Capítulo 46
Fue el marido quien guio a los tres policías hasta el salón y les ofreció sentarse, mientras la mujer lloraba a lágrima viva.
Vic había decidido ser claro y directo desde el principio, antes de entrar en detalles: habían descubierto el cuerpo de una joven a inicios de la semana, cuyo ADN correspondía con el de Sarah.
No había lugar a dudas: era ella, y estaba muerta.
La sentencia de la verdad había sido pronunciada.
Vic odiaba ese tipo de situaciones, esa parte de su trabajo en la que los familiares de las víctimas estaban vivos y muertos al mismo tiempo, aniquilados por la espera y la esperanza.
Por norma general, en casos en los que la distancia era tan grande, se llamaba a la Policía de la zona, que se encargaba de informar a la familia, porque no era concebible dar ese tipo de noticia por teléfono.
Esos padres habían vivido durante años entre la ignorancia, la duda y el dolor; tenían derecho a todo tipo de consideraciones y, sobre todo, a recibir unas explicaciones claras por parte de un profesional.
Pero, cuando Manzato llamó a la comisaría de Berk y habló con Colin Bercheron, este último acabó revelándole los sucesos recientes y extraños de su propia investigación, por lo que el jefe decidió enviar a V un luchador contra lo imposible, con el rostro marcado, herido, convertido en un viajero sin equipaje.
En cuanto a la mujer, Léane, sabía que era una célebre novelista que escribía bajo seudónimo, y de la que ya había tenido ocasión de leer algunos libros.
Colin mantenía las distancias, como buen profesional, pero sufría en silencio por el descubrimiento del cadáver, por no saber tanto como quisiera y por no poder consolar a Léane entre sus brazos, demostrarle su apoyo, compartir su dolor.
No ahora, no delante de los demás. Entonces ella alzó la vista hacia él, hacia ellos: la misma mirada dura, como si los metiera a todos en el mismo saco…
Simples policías haciendo su trabajo. Tenía los ojos rojos e hinchados.
Eran los ojos de una persona al borde del abismo.
—Quiero verla. Quiero ver a mi hija.
Vic apretó los labios.
—Se encuentra en el Instituto de Medicina Legal de Grenoble.
Tengo que ser sincero con usted: aunque la viera, no la reconocería.
Lo… lo siento. El cuerpo está demasiado dañado, no posee ningún rasgo distintivo.
No podíamos saber que el cuerpo de la víctima que hallamos en el maletero era el de Sarah, la misma de las fotos que tenían nuestros compañeros.
Han pasado cuatro años, tenía un corte de pelo distinto y el rostro…
Cerró la boca. La pareja se abrazó, como si quisieran construir una muralla con sus cuerpos: una muralla de emociones a la que los dos policías debían hacerle frente.
Vic había medido cada una de sus palabras, pues ese tipo de anuncios eran insostenibles, incluso para él.
Mientras recordaba cada palabra de la forense acerca de la autopsia, le pareció que «el cuerpo está demasiado dañado» era la frase correcta.
Los padres nunca debían ver el cadáver desnudo de su hija privado de rostro ni acceder a los detalles médico-legales.
Vic se encargaría de ello, al menos hasta el juicio en el tribunal de lo penal, si es que algún día atrapaban a todos los culpables.
Léane luchaba por no derrumbarse.
—Esto es demasiado duro. Yo… H-Hace mucho tiempo que me metí en la cabeza la idea de que está muerta, pero con todos los sucesos de estos últimos días… regresó la esperanza. Se encendió como una llamita frágil, pero ahí estaba.
Los miró sin animosidad, sin ira, solo con un enorme nudo de tristeza en el vientre.
—Explíquennoslo. Cuéntennoslo todo.
—Hallamos el cuerpo sin vida de Sarah en el maletero de un coche robado en una gasolinera, en la carretera que une Grenoble y Chambéry.
Creemos que la muerte se remonta a ese mismo día, es decir, a inicios de esta semana.
Tienen derecho a saber que el asesinato fue brutal, pero que su hija no sufrió.
