Capítulo 47
La pregunta los dejó a todos mudos, a Vic el primero. ¿Sería Jullian el enlace entre ambos casos? ¿Él, un hombre sin memoria? ¿Había sido él quien desencadenó el intercambio de SMS entre Moriarty y el Doctor Watson y todo lo que sucedió a continuación?
Jullian, situado delante de él, se pasó la mano por la cabeza. Si hubiera podido arrancarse el pelo, lo habría hecho.
—Me siento impotente y prisionero de mi memoria, tengo los pies y las muñecas atadas.
Quiero ayudaros, pero no puedo. Algunos recuerdos regresan, pero me temo que no son los que necesitamos.
Me acuerdo de una maldita tortuga que nada, pero no sé dónde encontré el gorro ni por qué me rompí las uñas escribiendo eso. Lo siento muchísimo.
Vic empatizó con su desasosiego, sobre todo teniendo en cuenta que él era hipermnésico. Pero una cosa estaba clara: prefería tener demasiados recuerdos a no tener ninguno. Sin ellos, el pasado no existía y, sin pasado, la existencia en sí misma se reducía a un eco lejano.
Vadim se dirigió a Léane:
—¿El gorro del que hablamos se parece al de su hija o es el de su hija?
Léane respondió sin el menor rastro de duda:
—Es el suyo. Estoy convencida de que es el suyo, a pesar de que se encontró un pelo negro que no le pertenece a Sarah. Pudo habérselo puesto otra persona. El gorro lo tejió su abuela, no existe otro igual. Estoy segurísima.
Vadim asintió y se giró hacia Jullian.
—En ese caso, no sería tan descabellado pensar que vio a su hija con vida, que, después de todos estos años, ha sido usted más hábil que nosotros y la encontró por sus propios medios, que, de una forma u otra, alguien le atrapó, lo agredió con violencia, lo encerró en el maletero de su propio coche y lo trajo hasta aquí.
¿Por qué su agresor haría algo tan complejo y arriesgado?
No tengo ni la menor idea. Quiero decir, habría sido más fácil asesinarle y hacerle desaparecer de la faz de la tierra.
Pero no lo hizo… No, quería que siguiera viviendo…
En todo caso, la sugerencia del teniente Bercheron no es para nada absurda: es posible que haya encendido una mecha que desencadenó todo lo demás, y que hizo que hoy estemos aquí con ustedes.
Léane hundió el rostro entre las manos, silenciosa. Jullian había empezado a dar vueltas, la cabeza gacha.
—La había encontrado… Había conseguido encontrar a mi hija…
Vadim asintió.
—Por eso es tan importante pensar con claridad e intentar entender el proceso que le llevó a actuar de cierta forma.
Es de vital importancia. Si no tiene ningún recuerdo de haber viajado a la montaña…
, ¿quizá haya conservado algún tique de peaje o de una gasolinera de autopista, que date del fin de semana pasado?
¿O alguna prueba material de que viajó hasta Drôme, en una fecha y una hora concretas, entre el viernes y el lunes, por ejemplo?
Drôme…, el lugar donde Giordano había encontrado el gorro. Léane se sintió como si le acabaran de dar un puñetazo. Tragó saliva y, tratando de mantener la calma, preguntó:
—¿El departamento de Drôme? ¿En qué zona?
Vadim intercambió una mirada con Vic, pues no quería irse de la lengua, pero su compañero asintió: les vendría bien soltar un poco el lastre, quizá así obtuviesen información a cambio.
—En Vercors, del lado de las altas mesetas. ¿Por qué? ¿Le dice algo?
—No, no tenemos ningún vínculo especial con esa región. Y no encontramos ningún papel en el coche.
Colin aportó su granito de arena:
—Y no hay nada destacable en sus cuentas bancarias. Ya las he examinado meticulosamente. Si se desplazó hasta allí, lo tuvo que pagar todo en efectivo.
Léane no quería perder la oportunidad; tenía que saber más, presionar a los policías para que contaran más.
—Hablamos de mi marido y de mi hija. Ustedes saben cosas.
Saben lo que ocurrió, saben lo que hacía Sarah allí, en Vercors.
Mi marido luchó durante cuatro años contra viento y marea; recolectó un montón de pistas que nos han quitado.
Alguien vino aquí y borró todos los rastros de Sarah, pero estoy convencida de que podemos ayudarles.
La memoria de Jullian regresa con los objetos, las fotos…
Enséñennos cosas, cuéntennos todo lo que puedan.
Por favor, háganlo. Quizá así consiga recordar.
No podemos ir cada uno por nuestro lado sin haber hecho todo lo que podíamos.
Mi hija estuvo viva durante cuatro años mientras yo la daba por muerta. Tenemos derecho a saber más.
Ambos policías parecían incómodos, incluso avergonzados, y Vadim terminó sacando su teléfono móvil.
