El manuscrito Capítulo 50
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Capítulo 50

La noche actúa como una marea que sube y baja.

Hay un momento en que el dolor parece retirarse y se vuelve tan lejano que apenas se percibe en las sombras.

Pero, a medida que se acerca el despertar, la marea sube de nuevo.

Las olas crecen, cada vez más fuertes y violentas, hasta romper contra un rincón del alma.

El dolor despierta más intenso que antes, como sal vertida sobre una herida.

En aquel día de Navidad, Léane estaba acurrucada en la cama, inmóvil, con la foto de su hija en la mano.

Las mismas imágenes se repetían en bucle en su cabeza.

Pensaba en Sarah muerta y en su cadáver hallado en un maletero.

Por extraño que pudiera parecer, también veía un coche fúnebre detenido en medio de las dunas de Dunkerque, con la luna brillando sobre la carrocería, bajo una lluvia de confeti.

Todo se había acabado: Léane no volvería a ver a Sarah nunca más, solo sobre una mesa de acero, cuando los policías lo decidieran.

Por ahora no recuperaría el cuerpo de su hija, tenía que esperar a que la investigación terminara…

, si es que terminaba algún día. Acariciaba el rostro sobre el papel satinado, con tanta insistencia que gastaba la foto, y sabía que repetiría aquel gesto cada mañana de todos los días que le quedaran por vivir…

Jullian apareció por la puerta del cuarto; ya pasaba del mediodía. Vestía unos vaqueros negros y un jersey de lana gris de cuello vuelto que nunca le había gustado, y que además le quedaba demasiado largo. Avanzó hacia ella, le cogió la fotografía de las manos y la miró.

—Era preciosa…

La colocó sobre la mesilla de noche y se sentó al lado de Léane. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano.

—Fui a la dirección que me dijiste para buscar a mi padre, pero no me abrió la puerta.

No parecía que su coche estuviera aparcado en la entrada.

Quizá le dio por ahí y se volvió a su casa, pero ¿por qué ya no me coge las llamadas?

Estoy preocupado, voy a avisar a la Policía para ver si podemos entrar en la vivienda que alquiló.

Tiene que haber alguien de guardia, aunque sea Navidad.

Léane asintió sin abrir la boca. Jullian se levantó.

—Me he pasado toda la noche pensando en Sarah, en lo que nos contó la Policía y en Giordano. Tenemos que encontrar una solución y rápido. Me niego a que ese cabrón se salga con la suya y que nosotros paguemos el pato.

Aunque los recuerdos aún no habían regresado, su comportamiento hacia Giordano había cambiado por completo.

Jullian era incapaz de explicarlo, pero sabía que ese hombre le había hecho daño a su hija.

¿Instinto, reminiscencia o intuición? Léane no habría sabido decirlo.

Salió de la habitación sin mirar atrás. Dos minutos más tarde, Léane oyó cómo arrancaba el cuatro por cuatro.

El ruido del motor se fue alejando poco a poco, hasta volverse imperceptible.

Una solución. Solo había una solución posible.

Léane lo sabía… Lo sabía desde el momento en que puso un pie en aquel fuerte.

Giordano no había cedido ante Jullian antes de la agresión; era duro como una piedra, capaz de aguantar. Entonces, ¿qué debían hacer con él?

Léane no lograba imaginarse lo peor, no se sentía capaz. ¿Pero Jullian? ¿Había conservado, pese a todo, el fuego de su ira en lo más profundo de sí? ¿Estaba dispuesto a matarlo? Ahora bien, ¿acabar con Giordano no significaba correr el riesgo de no saber nunca la verdad?

Léane no quería rendirse. Seguiría luchando e investigando mientras sus fuerzas se lo permitieran.

Salió de la cama, fue a buscar su ordenador portátil e insertó una memoria USB: la que contenía el informe psiquiátrico sobre Giordano.

Tras ponerse las gafas de lectura, lo revisó por encima.

Perversión… depredación… manipulación… sometimiento…

palabras que se repetían a lo largo de las páginas.

El informe de Bartholomeus era realmente demoledor.

Rasgos de psicopatía… Giordano disfrutaba infligiendo dolor.

Pero también recibiéndolo, lo que no hizo más que reforzar sus convicciones: ese policía no hablaría.

