El manuscrito Capítulo 51
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Capítulo 51

Las inmortales eran las partidas de ajedrez más famosas jamás jugadas, también conocidas como «partidas del siglo», unas verdaderas obras de arte de reflexión y lógica que dejaban una huella para la eternidad, que nunca morían.

He ahí el enigma que Andy Jeanson le había legado a Vic, un año y medio antes, en una oficina de la brigada de investigación criminal de Lyon.

¿O quizá la respuesta se encontraba en la partida en sí misma?

Pero ¿la respuesta a qué pregunta? Tal vez tenía que mirar en otro lugar, fuera del marco, fuera del tablero, como parecía indicar la pista «distracción», ese término usado en el mundo de la magia y que le había mencionado Jeanson al final del interrogatorio.

En aquel entonces, Jeanson le había propuesto una partida de ajedrez dentro de la partida de ajedrez, un acertijo que nadie había logrado resolver.

Aquel día de Navidad, Vic se había despertado con la sensación de haber engullido yeso.

Los tragos de ginebra enseguida dominaron sus pensamientos nocturnos, y se había hundido en el sue ño al cabo de media hora, ebrio, agotado, casi incapaz de subir los tres escalones que llevaban a su cama de colchón barato y lleno de ácaros, para despertar pasado el mediodía.

Casi diez horas de sueño, como si hubiera recuperado todas las horas en vela en una sola noche.

Después de almorzar en el restaurante chino del centro comercial —abarrotado en ese día especial, aunque poco tuviera que ver con el pavo tradicional—, volvió a su habitación y, esa vez sobrio, empezó a leer el informe de Colin Bercheron.

Describía unos hechos precisos: no faltaba detalle.

El policía del norte no se había tomado el asunto a la ligera.

Allanamiento dos meses atrás, sin señales de que se hubieran forzado puertas o ventanas, y robo de algunos objetos, entre ellos productos de baño y libros de Léane Morgan. Un sinsentido.

Luego…, justo hacía una semana, alguien, «el parásito», probablemente el ladrón que ya había entrado antes, se coló en casa de los Morgan durante la noche, activó la alarma y se hizo pasar por el marido ante un técnico de la agencia de vigilancia.

Dejó sus huellas por todas partes —en la botella de whisky, en la nevera, en los muebles—, pero no estaba fichado por la Policía.

Hizo desaparecer la documentación y todo lo relacionado con las investigaciones sobre Sarah Morgan.

A las siete de la tarde de ese mismo día, Jullian Morgan fue encontrado inconsciente en el dique.

Al parecer, fue golpeado y estrangulado, después de haber sido encerrado en el maletero de su propio coche y trasladado hasta allí para que, probablemente, alguien lo hallara.

Fue llevado al hospital, donde despertó sin memoria.

Vic movió las piezas del tablero. Defensa Pirc: las negras dejan que las blancas construyan un fuerte de peones en el centro del tablero para luego poder atacarlos a distancia.

Al cabo de cinco jugadas, volvió a centrar su atención en el expediente.

El caso en la costa del Norte también tenía su buena dosis de misterios, sobre todo cuando se sumaron los hallazgos en el maletero del cuatro por cuatro: VIVA , escrito con la sangre del marido, y, sobre todo, el gorro, descubierto bajo la alfombrilla.

Vic tenía una imagen de dicho gorro delante de sus narices.

Sacó una fotografía del expediente de Jeanson, la de Sarah Morgan la noche de su desaparición.

No había duda, se trataba del mismo gorro.

Observó aquel rostro radiante con tristeza, aquella fotografía sacada en selfi, justo antes de que Sarah saliera a correr en invierno de 2014.

Irradiaba luz sobre el papel brillante; una hermosa joven a la que le esperaba todo un futuro por delante.

Él la había descubierto privada de sus ojos y su rostro, con el cráneo destrozado, en el fondo del maletero de Delpierre, cuatro años mayor.

Cuatro años de su vida viviendo en el mismísimo infierno, para finalmente ser masacrada a golpes con un martillo en un sótano, en lo más profundo de Vercors.

Vic salió disparado hacia la ventana y la abrió de par en par, al borde de las náuseas.

Alguien tendría que pagar por ello. Era necesario.

Esperó hasta que se encontró un poco mejor y regresó al centro de la habitación, es decir, a solo dos pasos.

Si Jeanson no había secuestrado a Sarah, ¿quién lo había hecho?

¿Por qué diablos el asesino en serie se había apropiado de la víctima de Félix Delpierre?

¿Por puro narcisismo? Vic cada vez lo dudaba más, pues tenía la sensación de que había una razón más profunda, más compleja.

Si no, Jeanson no le habría dejado ese enigma para resolver.