Dejó los vacíos necesarios, consciente de que cada frase era una laceración y que suavizar la verdad, como lo estaba haciendo, era una enorme mentira, pero muy necesaria.
Colin no decía nada, sentado a la izquierda de los policías.
Ni siquiera había sacado su libreta. Jullian Morgan apoyaba a su mujer, le acariciaba la espalda, con la mirada triste y decidida de quien ha olvidado, pero quiere entenderlo todo.
—¿Habéis detenido al monstruo que ha hecho esto?
Fue Vadim quien respondió:
—El presunto asesino de su hija se suicidó antes de que llegáramos a detenerlo.
Una nueva oleada de emociones derribó a Léane, que intentaba mantenerse firme, escuchar cada palabra y no venirse abajo. Quería volver a ver a Sarah, aunque fuera en un cajón de la morgue… Quería ver cómo había crecido, en qué tipo de joven se había convertido. Cuatro años, cuatro malditos años…
—Por ahora no podemos revelarles su identidad porque la investigación sigue en curso, pero era un tipo común y corriente, que se podrían haber cruzado en cualquier sitio sin tener ni idea de qué se escondía detrás.
Vivía en la montaña y tenía serios problemas psicológicos.
También les queremos informar de que su hija no es la única víctima.
Nos quedan muchos cuerpos por identificar.
Léane apoyó sus manos unidas sobre la nariz.
—No puede ser…
—Somos conscientes de lo difícil que es todo esto para ustedes, pero darles más detalles no serviría. Las respuestas llegarán, solo tienen que darnos un poco más de tiempo. Y, sobre todo, dénselo a ustedes mismos.
Léane inspiró con fuerza para evitar que los sollozos la vencieran de nuevo.
—¿Por qué? ¿Por qué Sarah? ¿Por qué hizo esto?
El hombre termina por responder:
—Por ahora no tenemos todas las respuestas. Estamos aquí más que nada para informarles del hallazgo. Mi compañero y yo quisimos desplazarnos desde Grenoble lo antes posible…
Léane movió levemente la cabeza. Sin duda, era una forma de agradecerles, a pesar de todo.
—Pero tenemos motivos de peso para pensar que el hombre que hizo esto no actuaba solo.
Hay otro individuo, que se hace llamar Profesor Moriarty.
Por el momento, no sabemos mucho sobre él, solo que es extremadamente precavido y calculador, y que daba órdenes al asesino.
En cualquier caso, el lunes pasado, un acontecimiento inesperado alteró la organización de estos cabrones.
Evidentemente, llegar a esclarecer todo esto es nuestra máxima prioridad.
Un rayo de sol se deslizó por el suelo, en una diagonal que atravesaba la habitación.
Léane habría preferido una tormenta, un cielo negro o nieve.
¿Cómo podía salir el sol cuando su hija estaba muerta?
¿Cómo podía la gente reír, hacerse regalos dentro de unas horas, mientras ella estaría frente al vacío, en ese agujero donde ya no brillaba nada?
Aquel era el precio de la verdad. Saberlo era dejar de morir lentamente, pero te ponía frente al asqueroso espejo de tu propia existencia, como con Barbara.
Léane no conseguía entenderlo.
—Y… ¿Y Andy Jeanson qué pinta en todo esto?
Vic se adelantó:
—Tenemos relación con el equipo que se encarga de ese caso. Yo mismo estoy bien informado al respecto…
Prefirió no hablar de su relación con el asesino, ni revelar que había sido él quien había contado los cabellos, ni mencionar el enigma que Jeanson le había planteado. Excepto por un puñado de investigadores, nadie estaba al tanto de aquello.
—Sin embargo, es evidente que Jeanson mintió respecto a su hija: ella nunca formó parte de sus víctimas.
Por mucho que diga que sí, jamás podrá revelar la ubicación del lugar donde la enterró, ya que dicho lugar no existe.
Debemos entender por qué mintió y se atribuyó ese asesinato.
Es un dato importante que no debemos pasar por alto.
En cualquier caso, aunque los dos casos parecen, y digo parecen, independientes, tenemos a una parte de nuestro equipo investigando el pasado de ambos hombres, para comprobar si existe alguna conexión entre ellos. No queremos pasar nada por alto.