No descubrió nada que el psiquiatra no le hubiera contado ya.

Dejó el documento a un lado y buscó en internet «Torreón Negro» y «Mistik», sin la más mínima esperanza.

La persona con la que Giordano había mantenido una relación parecía seguir trabajando en el establecimiento, ya que su nombre y una fotografía aparecían en una fiesta organizada recientemente.

Pequeña, cabello rubio y casi rapado, piercing en el labio inferior y en las orejas, ojos de un azul abismal, cicatrices en los pómulos…

, un rostro duro, cuadrado. Léane sintió escalofríos solo con enfrentar esa mirada.

En otro apartado de la web, aparecía un foro relacionado con el sadomasoquismo y las prácticas extremas. Pero, cada vez que Léane clicaba, se le denegaba el acceso: había que ser miembro del foro para leer los mensajes, y las solicitudes de inscripción debían ser aprobadas por un administrador.

Dejó de lado esa pista y tecleó «Charlotte Henry», el nombre real de Mistik.

En esa ocasión, los resultados fueron más elocuentes, y aparecieron más fotografías de la mujer.

Databan de los años 90. Según una corta biografía en Wikipedia, Charlotte Henry nació en Bélgica en el año 1968.

Léane había creído que era más joven, pero ya tenía cuarenta y nueve años.

No encontró nada sobre su vida privada: había formado parte de la corriente artística conocida como arte corporal desde 1987 hasta 1992.

Esa corriente consistía en estudiar y superar los límites del potencial físico y mental a través de actuaciones a menudo extremas, donde el cuerpo del artista se convertía en una obra de arte por completo.

Rechazo de las convenciones y de las restricciones, coqueteo con lo prohibido.

Henry no se andaba con medias tintas. En varias ocasiones, la joven artista se había lacerado, flagelado, casi congelado una parte del cuerpo con bloques de hielo, dormido en camas de clavos o de esquirlas de cristal…

ante un público cada vez más numeroso. La mujer cuestionaba el dolor.

¿Hasta dónde podía llegar un ser humano en el sufrimiento que se infligía?

¿Cuáles eran nuestros propios límites? Luego se volvió hacia el reflejo, hacia quien observaba: ¿hasta dónde era capaz de llegar el espectador con su mirada?

¿Y con sus actos?

Una desquiciada.

Henry cada vez implicaba más al espectador, pidiéndole que le entregara la herramienta con la que se hacía daño a sí misma, y observaba, analizaba y tomaba nota del comportamiento del observador.

¿Se sentía avergonzado cuando le permitía hacerse daño?

¿Se sentía implicado? ¿Había algún placer oculto en causar daño?

Con cada actuación, su cuerpo arrastraba el peso y las huellas de la experiencia anterior. Era su ofrenda al arte.

Léane navegaba de un enlace a otro, y tuvo que indagar a fondo para descubrir lo que apareció ante sus ojos: un artículo anónimo en un blog.

Yugoslavia, 1992. Charlotte Henry realiza una performance titulada Item 48 .

Durante cuatro horas, rodeada de cuarenta y ocho accesorios (cuerdas, pinzas, guirnaldas, objetos de placer o de destrucción), se queda en manos de los visitantes, y les deja hacer lo que quieran con su cuerpo vestido.

Llevaba un vestido largo y unas botas negras con cordones.

Léane clicó en un enlace que había en el artículo y que la redirigió al vídeo de la actuación, grabada de principio a fin: cuatro horas de metraje con una calidad bastante mediocre, al parecer grabado con una antigua cámara de vídeo colocada en un trípode.

Al inicio, los visitantes consideran a Henry como una curiosidad más, la observan con dudas, sin atreverse a acercarse.

Después de media hora —Léane pasaba a cámara rápida o se saltaba algunas secuencias—, alguien empieza a levantarle el brazo, otro la hace girar.

Henry mantiene las posiciones en las que la colocan, lo que divierte cada vez más al público, que empieza a animarse a participar.

Algunos chasquean los dedos frente a sus ojos o le soplan en la cara.

Al cabo de una hora, un hombre de mediana edad desliza la mano bajo su vestido mientras ella permanece inmóvil. En otro momento, una mujer corta uno de los tirantes de su vestido con unas tijeras que había sobre una mesa, colocadas ahí para tal fin.