El policía hojeó su propio expediente y luego sacó la imagen de la «cosa» de Delpierre, ese maniquí de piel en el que la pobre Sarah había contribuido con su rostro, sus ojos y sus manos.

Colocó la fotografía entre la Sarah con el gorro y la Sarah muerta en el fondo del maletero.

¿Quiénes eran las otras víctimas que componían la «cosa»?

¿Dónde habían sido secuestradas? ¿Y qué pintaba Apolline en todo aquello? ¿Qué había hecho Delpierre con ella?

Siguió mirando la «cosa» un rato más. Luego, un detalle llamó su atención: Delpierre había asesinado en ocho ocasiones, si omitía a Apolline. Jeanson también había actuado en ocho ocasiones. Al atribuirse el asesinato de Sarah Morgan, el Viajero había llegado a nueve.

Un asesinato más que Delpierre.

Dama en h6, alfil en b7. Vic envió a ambos ejércitos al frente del tablero, dos adversarios librando un combate intelectual de alto nivel; un duelo a muerte, a base de neuronas y adrenalina, por un objetivo que iba más allá del simple mundo del ajedrez.

Una idea surgió de pronto: ¿y si existía una conexión entre los dos asesinos?

¿Y si, de una forma u otra, cada uno de ellos estaba al tanto de las actividades del otro?

¿Y si se hubieran enfrentado en una especie de competición, jugada tras jugada, como en el tablero?

¿Quién había enviado el mechón de cabello a los Morgan? ¿Delpierre o Jeanson?

Entonces Vic pensó en Moriarty, un grano de arena en su razonamiento.

¿Cómo podía encajar ese tercer hombre en el esquema que estaba imaginando?

Por una fracción de segundo, se le ocurrió que Jeanson podía ser Moriarty, pero eso era imposible: le costaba imaginarlo con un teléfono en una prisión ultravigilada, enviando mensajes de texto a Delpierre o alquilando el chalé de La Chapelle-en-Vercors diez días antes.

Había algo que no cuadraba en su planteamiento. Tenía la sensación de estar completamente perdido, pero, al mismo tiempo, cerca de la verdad. Porque esa idea de una competición entre dos asesinos le encajaba.

Se concentró en el perfil de cada hombre, pues eran tan diferentes…

Excepto por Apolline, Delpierre no parecía actuar en solitario, solo se trataba de un ejecutor que trabajaba para Moriarty y se encargaba de eliminar y deshacerse de los cuerpos.

Era un enfermo que fantaseaba con los muertos.

En cambio, Jeanson era un lobo solitario que se encargaba de secuestrar y enterrar a sus víctimas con sus propias manos.

Uno era reservado, silencioso, sedentario y se escondía en la sombra de las montañas. El otro era inteligente, charlatán, jugador, un obsesionado de los números, y estaba en constante movimiento con su autocaravana por las carreteras de Francia.

Ambos enterraban los cadáveres. Jeanson estrangulaba a sus víctimas o las golpeaba en la cabeza.

En el caso de Delpierre, no se sabía con exactitud, ya que las víctimas que aparecían en las grabaciones tenían la cabeza cubierta por una bolsa de plástico…

Es cierto que Sarah Morgan había sido golpeada con un martillo, pero nada probaba que Delpierre hubiera procedido del mismo modo con las demás.

Manipuló las piezas de ajedrez, frenético, hasta llegar al movimiento más bello de la partida. Inesperado, demoledor. Había inclinado el duelo y provocado la caída del bando negro: el sacrificio de la torre blanca de Kaspárov en d6. Inolvidable.

Se quedó inmóvil ante esa posición, por enésima vez, y observó el tablero desde todos los ángulos.

¿Le habría ofrecido Jeanson aquel enigma solo por ese movimiento magistral?

¿Podía esconderse la clave detrás de ese desplazamiento de la pieza blanca?

Evidentemente, Vic ya se había hecho esa pregunta durante horas, sin sacar nada en claro.

¿Existía la posibilidad de que los caminos de aquellos dos hombres se hubieran cruzado, que hubieran colaborado, que…?

Se puso de pie bruscamente y, una vez más, se reventó la cabeza contra la barra metálica de la cama. Se dobló por la mitad con las manos en la cabeza, jurando entre dientes. Maldecía aquella habitación, su situación, su miserable vida.

Calmó el dolor con un generoso trago de ginebra —la viva imagen de curar el mal con el mal— y se vio de nuevo a sí mismo hurgando en la basura de Delpierre.

El papel de cartas, los sobres y el perfume femenino tirados entre los desperdicios…

Entonces recordó dónde había visto el número 27654 anotado en la portada del cuaderno.

Era el número de registro de encarcelamiento de Andy Jeanson.

Los dos asesinos se comunicaban entre ellos.