Capítulo 49
Pasada la medianoche, Vic se encontraba estacionado junto a una acera, con las luces apagadas y la mirada clavada en una casa de ladrillos decorativos amarillos y grises, con un bonito arco de piedra, iluminada con buen gusto, de la que colgaba una guirnalda.
Veinte años de su vida en esa casa: veinte años de hipoteca, de recuerdos, de cumpleaños, de Navidades.
Para la gente del barrio, era una noche perfecta para celebrar Nochebuena, con los copos de nieve acariciando los hombros, los sombreros, las bufandas, los muñecos de nieve, y esos garajes que se abrían, en secreto, por los que se colaban los Papá Noel disfrazados —a menudo miembros de la familia— con el saco cargado de regalos a la espalda.
Inspiró hondo, salió del coche y, con un paquete entre las manos, fue a llamar al timbre, como un completo desconocido.
El coche de sus suegros estaba aparcado en la entrada.
Oía la música y el tintinear de los cubiertos contra los platos.
Tuvo que insistir varias veces antes de que Nathalie apareciera.
En un segundo, su rostro cambió de expresión: su sonrisa dio paso a una línea fina y recta.
Se dio la vuelta, como para asegurarse de que sus padres no estuvieran cerca, y entreabrió la puerta.
—Joder, es casi la una de la madrugada, Vic. ¿Qué haces aquí?
—Quiero ver a Coralie.
Lo analizó de arriba abajo para ver si había bebido, si estaba bien a esas horas, y echó un vistazo por encima de su hombro, hacia la chatarra que consideraba su coche.
—Ni de coña. No pintas nada aquí. Han venido mis padres. Se va a liar si mi padre te ve.
Vic empujó la puerta.
—No lo entiendes. Necesito verla. Solo serán dos minutos. Dos minutos aquí, en el rellano, y me marcho. Te lo prometo.
Nathalie dudó, miró el paquete y luego alzó la vista hacia sus ojos. ¿Estaba cansada o había llorado? Asintió con la cabeza de forma casi imperceptible.
—Voy a avisarla.
Cerró la puerta. Cinco minutos más tarde, Coralie apareció en el marco de la puerta.
A Vic le pareció que estaba preciosa. Se veía toda una mujer con su vestido de lentejuelas, con el moño y ese largo y gracioso cuello de cisne.
Tragó saliva y, sin darle más vueltas, la abrazó.
Pensó en la suerte que tenían de estar vivos.
No, nunca le había dicho a su hija cuánto la quería y no podía hacerlo, ni siquiera en aquel día tan especial.
Le resultaba demasiado difícil, aún más que anunciar la muerte de la joven Sarah a sus padres, pues las palabras le desgarraban la garganta como un alambre de púas.
Así que apretó más su abrazo, su único modo de expresarse.
—¡Papá! Me… ¡Me haces daño!
—Ay, perdón.
Se alejó, abochornado, y se secó los ojos con la manga del abrigo, ante su hija estupefacta.
—Ni siquiera sirvo para esto.
Coralie esbozó una sonrisa y le cogió el regalo de las manos, que él le tendió con timidez. Siempre había sido Nathalie quien se ocupaba de los regalos y todo lo demás.
—Gracias, papi, qué majo. Me alegro de que hayas venido.
Le dio un beso en la mejilla. Vic le devolvió la sonrisa, le acercó la mano al rostro, la desvió y la deslizó por su largo cabello.
—Feliz Navidad, mi niña.
No podía pedir más. Corrió hasta su coche sin mirar atrás.
No tenía ni la fuerza ni el valor. Contuvo las lágrimas todo lo que pudo, pero, dos calles más allá, empezó a llorar como una Magdalena.
Ya no sabía si debía estar triste o feliz por seguir teniendo a su hija, no como los Morgan, privados de su única hija; los Morgan, a los que había abandonado junto a su destino atroz, sus remordimientos y sus preguntas sin respuesta en aquella gran casa aislada.
Cuando se aseguró de que las lágrimas ya se habían secado, regresó al hotel con varios expedientes bajo el brazo.
Saludó a Romuald con una mano, pues la otra la tenía ocupada con una botella de ginebra que compró por diez euros y sesenta céntimos en un restaurante de mala muerte a la salida de la estación de Grenoble y embaló de cualquier forma en una bolsa de papel.
—Feliz Navidad, Romuald.
—Feliz Navidad, señor.
—¿Qué tal está MammaM ?
—Bien, señor.
—Gracias, buenas noches.
—Buenas noches, señor.
Esbozó una última sonrisa y se adentró en el pasillo vacío, tan vacío como el estacionamiento o las habitaciones vecinas, pues nadie dormía en un lugar así en Navidad.
Quizá esa era la única ventaja: estaría en silencio, el hotel para él solo.
Cerró la puerta con llave, apartó con una mano el desorden del suelo, colocó la copia del expediente de Colin Bercheron, la del expediente de Andy Jeanson, su botella de alcohol y el juego de ajedrez, y posicionó las piezas en sus casillas respectivas, listo para jugar por milésima vez la Inmortal de Kaspárov.
Se sentía más preparado que nunca para volver a enfrentarse al Viajero, pero esa vez contaba con un elemento fundamental: el asesino había mentido sobre Sarah Morgan. Se había atribuido el crimen, había anunciado que acabaría por confesar el lugar donde enterró el cuerpo, pero eso era imposible.
¿Por qué el Viajero había fingido matar a Sarah? Si no había sido él quien la tuvo secuestrada durante cuatro años, entonces… ¿quién lo había hecho? ¿Moriarty? ¿Por qué mantenerla con vida tanto tiempo?
Vic cogió un papel y se sentó sobre esa alfombra asquerosa color ala de paloma.
En la hoja anotó la palabra que Jeanson le había dicho el día de su encuentro, «distracción», así como el número que había recuperado de un cuaderno en la basura de Delpierre, esa serie de cifras atrapada en lo profundo de su memoria: 27654.
Le dio un buen trago a la botella de ginebra, abrió el expediente y avanzó el peón blanco de la casilla e2 a la e3.
La partida había comenzado.