Vadim tomó el testigo:
—Jeanson tiene el perfil de un narcisista que se jacta de sus hazañas desde el principio.
Quizá asumir el crimen de su hija solo haya halagado su ego y, al mismo tiempo, lo haya sumergido en un nuevo problema de lógica insoluble: ¿quién tuvo la audacia de enviar el mechón de pelo haciéndose pasar por él?
—¿Quién envió el mechón?
—No lo sabemos, pero es una pista importante que seguiremos.
Fue alguien que estaba al tanto del modus operandi de Jeanson, eso está claro.
A pesar de que en su momento se filtraron algunos detalles, la historia de los quinientos doce cabellos no se había hecho pública.
El remitente podría ser una persona que, en algún momento, tuvo acceso a la información y decidió hacerle daño.
Léane se aferró a la imagen de su hija, a su sonrisa, a esa última foto que Sarah había enviado antes de ser secuestrada, para no estallar, para no admitir que probablemente tenía retenido al hombre que buscaban en el fondo de una habitación lúgubre.
El otro policía tomó la palabra y la sacó de ese silencio mortal:
—Por su parte, el equipo de Lyon se ha puesto manos a la obra. Esperamos poder interrogar a Jeanson en unos días.
Hubo otro largo silencio, en el que cada uno meditaba sobre la situación a su manera. Vic pensaba en el Viajero, en su mentira, en la partida de ajedrez, en la Inmortal. ¿Le permitiría aquella nueva información desentrañar el misterio y entrar en la mente de ese enfermo?
Léane mantenía la vista clavada en el suelo, dos piedrecitas húmedas e inmóviles, mientras Jullian les ofrecía, en voz baja, como si velara a un muerto, un café solo cargado, que los policías aceptaron.
Vadim volvió a hablar entre dos tragos:
—Sabemos lo enormemente difícil que es esto, pero al menos podrán, ya saben…, podrán iniciar el proceso de duelo.
Léane negó con la cabeza.
—No viviremos un duelo hasta que no se haya detenido a todos los culpables, hasta que se haya vengado a mi hija.
El teniente asintió, pues entendía lo que quería decir. Colin, por su parte, ya no estaba con ellos, demasiado sumido en sus pensamientos. De repente, sacó su libreta, recorrió las páginas y miró a los dos compañeros de Grenoble.
—Mencionaron algo de un suceso inesperado y desconocido que lo habría desencadenado todo, el lunes pasado. ¿Podrían ser más precisos?
Vic colocó la taza sobre el platillo. Le echó un vistazo a su compañero por el rabillo de ojo y consideró que podía soltar un poco el lastre.
—Cómo decirlo… El asesino recibió una orden del famoso Moriarty, una orden por teléfono que parecía urgente.
Esa orden provocó la muerte de Sarah y el transporte de su cuerpo en coche.
El coche del presunto asesino fue robado mientras echaba gasolina y, tras una persecución, acabó en manos de la Policía.
Así fue como dio comienzo nuestra investigación.
Colin asintió con la cabeza.
—En ese caso, tenemos un punto en común.
El día siguiente, martes, alguien le dio una violenta paliza a Jullian en el dique, se coló en su casa y borró toda investigación sobre la desaparición de Sarah.
Puede que fuera el martes o incluso el propio lunes, pues encerraron a Jullian en el maletero de su coche, aún no sabemos dónde. Vengan a echar un vistazo…
Los guio hacia el garaje, abrió el maletero y señaló el compartimento de la rueda de repuesto, bajo la alfombrilla.
—Jullian escondió aquí un gorro que se parecía muchísimo al que llevaba su hija el día del secuestro, y aquí…
—señaló la inscripción bajo la tela— escribió VIVA con su propia sangre.
Y ahora estamos seguros de que Sarah estaba viva en ese momento.
Cuatro años después de la desaparición, cuando todo el mundo creía que estaba muerta… esa palabra decía la verdad.
Giró la cabeza hacia Jullian.
—Tú decías la verdad. ¿Y si fueras tú el famoso desencadenante?