El manuscrito Capítulo 48
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Capítulo 48

Las siete de la tarde. Dos corazones latiendo dentro del habitáculo de un coche minúsculo, estacionado en un aparcamiento donde yacían unos remolques para barcos con los neumáticos deshinchados, donde el olor a óxido y abandono se mezclaba con el de la espuma del mar.

A la derecha, a lo largo del lejano dique, un puñado de luces dispersas, como estrellas en la noche.

Gente que había venido a celebrar la Nochebuena en la costa, intercambiando regalos y riendo.

A la izquierda, nada: la oscuridad, la bahía de Slack, la arena húmeda, la vegetación desordenada.

Justo en frente se hallaba el fuerte maldito, acariciado por las últimas olas y escondido en la oscuridad; ese busto siniestro de muros helados que Léane y Jullian divisaban a través del parabrisas.

Jullian le devolvió su móvil.

—Mi padre sigue sin responder. Ninguna novedad. ¿Dónde coño se ha metido?

Léane no lo escuchaba. Ella pensaba que Sarah se había ido muy lejos, en un viaje sin retorno.

Quizá en ese preciso momento volaba sobre el mar, con el rostro al viento, libre, finalmente liberada de la violencia de aquellos hombres.

Cuatro años de oscuridad, de lo inimaginable, en algún lugar.

¿Dónde, cuándo, cómo? El no saber era insoportable, pero saber también.

El estallido repentino de su voz cortante:

—La marea ha bajado. Vamos.

Le cogió la mano a Jullian.

—Por todo lo que va a suceder ahí dentro, te quiero conmigo. Tienes que volver a ser el que eras. No olvides que fuiste tú, Jullian. Fuiste tú quien hizo esto. Yo solo… alimenté esa cosa.

—¿Alimentaste esa cosa?

—Debes ser fuerte, firme e inflexible. Si entras en ese fuerte conmigo, ya no podrás dar marcha atrás. ¿Puedo contar contigo?

—Puedes contar conmigo, pero… me estás asustando.

Salieron del vehículo. Y, cuando se adentraron en la lengua bordeada de rocas, cruzaron el umbral de la puerta y descendieron a la garganta infestada con fotos de Sarah —y a ese frío, esa agresión constante sobre la piel, que calaba hasta los huesos—.

Léane aún no le había revelado por qué estaban allí, en busca del famoso electroshock que le devolvería la memoria de golpe.

Grégory Giordano tenía los ojos clavados en su dirección cuando entró en primer lugar.

Un poco más corroído por la humedad, mostrando ese enorme pie ahora casi negro.

Léane quiso captar su mirada antes del impacto de la sorpresa, cruel y vengativa, así que se apartó y dejó que Jullian entrara en ese ruedo que él mismo había creado.

El estupor paralizó los rostros. Jullian permanecía inmóvil, como alcanzado por el rayo de su descubrimiento, mientras Giordano recogía las piernas hacia sí, el pie pesado, como un niño asustado; el párpado derecho, más hinchado que nunca, parpadeaba por reflejo.

Léane cogió la foto de Sarah y se la puso en las manos a Jullian para que la apretara, la sintiera, y extrajera de ella el brillo de su pasado y la energía para recordar.

—«Dame la fuerza para no olvidar jamás lo que hizo».

Mira, es tu letra. Este monstruo se llama Grégory Giordano.

Tú lo encerraste aquí. Fuiste tú quien lo agredió hasta hacerlo sangrar para que hablara.

Fue él quien encontró el gorro de Sarah cerca del chalé que vimos en la foto.

Tú pegaste todas estas fotos de nuestra hija por la escalera para que te diera la valentía que necesitabas.

Recuérdalo, Jullian. Recuérdalo, no me dejes decidir sola. Ayúdame.

Jullian tocó la fotografía y deslizó el índice por el rostro de su hija.

Después desvió la mirada hacia el prisionero, hacia el montón de comida, hacia el mecanismo de madera que había confeccionado.

Luego regresó hacia Giordano, bestia acosada, acorralada, que los observaba sin decir ni una palabra.

—Yo… Yo estaba… en su casa…

Léane asintió con entusiasmo.

—Sí, sí, fue allí donde lo secuestraste. Tenías tus motivos. Sabías que era culpable de algo que implicaba a Sarah. Seguía viva hace una semana, y este… cabrón lo sabía. Y ahora está muerta. Está muerta por su culpa.

Jullian aplastó las manos abiertas sobre las sienes, apretando con todas sus fuerzas.

—No… No sé nada más. No consigo acordarme. No me acuerdo de nada de esto, ni del fuerte ni de este hombre… Y si… ¿Y si no hizo nada? ¿Y si es inocente?

Léane se abalanzó hacia el prisionero y tiró de su jersey con un golpe seco, hasta revelar el tatuaje en su hombro derecho.

—¿Reconoces esto?

Jullian asintió.

—La fotografía del grabado…

—Un grabado encontrado en el lugar donde nuestra hija fue asesinada. No es inocente. Está implicado, y la Policía no tiene ni la más mínima idea de su existencia. Sarah está muerta por su culpa. La podríamos haber vuelto a ver con vida.

Giordano la empujó con violencia; el rostro, gris como la piedra.

La defensa mediante el ataque, como una rata atrapada en una trampa, como un animal que siente que va a morir en su madriguera.

Léane sacó el arma del bolsillo y la apuntó hacia él con una mano, mientras que con la otra le mostraba la foto del xifóforo grabado en la madera del chalé.