—Muy bien. Por desgracia, no puedo contarles más acerca de la investigación, espero que lo entiendan. Pero le puedo enseñar el entorno en el que creemos que pudo haber encontrado ese gorro y ver a su hija. No nos pregunten más, ¿vale?
Jullian se acercó a la pantalla y Léane se pegó a él.
Vadim abrió las últimas fotografías, las que sacó en el exterior y el interior del chalé de Alexandre Mattioli.
Las fue pasando con un movimiento del dedo.
Fachada, jardín, alrededores, interior. Las habitaciones, el sótano. Jullian negó con la cabeza.
—Nada… No se me viene nada a la mente. Lo siento.
Léane apretó los labios sin añadir nada más. ¿Dónde se situaba ese chalé? ¿Giordano había encontrado el gorro de Sarah cerca de esa vivienda? ¿Realmente había un sendero que pasara por allí, o Giordano se había acercado a ese lugar a sabiendas? ¿Se había cruzado con Sarah?
Vadim seleccionó una última fotografía que a Léane le desgarró el corazón. Se trataba de un grabado de un pez con una larga aleta caudal.
Era el mismo diseño que el tatuaje que había visto en el hombro de Giordano.
Jullian parecía disgustado.
—No, no veo nada. ¿Qué se supone que es eso que hay grabado en la madera?
—No lo sabemos. Quizá sea una firma dejada por el asesino de su hija, o por Moriarty. O también puede ser que no tenga nada que ver con la investigación. No se sabe.
En esa ocasión, Léane tenía la prueba irrefutable de que Grégory Giordano estaba implicado.
Tenía a ese cabrón, al igual que Jullian debió de tenerlo y logró hacer que le contara toda la verdad.
Sin duda, fueron las confesiones arrancadas del policía las que orientaron a su marido hacia ese rincón perdido de Drôme.
Y, tal y como dijo Colin, todo lo demás fue resultado de aquello.
Sarah estaba muerta, pero reclamaba justicia.
Léane se juró a sí misma que descubriría lo que sucedió durante cada hora de aquellos interminables cuatro años.
Giordano era responsable y pagaría por ello.
Aquellos policías se equivocaban al pensar que solo había dos hombres implicados.
Estaban Watson, Moriarty… y Giordano, como mínimo. Pero Léane estaba amordazada.
—¿Me podría pasar esas fotos? Podría ayudarle a recordar.
Los policías aceptaron y conectaron el teléfono de Vadim con el de Léane por Bluetooth. Luego regresaron al salón y Léane ya no se sentía ella misma cuando, junto a Jullian, acompañó a los policías hasta la puerta.
Vic les entregó una tarjeta de visita a cada uno:
—Llámenme para lo que necesiten, sin importar el motivo o el momento. Un recuerdo, una imagen, un sonido…, todo puede ser útil. —Se dirigió sobre todo a Jullian—. Debemos entender cómo llegó hasta su hija…
—Cuenten conmigo. Con nosotros.
—Los mantendremos informados de los avances de la investigación, y nos mantendremos en contacto con el teniente Bercheron. Nos interesa colaborar con él. Una vez más, estén seguros de que haremos todos lo posible para castigar a los responsables de todo esto; a todos los responsables.
Su sinceridad era casi palpable. Cuando le fue a estrechar la mano a Léane, Vic la miró a los ojos con intensidad:
—Los días como este no deberían existir. Ningún padre debería vivir sin sus hijos.
Y salieron de la casa. Cuando Vic cerró la puerta trasera del coche de Colin, se hundió en el asiento y se apoyó la palma de la mano en la frente; los ojos cerrados para no seguir viendo los horrores de este mundo.
—Siento pena por ellos.
Del otro lado de la pared, Jullian había abrazado a su mujer durante largo rato, ambos de pie en medio del salón, como dos amantes fosilizados por una violenta erupción. Léane murmuró contra su hombro:
—La habías encontrado… Ay, habías encontrado a nuestra hija, Jullian. Lo habías conseguido, tú solo. Y estaba viva…, viva…
Un largo silenció se instaló entre ellos.
—Estoy tan enfadada conmigo misma. Debería haber confiado en ti, estar de tu lado durante todos estos años. Pero no me lo creía…
Le habría gustado llorar aún más, pero sentía el peso de una piedra que se posaba sobre su corazón, esa materia fría que impedía que su dolor aflorara.
Se separó de su marido para clavar la mirada en él.
Eran dos, unidos por lo peor, aislados en medio de aquellas dunas, entregados a su desgracia.
Eran dos hasta el final de su historia, hasta el fin del mundo.
—Esos policías están pasando por alto lo esencial, pero no podía decirles nada.
—¿A qué te refieres?
—¿Y si te dijera que tenemos a uno de los culpables y que tenemos la posibilidad de saber lo que pasó?
Jullian frunció el ceño.
—¿Qué dices?
—Ha llegado el momento de que te enseñe lo que hiciste.