Cuando llegan a la segunda hora, Henry ya está completamente desnuda; sus bragas, abandonadas en el suelo. Algunos desvían la mirada, sin duda avergonzados de haberla mirado, aunque sea por unos segundos, pero la mayoría siguen observando, por curiosidad, o por voyerismo.

Henry termina atada con una guirnalda y un cable eléctrico; su cuerpo, cubierto de espinas de rosa. Incluso un individuo le apunta con el cañón de una pistola en la sien sin apretar el gatillo. ¿Hay balas en el cargador? ¿Está Henry dispuesta a morir ese día? Nada lo indica.

A Léane se le hizo un nudo en la garganta cuando, al final del vídeo, un hombre de unos cuarenta años cogió, de entre la multitud de objetos, un puño americano en forma de pez, con una larga aleta caudal curvada, capaz de desgarrar una mejilla; un xifóforo muy particular; un arma blanca destinada a herir, mutilar, matar; el tatuaje de Giordano.

Léane vio la grabación entera, al borde del asco.

El hombre, un tipo bajito de gafas, rechoncho y con sombrero, presente desde el principio y que en varias ocasiones se acerca y toca a la artista, le corta ambos senos y traza dos arcos perfectos.

Henry aprieta los labios hasta que se reducen a un hilo; las lágrimas se derraman de sus ojos y, aunque tiembla, resiste.

Al finalizar la performance, malherida, con sangre en los senos y el vientre, empieza a caminar entre los curiosos. Nadie se atreve a mirarla a los ojos. El hombre de las gafas desvía la mirada cuando ella se acerca a él, y se va.

Fin del vídeo.

Léane no se lo podía creer. Nunca había oído hablar de ese tipo de actuaciones ni visto unas monstruosidades similares, ni siquiera en las investigaciones para sus novelas.

La experiencia había tenido poca difusión, y demostraba hasta qué punto cualquier individuo podía llegar caer en la perversión y la violencia, llevado por el impulso del deseo y con un permiso tácito.

En cuatro horas le tocaron los genitales y la hirieron hasta sangrar.

¿Qué habría pasado si hubiera habido más tiempo? ¿O menos público?

Más allá de esa performance, no encontró más información sobre Charlotte Henry, como si la artista hubiera detenido de golpe sus actividades, o se hubiera refugiado en la oscuridad.

Pero una cosa estaba clara: esa mujer tenía algo que ver con todo aquel asunto.

El objeto que la había mutilado, y cuyo motivo se encontraba tatuado en el hombro de Giordano y grabado en un sótano donde Sarah había sido retenida, era la clave. Ese puto pez era el vínculo.

Henry, alias Mistik, en la actualidad adepta del sufrimiento en un «torreón» lionés, sabía cosas. ¿Que Giordano no quería hablar? Muy bien, pues Mistik lo haría por él. Léane le clavaría la pistola en la sien, si era necesario.

Escuchó que el cuatro por cuatro regresaba y cerró el navegador.

Luego bajó la pantalla del ordenador. No se lo contaría a Jullian, pues era consciente de que había cometido un error al enfrentarlo a Giordano, al querer forzar su memoria.

Debería haber intentado protegerlo lo mejor posible y no exponerlo a toda aquella violencia insoportable.

Bajó hacia la entrada para darle la bienvenida a su marido.

—¿Y bien?

Jullian se quitó la bufanda y el abrigo y los colgó en el perchero.

—Pues no se sabe nada de él. La propietaria abrió la casa y estaba vacía.

Por lo visto, mi padre cogió el abrigo y el móvil y se fue en coche.

Pero sus cosas siguen aquí. La Policía va a investigar, a ver si se ha producido algún accidente de tráfico.

Si mañana no tenemos noticias, abrirán una investigación por desaparición.

—Parece que la mala suerte sigue cebándose con nosotros.

Léane lo acogió entre sus brazos.

—Todo irá bien. Estoy seguro de que lo encontraremos y de que estará sano y salvo. Quizá necesitaba alejarse un tiempo…

Léane tenía los ojos abiertos como platos, pues no pensaba lo mismo.