio. Una ausencia. La mano se apartó. Jullian no se movió durante una decena de segundos, antes de continuar la conversación:
—Mañana, la Policía empezará la búsqueda.
Me lo dijeron. Habrá policías por todas partes.
Giordano ya nos quitó a nuestra hija, me niego a que nos quite también nuestra libertad.
No es inocente, y ya no dudamos. No necesito mi memoria después de haber visto su tatuaje: tenemos la prueba de que está implicado, de que le hizo daño a nuestra hija. ¿Acaso nos hace falta algo más?
—Prefiere mantener la boca cerrada a contarnos lo que hizo… Si fuera inocente, no… no reaccionaría así.
—Exacto. Si queremos tener la oportunidad de salir de esta, no tenemos otra elección. Cuanto más tardemos, más complicado será.
En la penumbra, Léane discernió cómo se miraba las manos abiertas.
—Siento que estoy preparado para hacerlo.
Léane se llevó las rodillas al pecho. Pensó en Mistik, en la película en la que la joven permitía que la mutilaran y en el informe de Bartholomeus.
Cuando escribió El manuscrito , se había imaginado en el lugar de su protagonista, asesinando a Arpageon.
Había visualizado cada etapa en su mente, había creído llegar a sentir lo que se podía sentir en ese tipo de situación: ahogarlo con un cojín, enrollar su cuerpo en una lona de plástico y luego deshacerse de él bajo tierra, en el bosque o en el fondo del mar.
Pero aquello era diferente. A Giordano lo había mirado a los ojos.
A pesar de lo que había hecho, seguía siendo un ser de carne y hueso, un ser humano.
—Pre-Prefiero que esperemos un poco más. Algunos días. Quizá tu memoria regrese, o quizá él decida hablar.
—Sabes de sobra que no lo hará. Y, aunque mis recuerdos regresen, ¿qué cambiaría? Huir de la fatalidad no sirve de nada.
—Por favor, esperemos un poco. Solo un día o dos. Mañana voy a hacer una escapada. Hay una última cosa que quiero comprobar.
—¿El qué?
—Te lo contaré si llega a buen puerto. No es nada seguro, pero sigue siendo una pista que no puedo ignorar. Quiero llegar hasta el final antes de… de tomar una decisión, la que sea.
—¿Por qué no me lo quieres decir? Podría ayudarte, podría…
—Lo único que podría ayudarme son tus recuerdos.
—Como quieras.
El silencio los envolvió, un silenció que hacía daño en los tímpanos más que calmar.
Léane sentía el pulso en las sienes. Seguramente Jullian tuviera razón: era inútil tratar de retrasar el momento fatídico, había que tomar una decisión rápido.
Giordano no se merecía ningún juicio. Por una fracción de segundo, lo vio libre y a su marido y a ella entre rejas.
Cuanto más tardaran, más plausible se volvía aquel escenario.
Esa noche de Navidad se quedó así, dos horas, tres, con los ojos cerrados, incapaz de pensar, y mucho menos de dormir.
Los rostros seguían desfilando por su mente.
Su cerebro se desconectó varias veces, un sueño más poderoso que todo venía a atraparla, y luego desaparecía.
Diversas imágenes danzaban bajo sus párpados: unas nubes de murmullos tenebrosos, unas bocas retorcidas en la arena de las dunas, unas uñas rotas sobre la chapa del coche.
Cuando una nueva ola la envolvió en su cascarón de calor, un ruido golpeó el pabellón de su oreja, subió por el canal auditivo y, tras ser analizado por la corteza cerebral, fue considerado como anormal, incluso peligroso.
Léane abrió los ojos de golpe. El radiodespertador marcaba las 3:22 h.
Contuvo la respiración, mientras Jullian respiraba tranquilamente a su lado.
¿Lo había soñado? ¿Había sido el viento?
No, estaba segura de haber oído el golpe de una puerta cerrarse en el exterior.
Entonces recordó que no había vuelto a activar la alarma, y dudó si la puerta principal estaba cerrada con llave.
Hubo otro ruido, pero esa vez no provenía del exterior de la casa.
Era un leve chasquido de herramientas en la planta baja.
Alguien había entrado en casa.