—Mi hija está muerta por tu culpa. Te doy diez segundos para que te expliques.

Cuando vio la foto, pareció sufrir espasmos.

—No, no, no. No he hecho nada, te juro que…

Léane le pegó el cañón de la pistola contra el cráneo. Giordano se desplomó de lado, gritando. Le sangraba la muñeca derecha por haber tirado tanto de la esposa. Jullian se precipitó hacia Léane para alejarla de él.

—¡Para! ¡Lo vas a matar!

Léane estaba rígida como un trozo de madera. Jullian la miró a los ojos.

—Tenemos que pensar, no podemos…

—¿No podemos qué? Joder, Jullian, reacciona y no me hagas arrepentirme por haberte traído aquí. ¡No fui yo quien lo dejó en este estado!

Arrancó la foto de las manos de su marido y leyó la frase en voz alta, como un mantra, tal como Jullian debió haber hecho mientras le aplastaba uno a uno los huesos del pie. Se acercó de nuevo a Giordano.

—Volveré a empezar una y otra vez hasta que hables. Y si no dices nada me encargaré de tu hija, Roxanne. ¿Te crees que no sé que has estado en la cárcel por violación y tortura a pobres niñas explotadas? ¿Te crees que no sé que eres un pervertido asqueroso y que te gusta infligir dolor?

Giordano miró a Jullian.

—No dejes que lo haga.

Léane le tapó el campo de visión al acercarse aún más a él.

—¿Pretendes hacer de tu verdugo un aliado porque está amnésico? No pierdes el tiempo…

Se acuclilló.

—Te gusta el dolor, ¿eh? ¿Es eso? Bueno, pues no te preocupes, porque dolor vas a sentir. Te juro que llegaremos hasta el final. Ya no podemos dar marcha atrás, ni tú, ni nosotros. Estamos todos en el mismo barco. Sálvate el pellejo mientras puedas y cuéntame todo lo que sabes.

Giordano se enderezó lo mejor que pudo para atenuar el dolor lacerante que se propagaba por su hombro.

—Vas a… a matarme de todas formas. Jamás me… dejarás salir de aquí…, no después de lo que me habéis hecho pasar.

Señaló a Jullian con la barbilla.

—¿Por eso ha vuelto, aunque tenga la memoria hecha papilla? Te creíste que te haría el trabajo sucio…, el que no eres capaz de hacer tú sola, ¿no? Pero no puede… Vas a tener que apañártelas.

De repente, Jullian se acercó a él y le aplastó el pie herido con todo el peso de su cuerpo, hasta que los huesos crujieron.

Sus ojos se veían vacíos. Giordano estaba al borde del desvanecimiento.

Léane miró a su marido, estupefacta, pero Jullian no soltó ni una palabra.

Como un autómata, observó al hombre desmayarse y volver en sí, con la cabeza pesada, los ojos rodando como canicas.

El prisionero tenía espuma en los labios.

Esa vez fue Léane quien estuvo a punto de detenerlo, pero se contuvo. ¿Empezaba a recordar? ¿O era solo el instinto tomando el control de nuevo? Entonces Jullian retrocedió bruscamente, impactado por lo que acababa de hacer.

Tenían que pensar en Sarah, solo en ella.

Viva. Muerta. Cuatro años de calvario. Su cadáver encerrado en un maletero, como un trozo de carne.

Su hija. No, Jullian tenía razón: la piedad no existía para ese tipo.

Ajustar el cañón del arma, apuntar de nuevo, sin ceder.

Tan solo era un mal momento que debían pasar, tanto él como ellos.

Nada más. Un trámite inevitable, como una cita en el dentista para sacarse una muela.

Debían llegar hasta el final, ahí, en la locura del instante, en la fiebre de las emociones. Sarah, muerta.

Giordano debió de ver, en el destello de sus ojos o en el temblor de sus dedos, que iba a dispararle una bala, quizá en el hombro, en el brazo, en la clavícula.

Le iba a explotar un hueso, después otro, seguido de otro más.

Sin embargo, en vez de desmoronarse, consiguió esbozar una sonrisa.

Fue un movimiento de labios que hizo que Léane se estremeciera.

—No… hablaré… jamás… Idos… a… tomar… por culo…

Disparó, pero algo en ella le ordenó desviar el brazo justo antes de apretar el gatillo.

La bala se incrustó en la pared, a cincuenta centímetros de su blanco.

No pudo, no se atrevió. Sus límites eran demasiado fuertes, no tenía la fuerza ni el valor de Judith Moderoi.

Entonces se desplomó de rodillas frente a él, lo sujetó por el cuello del jersey, lo sacudió y le suplicó: «¡Habla, habla, cabrón!

», pero era como agitar un cuerpo muerto, un molusco.

Ya no se resistía, solo se dejaba hacer, dispuesto a sufrir más, seguramente porque el dolor no podía ser peor de lo que ya estaba soportando.

Sí, estaba dispuesto a partir con sus secretos. Había abandonado el combate.

Léane se enderezó, sin saber qué más hacer.

Jullian se mantenía al margen, indeciso.

En ese momento, comprendió que aún no recordaba nada, que había actuado por puro instinto.

Imaginaba el caos en su cabeza, las preguntas entremezclándose las unas con las otras.

Tal vez no debería haberlo traído, tal vez debería haberse guardado el infierno solo para ella, pero ya era demasiado tarde.

Él lo sabía, él lo sabría. De cualquier forma, ya lo había sabido.

Lo miró, disgustada, y tiró de él para que la siguiera. Huyeron mientras Giordano se desmayaba en su prisión.